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Tribuna
Reflexiones sobre la violencia actual
Martes,  30 de Julio, 2013

El fenómeno de la violencia, es tal vez uno de los síntomas más sobresalientes de nuestra época, aunque obviamente, su remota génesis no la transforma en una manifestación exclusiva del postmodernismo. Lo que trato de precisar con el par significante “nuestra época”, es que en el mundo occidental y sus proximidades, la violencia se manifiesta a partir de formas cada vez más particulares y paradójicas, diferenciándose por ejemplo, de lo que fue la violencia en el siglo XX. Periodo histórico en el que las grandes ideologías políticas, otorgaron a la violencia un marco imaginario mediante la cual pudo ser justificada, a partir de una faceta redentora que otorgaba a los pobres y proletarios sempiternamente desarticulados del poder, un discurso que les daba un lugar en lo simbólico. También otros sectores sociales, confiaron en que estas ideologías emergentes, pudieran suturar las viejas heridas atizadas por el revanchismo nacionalista. Por otra parte, hablamos de un siglo que tuvo al holocausto judío, como estandarte paradigmático de lo que es la violencia en su más terrible faceta. Esto quiere decir, que hay un punto de quiebre en la historia de la humanidad a partir de la cuestión judía. Tanto así que no existen palabras suficientes para describir el horror acontecido en Auschwitz, a pesar de los incontables esfuerzos realizados en diversos campos, no hay un discurso capaz de hacer semblante de esa orgía de muerte, donde se exterminaron a 6 millones de personas, en pleno epicentro de la más alta cultura europea.

Al margen de las consecuencias de esos estallidos ideológicos, señalar de manera bastante ligera estos hitos históricos, permite realizar una lectura comparativa más precisa de lo que pasa con la violencia en la época actual. Época que según el psicoanálisis, se caracteriza por la caída del Nombre del Padre, por el declive del orden simbólico y las grandes estructuras patriarcales destinadas a normar los lazos sociales, como lo hacían los líderes, el estado, la religión o la misma función del padre en la familia. Asistimos a una borradura de los límites y ciertas normativas paradigmáticas que servían de guías en el relacionamiento con el otro, hablo de la caballerosidad, los buenos modales y ritos, a lo que sumaría el hecho de que la palabra, ha perdido su valor social, generando como consecuencia una significativa fragmentación de los lazos sociales y por ende, la intensificación de la agresividad en el campo narcisista.

Ante esta transformación del orden simbólico, a la violencia ya no se la encuentra amparada en ese marco imaginario brindado por las grandes ideologías, esta carece de referencias o espacios donde se la pueda ubicar con cierta precisión, no hay quien pueda hacer semblante de la misma, por lo cual, pulula desmadrara y aun no estando materializada, su presencia se torna como una inquietante sombra, capaz de emerger en el momento menos pensado. Es una violencia que al igual que la época, carece de límites. Las noticias que transmiten los medios informativos pueden dar cuenta de aquello. Solo recordemos como hace poco, a unos jóvenes que estaban robando, un turba de vecinos les predio fuego, hace un par de meses una estudiante de psicología fue brutalmente asesinada con 40 puñaladas o el caso de un niña de 3 años que fue violada, asesinada y tirada en un descampado, por un sujeto que previamente había jugado con ella en un parque. Hay muchos ejemplos, pero la cuestión es que casos como estos, se van transformado en algo cotidiano.

Como respuesta a estos hechos, la sociedad empujada por la sensación de angustia y desamparo, realiza una demanda clamorosa, un llamado al proto-padre primitivo, es decir, a que alguna instancia encarne y ejecute la ley sin contemplaciones, acto que paradójicamente, puede resultar tan brutal como los crímenes que causan indignación, hablo de la mal llamada justicia comunitaria, la castración química, la pena de muerte, etc. El equívoco está en suponer que con leyes más severas o aplicando violencia contra la violencia, esta podrá detenerse, porque generaría temor en el futuro infractor o delincuente, cuando en realidad, existen problemas estructurales mucho más grandes, relacionados con la miseria, la educación, el escaso desarrollo cultural y la ausencia de límites propio del declive de lo simbólico actual.

Por lo pronto, el dispositivo del psicoanálisis lacaniano es una alternativa de tratamiento para el malestar de nuestra época, donde la singularidad de la palabra de un sujeto, es rescatada de la vorágine generalizadora, acotando la violencia y construyendo nuevas formas de poder arreglárselas con lo que no funciona que es el síntoma, del que cada quien debe hacerse responsable.


*Psicoanalista

Acerca del autor:
Gustavo-Adolfo-Navarro-Occhiuzzo-
Gustavo Adolfo Navarro Occhiuzzo
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