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Miedo y temblor
Sábado,  22 de Agosto, 2020

Hace más años de los que quisiera reconocer, leí a Kierkeegard. Bueno, recuerdo Fear and Trembling (Miedo y temblor), aunque esa obra no me dé piso para el pseudónimo Juan Silencio, bajo el cual lo publicó.

Antes que me encasillen, aclaro que también mastiqué a Unamuno y Del sentimiento trágico de la vida, amén de otros pensadores cuya sola mención desnudaría mi diletantismo.

En sentido sardónico, pude aglutinar el miedo con el temblor al tomar cuenta de Felipe Quispe Huanca, el “Mallku”, y su alucinación de que “el Kollasuyo, tiene que liquidar a Bolivia, somos otra nación”. ¡Pucha!, estamos fregados, pensé, ni cala mi idea que la patria no cuaja su nacionalidad quizá por el andinocentrismo paceño, que uno más o menos de mi edad la resquebraja aún más después de que el anterior “originario” impusiera la plurinacionalidad de treinta y tantas etnias, unas extintas y otras en franco proceso de aculturación a la mayoría mestiza de la variedad latinoamericana del país.

Quizá todas las culturas del mundo tienen sus deidades, pero debe ser algún yatiri aymara que sopló tal peregrina idea al graduado de la universidad paceña que, dicho sea de paso, acarrea un serio problema de insomnio por su homóloga alteña. La cosa es que Agustín Gamarra despertó de su sueño binacional que acabara en la Batalla de Ingavi. Si no fuera por el ejército peruano, los “aymara-serranos” que viven alrededor del Lago Titicaca, en el lado incaico cercano al Cusco, tal vez adoptarían tal ilusa, y falaz, idea del Kollasuyo, uno de los cuatro suyos del Imperio Inca. Un mapa de su cobertura territorial haría reír a chilenos, argentinos y bolivianos con las ocurrencias del falso cóndor.

Sin embargo, otro embrollo geopolítico se confirma: Bolivia ha vuelto a la era de las republiquetas, enclaves donde la autoridad del Estado tiene débil o ninguna influencia. Nada se salva de la plaga: selvas abandonadas, parques nacionales, reservas forestales, territorios indígenas, amontonamientos matuteros, pueblos, ciudades intermedias y suburbios urbanos.

Pocos rebatirán que la republiqueta cocalera del Chapare, tal vez “coca-cocainera”, es una. Si la pandemia mundial de la Covid-19 se caracteriza por brotes y rebrotes, el negocio de la pichicata tiene desde almácigos hasta robustas plantas, mejor dicho, fábricas, en el inmenso, y escasamente poblado territorio nacional. Hay que arriesgarse a ser asesinados por turbas aleccionadas para turistear en Ibuelo, Ivirgarzama, Shinaota, Eterazama, Chimoré, etc.

En casi todas las urbes, ciudades y pueblos de este gran país en camino a igualar a Suiza, se esconden los sigilosos apóstoles de la nueva calamidad que es el narcotráfico. Santa Cruz de la Sierra, El Alto, Oruro, Cochabamba son ejemplos de urbes que coexisten, cuando no coadyuvan, con la productiva actividad delincuencial. En ciudades intermedias como Guayaramerín, Caranavi, Montero, Yacuiba, Villazón, Quillacollo, etc., se erigen mamotretos arquitectónicos que fungen como mansiones de pichicateros. Pueblos como San Matías, Quijarro, Ixiamas, Buenavista y Yapacaní están bajo sospecha. Ni parques naciones ni reservas naturales se salvan: Amboró, Madidi, Sajama; el Tipnis no es un territorio indígena, es tierra de nadie.

Las fronteras desguarnecidas en la altiplanicie limítrofe con Chile son epicentros de nuevas republiquetas que florecieron con el contrabando, amparadas por sucesivas “liberaciones” de vehículos en el régimen de Evo Morales. Sabaya es la más conocida, aunque surgen unas que como brotes del coronavirus, infectan otras localidades.

La nueva nación que propone el “Mallku” se debería llamar “Cocainasuyo”, con capital en Achacachi. Es una republiqueta más, una racista y aymara-centrista que aprovecha interesadas movidas políticas digitadas desde afuera de Bolivia, para añadir un tizón más a la hoguera regionalista que aflige al país. Faltaría nomas que algún cruceño, bajo los vapores de alguna “preca”, proponga “Masacolandia”.

Se podría argüir que existen tres grandes igualadores en la desigual Bolivia: la pandemia mundial del coronavirus, el narcotráfico variedad andina porque planetario también es, y el contrabando y su hija menor, la matutería. Los pronunciamientos como el del “comandante de bloqueos” recientemente nombrado, añaden combustible a tal anómala situación. Todos son subversivos y delincuenciales.

Los Estados-nación cuentan con la fuerza pública para imponer la majestad de la Ley. La pandemia del coronavirus pareciera haber dado el golpe de gracia a una Policía desprestigiada. Las Fuerzas Armadas parecen tener sus preocupaciones, tal vez por sus propios contagios de Covid-19. ¿Quién manda en Bolivia?

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Winston--Estremadoiro-
Winston Estremadoiro
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