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Remedios amargos
Jueves,  10 de Septiembre, 2015

La presidente de Brasil, Dilma Rousseff, ha usado un término muy popular para referirse a la urgente necesidad de ingresar en un periodo de austeridad destinado a evitar el colapso del país que ya se encuentra en un fuerte proceso recesivo que lo pone al borde de la crisis social y la inestabilidad política.

Justo en la celebración del Día de la Independencia brasileña, la mandataria anunció el uso de “remedios amargos” en alusión a las medidas seguramente antipopulares que tendrá que aplicar para frenar la inflación, reducir la contracción económica y mejorar todos los indicadores socioeconómicos que se están yendo por el despeñadero.

El rumbo que tome la presidente, quien no tuvo reparos en admitir su temor a los “cacerolazos”, puede convertirse en un nuevo paradigma en América Latina, donde generalmente unos eran los que fabricaban las crisis y eran otros los que tenían que llegar para hacer las reparaciones, aplicar las purgas, realizar los ajustes y hacer de malos con un pueblo que estuvo de farra durante un largo periodo de bonanza.

Las palabras de Rousseff podrían compararse a las que pronunció el presidente boliviano en 1985 cuando dijo “Bolivia se nos muere”, una frase que buscaba la forma de suavizar todo lo que tuvo que hacerse para que el país no siga en la escalada hiperinflacionaria en la que quedó después de las farras militares y las aventuras socialistas.

“Ustedes lo fregaron, ustedes lo arreglan”, parece ser la consigna que se ha consensuado en Brasil, donde pese a la impopularidad en la que ha caído el gobierno, se va disipando el peligro de una salida forzada de doña Dilma.

En el pasado estábamos acostumbrados a una alternancia entre aventureros y dictadores, entre moderados y populistas y siempre existía la alternativa de que el remedio lo aplique otro distinto, incluso uno llegado de afuera, con recetas que venían prescritas por los organismos internacionales o las grandes potencias que en su momento impulsaron el Consenso de Washington como fórmula para que los países tercermundistas dejen ese ir y venir de tumbo en tumbo.

De hecho, el proceso privatizador que se aplicó entre 1985 y el 2002 en Bolivia fue producto de una de esas pócimas amargas que tuvo que tomar Bolivia para salir de la resaca. El resultado fue una lentísima recuperación que finalmente dio frutos, pero que lamentablemente han sido derrochados sin ningún tipo de control ni sentido. Alguno podría decir que nuestro país necesitaba aprovechar esos beneficios, pero también existía la urgencia de sembrar y eso es lo que no se ha hecho. Ahora, y así como lo tendrá que hacer Dilma Rousseff (si es que lo logra), nuestros gobernantes tendrán que aprovechar su popularidad para aplicar los remedios amargos.

Lo triste es que nuestro continente ha estado durante más de una década viviendo la mejor época de su historia y el desafío que tiene en este momento es no caer al precipicio, como si nada positivo hubiera pasado.

'Ustedes lo fregaron, ustedes lo arreglan', parece ser la consigna que se ha consensuado en Brasil, donde pese a la impopularidad en la que ha caído el gobierno, se va disipando el peligro de una salida forzada de la presidente brasileña Dilma Rousseff.

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