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La ¿traición? de Raúl Castro
Martes,  23  de Diciembre, 2014

Cuenta Huber Matos en sus memorias (Cómo llegó la noche/Fábula-Tusquets, 2004) que cuando llegó con su columna a la proximidad de Majaguabo, territorio de Raúl Castro, se asombró de cómo marchaban las cosas allí: todo limpio y eficiente, con revolucionarios en impecables camisas blancas de manga corta, muy diferentes a los barbados combatientes que lo acompañaban.

El comandante que meses después caería en desgracia por supuestos actos contrarrevolucionarios, tropezó allí con una pantomima semejante a la que le sobrevendría pronto, un juicio fraguado y ridículo. Raúl Castro, hombre de dos caras, jugaba ya a gran visir en la modestia de su posición; ejercitaba para un futuro de opulencia que en su caso de notable burócrata, vislumbraba.

¿Quién les cree a los Castro la cháchara rebelde? El ejercicio del poder los ha acomodado a ni siquiera sonrojarse. Con tal retórica agruparon en torno suyo a rémoras de la especie humana con cargos de presidentes, el peor lastre de América Latina luego de las dictaduras militares; eso sí, bien decorados de muertos, miles de tontos útiles que solo sirvieron para reinventar el oprobio.

Ahora Castro vuelca la mirada hacia el norte, dando la espalda a la nomenklatura criolla del sur, recordando según narraba Matos esa sospechosa ambigüedad. La bobalicona argentina, el tenebroso aymara, y los que siguen en la lista, sufren de pasmo ¿Dónde queda ahora el discurso antiimperial? Aplauden, porque entre la izquierda aplaudir al amo es cuestión de fe. Pero se sienten aturdidos.

Hay dos jugadas maestras en la novel relación entre la isla y el continente gringo. Obama movió sus alfiles para con fuego cruzado aislar a los eunucos de la llamada revolución cubana (además de expandir mercado). Estos, cavilosos han de preguntarse si necesitan también hacer aspaviento de paz, amor y fraternidad de los pueblos. Castro, observando la oscuridad, no propiamente de petróleo, que comienza a aposentarse sobre Caracas, busca una salida. Pero, según escribe un columnista brasileño, con armas de peso en mano: el moderno puerto de Mariel, capaz de albergar buques de gran calado que no pueden cruzar Panamá. Castro lo ofreció primero a los EUA, pero también a Rusia. Practica una suerte de enroque que en apariencia lo blinda contra el fracaso. Tiene que, y sabe hacerlo, venderse al mejor postor. Obsoletos son los tiempos de himnos y banderas rojas, que se sacan a relucir de cuando en cuando para que la gente no se confunda.

Existe una deuda histórica, desigual pero deuda, entre los Estados Unidos y Cuba. Es el socio natural comenzando con la geografía. Las calles de Cuba se pueblan de ilusión, no porque Washington merezca ovacionarse, pero cualquier cosa supera al hambre y el puterío que esta trae consigo. Puede ser una transacción beneficiosa. Que traerá reclamos y juicios, seguro, pero qué otra salida le queda al menor de los hermanos, el tonto y el debilucho, que apostar a todas las salidas con ánimos de eternizarse. No juega ya con famélicos idealistas que aceptaban el castigo en aras de una fantasía. El rival-socio es un tigre de afiladas uñas.

La momia de Fidel no tiene voz ni voto. Escribe todavía con dotes de gran embaucador. Morirá rico, sin nadie que le aplaste la cabeza como lo hubiera merecido, al que asome la cabeza, duro con él, Fidel Fidel. Se salieron con la suya, a punta de pistola sacaron al Che y desaparecieron a Camilo. Los camaradas del Escambray terminaron de “bandidos”. Cincuenta años pasaron y del sueño quedan pesadillas, familias de aristócratas de nuevo cuño, patrones más sofisticados que los brutos de otrora.

Cuando bajé en el José Martí se me acercaron dos de la secreta que querían “entrevistarme”. En papel usado, una cara estaba ya impresa, y con diminuto lápiz tajado a navaja, anotaron a mano el monto de cuánto tenía y dónde pensaba gastarlo. Si hay un sustantivo que pesa más que el de revolución, es el de dinero. En eso estamos.
22/12/14

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Claudio Ferrufino
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