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Los estragos de la telefonía celular
Jueves,  30 de Octubre, 2014

Por la incesante y maratónica actividad electoral a que hemos sido sometidos,  tal vez agravada por las limitaciones propias de un  país mediterráneo,  muchos problemas importantes de la vida moderna no están ni  siquiera planteados en nuestro país; por tanto, virtualmente no existen. Pero vivimos bien; somos felices.

La adicción al celular  es uno de ellos. Está causando estragos y, al parecer, ni nos damos cuenta, pese a que está a la vista  su ominoso impacto.  Y no porque la ignoremos dejará de existir el potencial peligro que comporta; es la espada de Damocles  sobre nuestras cabezas.  El mal  se conoce como “adicción extra lúdica”, y  se produce  cuando el pequeño artefacto de comunicación se convierte en un instrumento de compulsión. Sin poder aprovechar  bien sus ventajas, simplemente nos está llevando por delante.

Otros países han empezado a preocuparse. Saben, por ejemplo, que el uso del móvil mientras se conduce un vehículo disminuye  drásticamente la capacidad del conductor, equiparable a las condiciones  de una persona provecta. Ese es el fenómeno más visible, pero genera también una contaminación electromagnética que enferma; ciertas conductas de desajuste social o desequilibrio mental tienen relación con el uso adictivo del celular.

No hay un lugar donde no se vea. Imaginemos una circunstancia familiar. En el almuerzo, a tiempo de sentarse a la mesa, dos colegiales (una muchacha y un muchacho) empiezan a manipular  sus móviles; se produce  el silencio de los convidados  de piedra; es difícil entablar   el diálogo; están virtualmente ausentes. Está averiguado que la restricción solo provoca ansiedad. ¿Exageración? No. Poco más o menos, esa es la realidad que se está viviendo.

Los adolescentes constituyen  la población más vulnerable. Lo que  la vida cotidiana no les facilita todo lo que quisieran,  los jovenzuelos buscan encontrar en  la evasión ficticia. Munidos  del celular, creen que el mundo está a su alcance. Claro que no se equivocan mucho, pueden ver en un instante lo que quieran. En los colegios hay una fuerza subterránea que marca la tónica de sus vidas. Todavía no hemos encontrado –ni buscamos tampoco- una forma de evitar mayores daños. Estamos viendo impasibles la avalancha.

Apareció con gesto providencial en el ámbito educativo. Sin embargo, una investigación efectuada en Perú  trae esta  desalentadora noticia: la aplicación de las computadoras  no reporta ningún cambio significativo en el aprendizaje; es decir, da lo mismo utilizarlas o no; la esperanza era que cuando menos en este campo, con adecuado manejo,  su utilidad sería incuestionable.  Otras conclusiones hablan del síntoma visible de la adicción: el afectado ya no puede pasar  sin el móvil; el efecto es similar –dicen los investigadores- al que se observa en los consumidores de drogas.

A estas alturas, como ya no podemos prescindir, la tarea ineludible es incorporar  de forma sistemática, sin mezclar con la política, a los planes curriculares de los colegios. Hay que desarrollar criterios de uso racional y preventivo. Los profesores están obligados a dar ese salto a la modernidad, acompañando a sus alumnos, si no quieren quedarse arrinconados. Está claro que  sin una debida orientación la telefonía celular, conectada a la Internet,  seguirá siendo un arma de doble filo. Según cómo se  la utilice, puede ser una puerta hacia un cúmulo de ventajas o conducir directamente  al infierno.

El autor es escritor, miembro del PEN Bolivia.