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Internacional
Mirando de abajo
El auge y el castigo
Martes,  24 de Mayo, 2016

Telegramas del mundo:  Obama es recibido con flores en Vietnam.  Se entierran tres millones de muertos.

Lars von Trier, en Europa, rescata el vampirismo en la resistencia germana a la ocupación norteamericana después de la guerra. Los cadáveres colgados de los sediciosos tienen un cartel encima: lobizón. Mácula de haber sido nazi. Cualquier affidavit de ciudadano alemán tiene que ser garantizado por un partisano o un judío. El alto mando aliado ve que necesita puntales del antiguo régimen para impedir el colapso. Se miente; se compran falsos testimonios. Cuarenta millones de muertos van de nuevo al matadero.

Un dron hace pedazos al mullah Mansur en Baluchistán. Pienso en Rudyard Kipling y en Almanzor. La muerte tiene épica pero también desidia. Ningún pingajo de carne brilla bajo la luna.

¿Es robar libros delito? ¿Si afirmativo, cuál el castigo? Ni pensar en los libreros, pobres la mayoría. Me pregunto porque un cuento de Jorge Cuba Luque me hace soñar, literalmente, acostado en cama y afiebrado de imágenes sin descanso. Sueño con Lima, con escenas de un fatídico filme de mujeres vestidas de púrpura, caminando hacia atrás, mientras el crucificado, este no de Nazaret sino del Perú, Señor de los Milagros, se mueve casi cojeando ya que alguien de entre los hombres que cargan el palio tiene una pierna más corta que la otra: la izquierda...

Es siempre la izquierda pierna más corta que la derecha pierna. Afirmación o pregunta. Se pueden mover las palabras como peones de ajedrez; a veces hasta como alfiles. Valga la opinión política.

Cuba Luque roba libros en París. El Sísifo de Camus. Desde entonces lleva esa carga montaña arriba y cae. Y vuelve a subir. Y a tropezar. El sexo de la mujer es obsesión de Sísifo, al mismo tiempo que rey de Éfira, roca, tesón y locura, todo a la vez. La vulva parece un vestido púrpura que camina de espaldas. Cíclope invertido. El autor peruano toma un café en el bulevar Saint-Michel; yo abro apenas una lata de cuscús marroquí y lo como frío, grasoso chorizo helado, en un portal de Chatillon-Montrouge, camino de Malakoff. Llevamos libros robados. Él a Camus (se debe robar a Camus), yo a Schwob, gracias a las lecciones del maestro Villon.

Más telegramas:

Desde Río Abajo, en La Paz, Cingolani el anacoreta, el suicida, recuerda a Rosario de Susques, Jujuy. La última vez en San Salvador, un maleante quería venderme un falso Omega o llevarme a putas. Lo despedí. Escapé. Lo de putas me puso ardiente e invité para ser rechazado a una viajera culona, de falda. Me senté esperando el bus a La Quiaca, frustrado. De pronto la mujer cambió de idea, se acercó y dijo que iba a Ledesma, al ingenio de azúcar, donde era secretaria. Habló de un cuarto de soltera y lo lindo de volver a casa con otra humanidad allí. La soledad de la puna la mareó, observó y quiso tomar lo que ya había perdido. Dije: llevo contrabando, perdona, debo seguir al norte. Más tarde, ya en el tramo Villazón-Oruro quise seducir a una enlutada que tenía pantorrillas peludas como jugador paraguayo. Susques... Cingolani, poeta, a pesar de que arrastró a un Cristo colonial de carey por un vía crucis andino que supera la Pasión. Contrabandistas de quesos, o de almas... igual.

El editorial del New York Times augura el fin del populismo latinoamericano. Los pobres continúan varados en su purgatorio. A los amos, de corta extremidad izquierda, les faltan dedos para contar billetes. Pero, en la Historia que marcha lenta e intransigente, en algún lado, prestadores de servicios barren celdas que albergarán soberbias. Contra ti, Gog, príncipe de Mesech y Tubal, profetiza el destino. El rey Midas murió de oro. Lo mismo les sucederá.

Tic tac del reloj. Radio Reloj. Trivial. Fatal.