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Encuentro
La huella es el olvido
El hombre nuevo
Jueves,  5 de Octubre, 2017

Yo tenía ocho años cuando el Che Guevara murió en la guerrilla muy triste de Ñancahuazú. Vi en la prensa la fotografía clásica en la camilla fría, la quijada barbuda contra el pecho desnudo, los ojos bien abiertos y pensé, desde el desconcierto de la edad, que más bien estaba a punto de levantarse para irse a caminar por otros parajes. Quiero decir que lo veía vivo aunque el titular y el texto del periódico afirmaban exactamente lo contrario.

Nunca se ha dejado de hablar de él. Quienes sueñan con un “hombre nuevo” piensan en el Che. Los gobiernos que idealizan su capacidad, dicen que su meta principal es la “construcción de un hombre nuevo” y nombran al Che. Eso se afirma de memoria, como principio consabido. Pero si yo no lo recuerdo en la camilla, lo veo de pie en la cumbre de la montaña, casi de perfil (tres cuartos, se diría) con el denso puro humeante y el fusil colgando del hombro. Bueno, cuando me hablan del Che yo pienso en un guerrillero. Mi idea hecha de un guerrillero es: un hombre armado de fusil.

El culto a su recuerdo indica que fue un hombre que murió luchando por sus ideas. Al respecto, creo que incluso quienes denostan su nombre, están de acuerdo. Sus ideas fueron la fuerza de su vida. Su sentido esencial. El problema es que quiso imponerlas como ideas universales inclusive en el África y, al parecer (mucho más después de su muerte), los pueblos de este mundo se empeñan en pensar por cuenta propia. Si bien han cambiado los contextos sociales y políticos desde los 60 hasta ahora, segunda década del siglo XXI, y son otras las contradicciones que nos toca superar, el fusil y el bate no son los instrumentos propios del diálogo de concertación. Ni antes ni ahora. Si me permiten, los instrumentos de siempre son las palabras muy cargadas de ideas de encuentro, de concertación, y una inteligencia práctica que subraye el valor de los procesos en marcha por muy morosos que estos sean.

La democracia en general, cada vez está más claro, desideologiza al individuo y, en apariencia, le quita perspectiva histórica. El ciudadano de la democracia no es, lamento advertirlo, un ser apasionado de la política. Más bien: su apuesta es la institucionalidad del Estado y vivir con la convicción firme de que el país funciona. El anhelo del demócrata es que se cumpla la ley, que los gobiernos sean transparentes y que la seguridad integral de la población (física, jurídica, económica, social) sea un hecho cotidiano, muy cierto y sostenible. Sobre esa base poderosa piensa, alzándose de hombros, que la alternancia de ideas y recetas le hacen bien a la misma democracia y está dispuesto a votar por unos primero y luego por los otros. La idea de un gobierno perpetuo le provoca furia peligrosísima que es mejor evitar.

El hombre nuevo que la democracia intenta formar (y no “construir”) se debe caracterizar por su formación integral equilibrada. El clásico ideal griego sigue en pie. La sociedad que debe construir la democracia debe ser abierta, como dicen los estudiosos, horizontal y respetuosa de los valores y principios. Ya hay ejemplos en el mundo que debemos emular. Importante es que terminemos de erradicar la miseria y la pobreza cuanto antes, porque si bien continuaremos con ciertas carencias materiales, será posible acercar a nuestra gente al arte, la ciencia y la tecnología. El hombre nuevo debe ser culto y sensible, principista, y debe guiar su vida (es importante) de buena fe. Ese hombre estará librado al debate de las ideas de todo orden, pero no intentará que se impongan a balas o golpes porque generalmente hay más de una explicación para todo.

Uno de mis terrores mayores ha sido siempre esta constatación que es común: descubrir que estábamos equivocados. Que habíamos defendido algo incorrecto o injusto. A todos nos ha pasado, ¿verdad? Cuando uno alza el fusil o el bate y dispara o golpea, y hiere o mata, por sus ideas, no piensa que podría estar equivocado. Nuestros sueños pueden volverse pesadillas. El hombre de la democracia sabe que es mejor debatir y llegar a consensos. Que es mejor construir (aquí se aplica bien) una sociedad, un país, sobre la base de una decisión conjunta entre quienes piensan de manera diferente.