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¿Y la sonrisa...?
Entre Paréntesis...
Domingo,  27 de Junio, 2010

Cayetano Llobet T. - Tuvo que ser imperdible la cara del gorila ilustrado viendo los resultados de la elección en Colombia. Hace no mucho tiempo, un Hugo Chávez exultante lucía su sonrisa triunfal al contemplar la dimensión que iban adquiriendo sus nuevos dominios bolivarianos. Un club de pobres se arremolinaba en su torno y él les ofrecía la protección de su paraguas: el precio del petróleo. Cuba, la de más problemas, le agradecía la provisión de crudo enviándole lo único que le quedaba después de cincuenta años de revolución socialista: una ideología pasada de moda y especialistas en inteligencia represiva. Nicaragua y Ecuador trataban de imitar los modos de su mentor y en Bolivia se vivía la plenitud del orgasmo gubernamental con cada visita del “Mussolini tropical”.
Por si fuera poco, los grandes del sur, Brasil, Argentina y Chile, le ofrecían aliento complaciente. Lula, porque tenía en los desplantes chavistas un argumento adicional para jugar su antiimperialismo for export. La Bachelet, pretendiendo devolverle a su Concertación desfalleciente una manito de pintura roja. Y los Kirchner  (en Argentina nunca se sabe si es el marido o la mujer quien manda en la cama presidencial que es rotativa), aprovechando el despelote ideológico que Chávez generaba regionalmente para hacer sus buenos negocios con Caracas, engrosando las arcas de la empresa Kirchner, la más próspera de Argentina en los últimos años.
Pareciera que hoy ha desaparecido la sonrisa. Para comenzar, Cuba fue obligada a dejar de ser discreta: un preso político muerto en la cárcel exhibió la impudicia de la dictadura y el mundo volvió a ver su realidad. El referente ideológico perdía valor, mucho más si el propio Raúl Castro reconocía las condiciones miserables de la economía de su país: nadie ve a la modelo si la modelo es escuálida.  Y llegó lo de Honduras: justo allí donde estaba criando al nuevo pollo -bigotón y ensombrerado- de la granja bolivariana se produjo el golpe que, obviamente, no era contra el pollo sino contra el que le daba el alimento. Hubo que hacer filigranas para tragarse el golpe, pero hasta los más legalistas estaban convencidos de que era mejor el golpismo que el chavismo.
Y vino lo de Chile: muy popular sería doña Michelle, pero la suerte de la Concertación  -con un candidato que reflejaba bien su pobreza política e ideológica- estaba echada. Piñera no iba a ser, ni de lejos, un apoyo para el sargento caribeño. Correa, en Ecuador, ha bajado ostensiblemente el tono y Ortega, en Nicaragua, se encierra discretamente en sus enredos de corrupción interna: para esos negocios es mejor el perfil bajo. Lula, el pequeño emperador con pretensiones de mediador nuclear, está en el brete de la sucesión. Y José Serra ha desafiado sin matices: ¿ignora el gobierno boliviano  -su entrañable amigo- que el 90 por ciento de la cocaína que llega a Brasil, viene de Bolivia?  Desde luego, y para dejar de lado cualquier hipótesis de ingenuidad o de inocencia, están ahí las imágenes de Lula en el Chapare, apoyando militantemente la campaña de Evo y adornado con una inmensa guirnalda tejida con hojas de coca.
Pero lo de Colombia es la superación de los límites. Chávez en persona, con esos sus modos tan caricaturales del estilo cuartelario, definió que la elección de Juan Manuel Santos significaba prácticamente la guerra. Santos es la personificación del enemigo, el diablo mismo. ¡Qué cara la que tendría cuando vio que el 70 por ciento de los votantes colombianos le pintaban el rostro de Santos en la televisión!
Se le está borrando la sonrisa...

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Cayetano Llobet
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