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Fundación de Santa Cruz de la Sierra
Tribuna
Sábado,  9 de Octubre, 2010

Sabido es que los primeros establecimientos hispanos en el Río de la Plata se vieron enfrentados a contingencias adversas causadas sobre todo por la hostilidad indígena y las dificultades de aprovisionamiento.  La primera fundación de Buenos Aires terminó en un fracaso, debiendo sus habitantes trasladarse a Asunción, erigida como ciudad entre 1536 y 1541.  Sólo en 1580 Juan de Garay pudo efectuar la fundación definitiva de Buenos Aires.  Asunción será el punto de partida para la exploración del Alto Paraguay y la conquista y población de las tierras extendidas entre la región de Chiquitos y el Río Grande o Guapay.  La falta de alicientes y los infortunios de la inicial etapa bonaerense contribuyeron a alimentar las ansias de aventura, cifradas en la quimera de aquellos reinos de utopía, de Juan de Ayolas, Martínez de Irala y los demás exploradores que atraviesan el Chaco y remontan el Paraguay.  La empresa definitiva necesitaba de un hombre capaz de superar las más increíbles dificultades y este hombre fue el extremeño Ñuflo de Chaves, el fundador de Santa Cruz de la Sierra.
Entre los fundadores de las ciudades de Bolivia ninguno alcanza las altísimas cualidades que singularizan a Chaves, ninguno vincula tanto su personalidad a la ciudad fundada como ocurre en el caso del que nos ocupamos.  Desde luego, el nombre mismo de la villa así lo pone de manifiesto, pues Santa Cruz de la Sierra se llama, cerca de Trujillo, en Extremadura, el pueblo en que nació Ñuflo y con ese mismo nombre fue fundada la ciudad cabecera del Oriente boliviano. Si la biografía del capitán es inmensamente atractiva no lo es menos la de la ciudad en los primeros años de su existencia.  Empecemos, para demostrarlo, por el personaje.  En 1541, Chaves, “caballero hijodalgo de solar conocido”, de veinte años, sale de Cádiz en la armada de Alvar Núñez Cabeza de Vaca, llegando a Santa Catalina, en la costa del Brasil, desde donde la expedición proseguirá hasta el Iguazú y el Paraná, para llegar finalmente, en abril de 1542, a Asunción, después de haber afrontado infinitas penalidades. En 1545 penetra en el Chaco siguiendo el camino de Ayolas e Irala.  En 1546 explora el Pilcomayo, alcanzando “las sierras del Perú”. En 1547, como lugarteniente de Irala participa en la expedición “a la Sierra de Plata”.  Desde el puerto de San Fernando marcha a pie por la tierra de los mbayé y los chanés: es el Chaco en toda su desolación, bajo el tormento de la sed.  La crónica de estas terribles jornadas quedará escrita en la relación de Ulrico Schmidl, el alemán que desde la lejana Baviera vino a participar en esa épica aventura.  Ya a orillas del Guapay, en la comarca de los tomacosis, Irala decide confiar a Ñuflo una misión ante el Pacificador La Gasca en Lima.  En compañía de tres soldados y de algunos servidores indios emprende el trujillano el ascenso de la montaña hasta llegar a La Plata (hoy Sucre), desde donde prosigue por la recién fundada Potosí, por La Paz y el lago hasta Lima. Es el primer europeo a quien fue dado cruzar el continente, viniendo desde el Este.  El regreso es nuevamente por La Plata, de donde parte con sus compañeros españoles.
El objetivo a que aspiran adelantados y gobernadores es llegar a las tierras del Gran Mojo o El Dorado. Chaves ha logrado convencer al Cabildo, al obispo, al gobernador, que den su aprobación al proyecto de una nueva expedición, al mando de él mismo, destinada a fundar y poblar en la región de los jarayes.  El capitán se ocupa personalmente de todo cuanto concierne a la preparación de la flota.  En marzo de 1558 sale de Asunción la armada cuyo resultado final será la fundación de Santa Cruz. Bien que teniendo su punto de partida en Asunción, la empresa fundadora de Chaves será realizada por orden del Virrey de Lima y con recursos y hombres venidos del Perú.
Veintitrés navíos, ciento veintiocho españoles, mil quinientos indios auxiliares, muchos de éstos remeros de una gran cantidad de canoas, componían la escuadra surta en el puerto de Asunción.  El cuadro ha sido admirablemente evocado por Enrique Finot.  “Los bergantines de vela y remo -dice este historiador- con sus tripulaciones indígenas y con los soldados españoles apiñados en la cubierta, brillando al sol las pulidas armaduras, debieron presentar un golpe de vista inolvidable”.
El episodio más impresionante de estas jornadas es aquél en que Chaves repite el gesto de Cortés ordenando la quema de las naves, al desembarcar su gente en tierra de los jarayes.  A poco se produjo el encuentro con los belicosos chiquitos, así llamados “no porque ellos lo son sino porque viven en casas pequeñas y redondas”.  Chaves hace saber a los suyos, mediante un bando, que deben evitarse excesos  con  los vencidos.  Su intención -dice- “conformándose con la de Su Majestad, es poblar y no despoblar”.  La frase que más debidamente expresa a la vez cuál es su carácter y cuáles son sus propósitos es aquélla en la que afirma: “y aunque no se siguiese otro interés que poblar y desencantar la tierra, era gran servicio a Su Majestad porque de este bien resultaría que otros no se perdiesen”.  Desencantar la tierra; es decir, reconocerla, rescatarla del misterio.  Tal es su divisa.
