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Un paso con Estados Unidos
Editorial
Miércoles,  8 de Abril, 2009

Quedó en pantomima el supuesto compromiso que le habría arrancado Evo Morales al gobierno ruso para que sea éste el que otorgue los recursos de cooperación imprescindibles para la lucha contra el narcotráfico en Bolivia. Rusia no es un mercado importante para la cocaína boliviana y nadie bota la plata al piso, sólo por simpatía política. Así que, a regañadientes y de muy mala gana, las autoridades nacionales tuvieron que aceptar nomás la firma de un acuerdo con Estados Unidos, para el desembolso de 26 millones de dólares, diez millones más que lo que invirtió Washington entre septiembre de 2007 y el mismo mes de 2008.
El acuerdo, firmado durante un acto absolutamente frío, veloz y carente de todo protocolo, prevé una inversión adicional de 20 millones de dólares que se compromete a desembolsar el Tesoro General de la Nación para la reducción de los cultivos de coca que hoy están bordeando las 30 mil hectáreas. Durante una conferencia de prensa posterior a la reunión con el encargado de negocios norteamericano en La Paz, el ministro de Gobierno, Alfredo Rada, se mostró más preocupado por el caso de una docena de policías bolivianos que serán removidos de la Embajada de Estados Unidos, porque al parecer le molesta que hablen inglés y que reciban mejor trato que sus camaradas que cumplen otras funciones.
El ministro Rada trata de disimular el sofocón que le causa tener que aceptarle dinero a Estados Unidos, afirmando que fue el Gobierno el que solicitó la ayuda, debido a que la mayor demanda de cocaína está en el país del norte.
Lo que dice Rada es una verdad a medias, pero verdad al fin. Gracias al esfuerzo de las últimas dos décadas, Estados Unidos logró controlar el ingreso de cocaína boliviana a su territorio y la producción nacional se desvió hacia Europa y los países vecinos, droga que se ha estado transportando a través de pequeños cargamentos, mulas del narcotráfico que llevan cápsulas en sus estómagos y la acción de clanes familiares que burlan los controles fronterizos.
A pesar de que el Gobierno se empecina en negarlo, las últimas incautaciones, el hallazgo de una megafábrica en la Chiquitania y las narcoavionetas que caen como moscas envenenadas, es más el resultado de una superabundancia de producción de drogas, que del incremento de la efectividad de las fuerzas antinarcóticos de Bolivia. Es también la evidencia de que los tentáculos mexicanos y colombianos han vuelto a pisar el territorio nacional, multinacionales mafiosas que no sólo preocupan a Estados Unidos, sino también a los países europeos y a Lula, en Brasil, que desesperadamente llama a crear un consejo regional contra el narcotráfico.
 Aunque se descarta que este acuerdo vaya a significar una mejoría notable en las relaciones entre Bolivia y Estados Unidos, para Evo Morales es una gran oportunidad pero a la vez un riesgo. Mantener relaciones cordiales con Washington es imprescindible para cualquier país. En este caso, puede ser evitar que se desborde el narcotráfico. El problema para el Presidente será la reacción de sus bases cocaleras, razón fundamental y principio de su permanencia en el Palacio Quemado.

Estados Unidos vuelve a cooperar en la lucha antidrogas. El Gobierno lo recibe de mala gana. Tal vez le incomoda la reacción cocalera.

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