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El tacú de papel
¡He aquí el Hombre!
Martes,  25  de Febrero, 2014

En las páginas más enigmáticas de las crónicas terrestres se encuentra un detallado relato sobre un gran diluvio que ahogó a la mayor parte de las especies vivas sobre el planeta, salvo las rescatadas por Noé y su familia, gracias a un gigantesco navío preparado para el efecto. Ríos de tinta han corrido desde entonces tratando de explicar que en realidad lo que ocurrió fue una vasta inundación en un solo lugar, según sus detractores. Como sea, se ha proclamado la intervención de la voluntad divina para que estos sucesos tengan lugar, y se han buscado en las cimas más altas los restos de esa portentosa nave que preservó la vida en el planeta Tierra. La búsqueda de las pruebas.
 
Convengamos, caro lector, que algo sobrecogedor e impresionante ha debido ocurrir en el pasado para que la memoria humana guarde las escenas asombrosas que significan el rescate de animales de toda clase, frente a una hecatombe natural expresada en la fuerza de las aguas. Quizás lo que se atribuye a la voluntad divina haya sido solamente el efecto -no sorprendería- de la acción del hombre sobre la naturaleza. Las crónicas planetarias guardan increíbles relatos de sendas civilizaciones altamente desarrolladas que han desaparecido en insólitas circunstancias, puesto que hasta ahora no se han aclarado y menos comprendido. Pero observe, la figura del hombre emerge imponente.
 
¡“Ecce homo”!, fueron las palabras que pronunció Poncio Pilatos al entregar a Jesús El Nazareno a la turba hostil que pedía su crucifixión, ignorando a Barrabás, verdadero culpable. El “He aquí el hombre” de Pilatos se ha convertido en la imaginería popular, al decir que se lavaba las manos de la sangre de un inocente, en la manera de eludir la responsabilidad de un hecho. Nietzsche menciona, en su obra “Ecce Homo”, su propio mensaje del Apocalipsis, describiéndolo como una guerra espiritual entre la mentira milenaria y la verdad eterna, la voluntad de poder, o simplemente voluntad. De algún modo, señala al ser humano como el responsable del pasado, el presente y el futuro.
 
Los que saben afirman que el hombre, como especie, parece venir de otro mundo, puesto que su conducta es depredadora, a contracorriente de la preservación del entorno. De hecho, su historia muestra modelos económicos de desarrollo que privilegian intereses materiales transitorios, que colisionan con los intereses más altos de un planeta sostenible y equilibrado. Los números no mienten. Son elevados los niveles de deforestación en el mundo, agotamiento de los terrenos cultivables, desperdicio del agua potable, de la contaminación en todas sus formas que han creado condiciones para las catástrofes naturales de toda índole y magnitud. En todo ello, se aprecia la obra humana.
 
He aquí el hombre del siglo XXI, desdibujado como el “Ecce homo”, la pequeña pintura mural destruida por una restauradora en el Santuario de Misericordia, en Borja, España. El calentamiento global y efecto invernadero, el propio cambio climático son parte del accionar del hombre. No extraña, por tanto, el deshielo de la Antártida, la casi desaparición de la Amazonia, ni las represas brasileñas sobre el Río Madeira que se apuntan como el origen de las inundaciones del oriente boliviano. ¡He aquí el hombre! señalado como dueño del mundo, que en esta encrucijada está obligado a actuar ya, para ser parte sustancial de la solución al problema global, porque puede cambiar para bien.

*Fernando Luis Arancibia Ulloa es periodista. Médico pediatra. Magíster en Educación Superior y en Salud Pública

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Fernando Luis Arancibia Ulloa
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