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 18 de Octubre de 2019
Encuentro
Dr?cula o el Hombre lobo
ECONOM?A EN L?NEA
Sábado,  13 de Junio, 2009

Gonzalo Chávez  A• Economista Según el Instituto Nacional de Estadística (INE), en el 2008, la inflación fue de 11, 85 por ciento. Nuestros salarios y bolsillos sintieron una mayor subida de precios. Hubo mucho mes al final del salario. En los pasillos, por los que circulan los economistas, se habló que el INE hizo chanchullo con el índice de precios, la inflación habría sido más alta.  Pero ahora esto es historia. La preocupación del año 2009, es la deflación, una reducción sistemática de precios.  A mayo, los precios cayeron en un – 0,82 por ciento.  La inflación se come la capacidad de compra de la gente, la deflación  se come el ingreso de las empresas. Usted amable lector, con toda razón, estará pensando que los economistas somos muy complicados, cuando los precios suben, reclamamos; cuando bajan, igual nos preocupamos.  ¡Joder¡ ¿En qué quedamos? ¿Qué es lo que tranquiliza el alma analítica de un economista? ¿Cuál es el nivel de precios adecuado para una economía?  
En una economía de mercado, el sistema de precios ayuda a la asignación de los recursos de la economía. Cuando uno va al “Rodríguez” o al “Siete Calles” lo que orienta las compras son los precios que colocan las caseritas. Las señales de precios actúan como los semáforos en el transito. Cuando el precio de un producto sube, es luz verde para el productor aumente su oferta, es una oportunidad de más ganancia; pero al mismo tiempo, es luz roja, para un consumidor que dejará de comprar el bien más caro. En principio, los precios de una economía deberían estar subiendo y bajando, reflejando abundancia, escasez, estacionalidad (en verano por ejemplo hay poca naranja y su precio sube), y sobre todo cambios en la productividad. Estos cambios, en los precios relativos son saludables para la economía y se espera que varíen en un rango de 2 ó 4 por ciento al año. Estas variaciones dependerán del tipo de estructura de mercado, más o menos competitivo y de otras variables en la economía.
La deflación y la inflación destruyen el sistema de precios, es como si se cubriesen los semáforos con papel celofán, y consumidores o productores ya no saben si los aumentos o reducciones de precios reflejan cambio en productividad, o es resultado de problemas fiscales, monetarios o estructurales en la economía. Se produce un daltonismo generalizado, y transeúntes y carros se manejan a su buen entender. Imagínese la Garita de Lima a las siete de la noche. La inflación se vuelve un conflicto distributivo, todo el mundo se defiende o ataca, reajustando precios.  Cabe recordar que muchos de los mercados (crédito, educación, servicios básicos) funcionan con fallas porque hay monopolios, o problemas de información entre consumidores y empresas, que también distorsionan el sistema de precios y obligan al Estado a intervenir. Las economías en problemas afrontan el dilema: la inflación o deflación. Deben escoger entre drácula y el hombre lobo.   
Para un país que pasó por una hiperinflación no es necesario recordar los daños que causa esta anomalía. Conocemos menos el fenómeno de la deflación, así que hagamos algunos alcances conceptuales.  Si se produce una reducción de algunos precios en la economía, debido a aumentos en la productividad y mayor eficiencia, esto es bueno para todos. Por ejemplo,  la leche puede estar más barata, debido a una mejora tecnológica, las vacas producen más leche, a menor costo.  Entre tanto, la caída sistemática del nivel precios también puede ser el síntoma de una recesión.  Una situación donde la economía se achica, dejando personas y máquinas paradas.  Por ejemplo, en el 2009, América Latina decrecerá en –1,7 por ciento, y sólo en el primer trimestre del año, un millón de personas ya perdió su trabajo. En el país, los niveles de desempleo también han aumentado, resultado de la desaceleración del producto. Los más pesimistas creen que el crecimiento estará en torno de 1 por ciento.
En recesión, los precios bajan porque no hay demanda para los productos o servicios que venden las firmas. Empresas sin mercados despiden a sus trabajadores, que como consecuencia, se quedan sin ingresos y dejan de comprar bienes. Y las personas que aún tienen recursos posponen sus gastos, porque creen que los precios pueden bajar más. La crisis de los años treinta y la recesión japonesa de los años noventa son ejemplos de los daños que puede causar una deflación.  En estas circunstancias, las tasa de ahorro aumentan y la inversión baja. Prestarse plata es más costoso. Las deflaciones destruyen el tejido productivo.
Siendo la deflación resultado de la recesión, su combate requiere de políticas de reactivación de la demanda agregada, en concreto incentivos fiscales, políticas monetarias expansivas y toda política que introduzca dinero en al economía. El gobierno boliviano está siguiendo este camino aunque de una manera muy descoordinada. La proliferación de bonos además de darle más votos al gobierno puede que ayude, parcialmente,  a reactivar la demanda y controlar la deflación, sin embargo, mantener el tipo de cambio real esté  apreciado, le está serruchando el piso a esta política. En efecto, Juancito Pinto y Juana Azurduy están de compras en Perú o Chile. En Bolivia dado nuestro bajo nivel de desarrollo industrial, la propensión marginal a importar es muy alta. Véase al espejo o a su alrededor y constate cuántos productos nacionales tiene. Muy pocos, ¿no ve? Por lo tanto, de cada Boliviano que el gobierno gasta o da algún grupo social, más del 65 por ciento se va en importaciones, legales o ilegales.  Muchas veces el diablo no sabe para quién trabaja. Las compras del exterior, el año pasado, llegaron casi a cinco mil millones de dólares. Este año seguirán elevadas y los bonos ayudarán a esto. Las importaciones excesivas también estrangulan al aparato productivo nacional y pueden profundizar la deflación.