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Internacional
La misma guerra
Martes,  3 de Marzo, 2009

El Gobierno está urgido por recomponer su imagen gravemente herida por la corrupción. Con la denuncia en contra de la CIA no ha conseguido pasar más allá del plano mediático y el nuevo episodio de persecución política en Pando no ha servido nada más que para consolidar la apariencia de un régimen de fuerza que atropella las leyes a su antojo. La epidemia del dengue que se ha desbordado, también conspira contra la eficacia de una administración que supuestamente posee una alta sensibilidad social. Ni siquiera la elevación de los salarios en un porcentaje que no guarda relación con la crisis económica que se avecina, ha conmovido a la opinión pública lo suficiente como para sacar del tapete el gigantesco escándalo de YPFB. Las autoridades buscan ahora exacerbar los ánimos con los prefectos opositores porque saben que un pleito con las regiones es capaz de ubicarse mejor en las primeras planas y desplazar al incómodo caso Santos Ramírez, cuyos tentáculos parecen alargarse cada día.
Evo Morales insiste en iniciar un proceso de diálogo con los prefectos, dizque para coordinar el modelo autonómico que deberá ponerse en marcha a partir del próximo año, después de las elecciones de diciembre. El Poder Ejecutivo quiere adelantar un trabajo que debe ser sometido a discusión en la futura Asamblea Legislativa, cuyos miembros serán elegidos el año 2010. Ante una nueva negativa de los líderes regionales, el presidente ha subido el tono de su “invitación” acusándolos de “vendepatrias”, nueva muletilla del MAS que no disimula a estas alturas la amenaza de someter a los opositores a la figura de “traición”, la misma que se puede aplicar con extrema facilidad, en un contexto de amplias prerrogativas del régimen.
Las regiones insisten que el tiempo de las mesas de diálogo se ha acabado y que luego de tres años de una guerra política sin cuartel, que sólo ha conseguido profundizar los abismos entre los dos bandos, ha llegado la hora de establecer un verdadero pacto nacional.
En realidad, llegar a un pacto requiere ineludiblemente de sentarse a dialogar, pero antes, el MAS tendría que reconocer que su avance político se ha estancado en los números conseguidos el 25 de enero, cuando se aprobó la Constitución representativa sólo de una mitad del país.
Al contrario, lo que pretende el oficialismo no sólo es seguir con la guerra, porque ésta lo fortalece, sino obligar a los prefectos a capitular aceptando un modelo de autonomía diseñado para consolidar un régimen centralista-indigenista que poco y nada tiene que ver con las demandas regionales que consiguieron fuerza legal en sucesivas consultas.
Llevar encapuchados a Pando, amenazar a los prefectos de Beni y de Tarija y tratar de arrear a la fuerza a los opositores al diálogo, son escaramuzas que forman parte de la misma guerra que el MAS todavía no ha ganado, del mismo empate que cada día se vuelve más catastrófico para el Gobierno, asolado hoy por realidades dramáticas que hace tres años eran, por el contrario, promesas de cambio y fuerza moral que se han desvanecido.

El Gobierno no quiere un verdadero diálogo y menos un pacto nacional. El enfrentamiento lo fortalece para una guerra que sigue en pie.

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