Atrás ha quedado ya el bosque impenetrable.  En la comarca de Chiquitos predomina la hierba sobre un territorio despejado, de suaves hoyadas salpicadas de palmeras. Dos hechos graves marcan la continuación de la aventura: una insubordinación entre los soldados, que exigen el regreso al Paraguay en vista de no haberse encontrado el fabuloso reino imaginado, y el encuentro con Andrés Manso y su hueste.  El resultado de lo primero es la vuelta al lugar de origen de 65 españoles y 1.500 indios amigos; Chaves queda solo con 40 españoles, pero, sin desanimarse, entra en la tierra de los tomacosis y funda, en agosto de 1559, la Nueva Asunción.
El encuentro con Manso encierra un hondo significado histórico.  Simultáneamente habían salido dos expediciones, una desde Charcas (1557) y otra desde el Paraguay (1558).  Andrés Manso llevaba el encargo del virrey de poblar las tierras al Este de La Plata, fundando una ciudad que permitiera establecer una comunicación con el Río de la Plata.  El impulso que alentaba a ambos conquistadores parecía conducirles necesariamente a un enfrentamiento que sólo podría resolverse por las armas. Prevaleció, por fortuna, el buen sentido.  Ambos jefes decidieron poner el asunto en manos del Virrey de Lima para lo cual pusiéronse en marcha hacia allí el propio Ñuflo y un delegado de Manso.  De vuelta de su cometido, hizo saber a Chaves la decisión virreinal a su contrincante: se creaba la provincia de Mojos, dependiente del Virreinato del Perú y de la Audiencia de Charcas y se designaba a Ñuflo de Chaves como su teniente gobernador.  Con ello, quedaba roto todo vínculo de dependencia con el Río de la Plata y Chaves veía cumplidos sus sueños de autonomía. 
La Audiencia de Charcas otorgó a Andrés Manso, en 1562, las regiones del Chaco que desde entonces recibieron el nombre de los Llanos de Manso.  Poco después sobrevino el levantamiento general de los chiriguanos, de resultas del cual fue muerto Andrés Manso. Antes de estos sucesos, después del regreso de Chaves desde Lima, tuvo lugar la fundación de Santa Cruz de la Sierra, el 26 de febrero de 1561, en un lugar de la serranía baja de Chiquitos, sobre una vega apacible bañada por la vertiente del Sutós.  Noventa fueron los primeros pobladores españoles.  Pero aún habrían de transcurrir algunos años para que el núcleo de la gobernación encontrase su asiento definitivo. Buscando sin duda un lugar más próximo a los centros administrativos de Charcas, la ciudad quedó ubicada finalmente, en 1595, sobre la llanada de Grigotá, nombre de un antiguo cacique del pueblo de los chanés, y a corta distancia del río Piraí. 
Volviendo a los primeros años de la fundación, en su primer asiento chiquitano, es preciso recordar otro trance decisivo en la vida del caudillo y de la ciudad.  Fue en 1563, cuando Ñuflo marchó de nuevo a Asunción con una finalidad precisa: traer gente desde allí para dar mayor impulso a la población de Santa Cruz. El éxito favoreció sus intenciones y, en octubre de 1564, salía de Asunción una flota compuesta de bergantines, balsas y canoas, en la que iban embarcados mil españoles, otros tantos indígenas y, entre los primeros, el gobernador, el obispo, los oficiales reales, casi todos con sus familias, entre ellas la del mismo Ñuflo, integrada por su mujer y sus tres hijos.  No es difícil imaginar el júbilo del fundador al haber obtenido un resultado semejante.  De ahí en adelante habrá de empeñarse en realizar una gran obra de gobierno para dar un ritmo de vida activa a la ciudad de la selva, para pacificar las comarcas vecinas, para asegurar las comunicaciones.
Comentando la prodigiosa capacidad, tantas veces demostrada por el extremeño, de trasladarse de uno a otro confín a través de los vastísimos territorios que fueron escenario de sus hazañas, Gabriel René Moreno escribía, en su libro sobre Mojos y Chiquitos: “¡De Lima a la Asunción por tierra, tan pronto caballeros como infantes!  Y lo mejor es que no tardaron tanto que se diga, y eso que consigo llevaban las primeras cabras y ovejas que hubo en el Paraguay. Viéndose está que los tales conquistadores pasaban y repasaban como por camino real el Chaco.  De entonces acá el Chaco es, no obstante, un antro misterioso y terrible para los exploradores más intrépidos”.
Y así llegamos al final de la existencia del noble fundador.  Fue en el año 1568.  Había entrado en la comarca de los itatines para traerlos a la paz. Un testigo, el soldado Luis de Torres, empieza así la relación del suceso: “Envió a llamar a ciertos caciques con celo de reprender y no maltratarlos, por ser como era el dicho general buen cristiano y enemigo de hacer crueldades en los dichos indios”. En estos tratos estaba con los salvajes cuando uno de ellos, que se hallaba detrás de Ñuflo, le hundió la cabeza con un golpe de macana, “de donde el dicho general cayó en el suelo”.

 *Miembro de las Academias Bolivianas
de la Lengua y de la Historia.

autor : Jorge-Siles-Salinas
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