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Reír y llorar en Tiahuanaco
Viernes,  5 de Octubre, 2012

Me despanzurré de risa hasta llegar a las lágrimas, con la corrida de que el éxito de ceremonias folklóricas en las ruinas de Tiahuanaco ha despertado una brillante idea.

No fue solamente el esplendor hollywoodense de las investiduras presidenciales, que aparte de ser conjuro para transformar sacerdotes autóctonos en pichicateros, para mí es indicio de pachamamismo aimara que quiere colonizar Bolivia. Tampoco, que se ha engendrado la moda, efímera espero, que da rienda suelta a la creatividad de costureros, desde los que enhebran bichos míticos para el atuendo de mestizos fraternos que bailan en una de las ochocientas fiestas patronales paceñas anuales, hasta la alta costura de una exclusiva modista que confecciona los caros sacones que viste el Presidente, mezcla de chaqueta maoísta con blazer de “beatle” inglés, en vez de la humilde chompa a rayas de tiempos menos opulentos. Uno fue lucido por el Vicepresidente en su reciente boda folklórica, andina, civil y católica.

La idea del proyecto, ¿fue reasentar el poblado aimara lejos de las líticas ruinas? No. ¿Fue gastar un par de millones en poner baños decentes en el museo de Tiahuanaco? No. ¿Fue invertir en diseñar ambientes a prueba de la humedad que está carcomiendo los monolitos –junto con los orines de centenas de turistas curiosos y adulones en ceremonias folklóricas, digo yo? No. ¿Fue contratar expertos de Machu Picchu, sugerencia de la ONU, para sanar de líquenes invasivos a ese símbolo nacional que es la Puerta del Sol? No.

Más aún, si Tiahuanaco fue centro ritual rodeado de foso de agua, que según alguno separaba a espacio y tiempo de lo sagrado del mundo ordinario, ¿traerán agua del lago Titicaca para rodear y aislar las ruinas y, de paso, irrigar el entorno agrícola y dotar de agua potable al poblado? Si hay plata para pagar al “bigotón” para que mejore el fútbol nacional, como si una golondrina hiciese verano, ¿por qué no convocar a un concurso mundial para construir un complejo que albergue y proteja las ruinas, aparte de convertirle en un imán boliviano del turismo? Si es notable el parecido entre el Tiahuanaco boliviano, que no es aimara ni quechua, y el Teotihuacán mexicano, que no es azteca ni maya, ¿por qué el primero es simple rebalse del turismo peruano y no genera los millardos de dólares del segundo?

Insisto que Tiahuanaco era antes casi un coto privado de un par de personajes nacionales, que tal vez le trataban como el perro del hortelano, que no come ni deja comer. Hoy los restos vetustos, a medias de revelar en excavaciones incompletas de expertos, son tan cautivos del pueblo aimara vecino, como el país está secuestrado por los cocaleros oficialistas. No otra cosa se puede colegir de la peregrina idea, luego del boato de la llamada “boda real” vicepresidencial, de convertirles en un centro de eventos por los cuales se cobre buen dinero, por supuesto. La idea quizá proviene de autoridades “originarias” del poblado aimara cercano. Es tan ilusa como ignaros deben ser sus gestores.

Imagino la posesión de un próximo “jilacata” vecino. Ojalá que del primer al treintavo “tutumazo” no ocurran en las gastadas escalinatas de Kalasasaya, por el riesgo de challar a la Pachamama la mitad y corroer las piedras de andesita. Seguro que con la moda iniciada por el Presidente, la autoridad insistirá en vestir cachucha de heladero y sacón blanco de enfermero, pero con estola de cura por delante.

Luego vendrá la hija, recién llegada de Estocolmo, para colmo de “blue jean” y de remera con la imagen tristona del Che, quien rogará a papito casarse con su novio sueco en ceremonia ancestral de yatiri y humareda de copal en la vecindad de monolitos ruinosos. Llevaría atuendo de pollera y manta españolas, cabeza cubierta por un velo de tul de sabe Dios dónde, pero que no lo inventaron los aimaras: ¿acaso no prueba que somos una mezcla de usanzas, es decir, culturalmente mestizos? Los cuatrocientos invitados orinarían en piedras talladas hace mil años, y quizá sus consortes harían el número dos protegidas por la discreta carpa de la pollera al sentarse. Ojalá que no se les ocurra bailar chicha cumbia en el templete semisubterráneo de Akapana. Imaginen el efecto de medio centenar de eventos similares cada año: la iniciativa tiene que ser rentable.

Tiahuanaco tiene un triple valor. Su valía arqueológica, poco reconocida por el abuso de que es víctima en este país de ilusos afectos a mitologías inventadas por la politiquería. Su potencial turístico, que es el equivalente del Machu Picchu peruano, donde no quita el sueño si las ruinas de Nazca son incaicas. Su capacidad de convocatoria en la forja de la nacionalidad boliviana, pero sin la identificación odiosa de aimara en un país de varias raigambres étnicas injertadas a lo español. Bolivia es híbrida por excelencia, con varias expresiones mestizas producto de su diversidad cultural, tan rica como la de su flora y su fauna. 

Porque las ruinas de Tiahuanaco son tan aimaras como españoles son los terraplenes mojeños  domadores del ciclo de inundación y sequía en las llanuras del Beni. Son bolivianas. Podrían convertirse en un real centro espiritual de interacción permanente con la ciudadanía y las comunidades, dice la Unesco, pero de todos los bolivianos, acoto yo. Sin embargo, reconciliarnos con lo bueno, lo malo y lo feo de nuestra historia precolombina, colonial y republicana es todavía una asignatura pendiente en este país de incultos, con un Gobierno populista, y estatista, de etnocentristas aimara.