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Bajo el Penoco
Tribuna
La Guerra del Chaco y el presidente Hernando Siles
Sábado,  7 de Abril, 2012

En muchas ocasiones, cuando me he puesto a pensar sobre la horrible tragedia que fue la Guerra del Chaco, tanto para los bolivianos como para los paraguayos,  -pero muchísimo más para los bolivianos- me asalta la pregunta de por qué se produce en nuestro caso un desequilibrio tan grande cuando la gente recuerda a nuestros héroes (Busch, Marzana, Bilbao Rioja y tantos otros) otorgándoles el reconocimiento que en justicia se merecen. No ocurre, lo mismo, por otro lado, lo que con igual justicia debería haber sucedido con los que, antes de la guerra, desde sus puestos de autoridad, sobre todo desde los altos mandos de la nación, lucharon denodadamente por evitarla, pensando con clarividencia que, si ese conflicto armado llegara a estallar, de él se derivarían desastres irremediables en lo colectivo, así como sufrimientos indescriptibles para los individuos que resultaren víctimas de esa catastrófica contienda, para sus familias, para los prisioneros, para los mutilados y hospitalizados, en fin, de una manera abrumadora, para los que, desde la retaguardia, contemplaron y juzgaron el absurdo irreparable, la duración agobiante, la frustración nacional que significó esa guerra frente a un enemigo aguerrido (con el que no había causales insuperables de enemistad), en un escenario espantoso, bajo un clima de muerte, en el que el verdadero adversario era la sed.

Merecen el bien de la patria los que lucharon con firmeza, defendiendo lo que consideraban la heredad nacional, los jóvenes, los adultos, los voluntarios, los que alentaban la esperanza de la victoria, los campesinos arrancados de su solar nativo de la altiplanicie y fueron trasladados a un paisaje desolado y hostil, pero también lo merecen quienes previeron esos males e hicieron un cálculo objetivo de la geografía y de la historia, de las distancias, de los apoyos extranjeros, en suma, de todos los complejos factores que intervienen en el desencadenamiento nada menos que de una guerra internacional.

Ya se habían dado a conocer, cuatro años antes, a fines de 1928, los criterios que intervendrían en Bolivia ante la posibilidad de no llegar a un acuerdo entre los dos países separados por los arenales desérticos y por los matorrales espinudos del Chaco.  De una parte, los partidarios de la paz y del otro los partidarios de la guerra, alentados estos últimos por la idea ingenua de la inferioridad del adversario.

El Gobierno y el presidente Hernando Siles sostenían la causa de la paz.  La acción militar del fortín Vanguardia y el éxito diplomático ante la Comisión de Paz reunida en Washington favorecieron en ese momento el restablecimiento de la paz.  Fue ese el momento de la cordura, frente a multitudes  que recorrían las calles de Bolivia pidiendo la guerra.  Con el gobierno siguiente vino la guerra, que dejaría 50.000 muertos en los campos de batalla y que duraría desde 1932 hasta el armisticio en 1935; en realidad, hasta la firma del Tratado de Paz, en 1938, cuando pudieron volver los varios miles de prisioneros retenidos en Paraguay.

Sobre esa dolorosa tragedia han sido escritas en Bolivia valiosas novelas y cuentos que describen fielmente los horrores de esa tragedia, la peor que haya sucedido en nuestro país.  De ellas me ocupo con detenimiento en mi libro La literatura boliviana de la Guerra del Chaco (1969).  Pero tal vez la más profunda visión de esa demencial contienda fratricida es la que nos ha dejado el filósofo Roberto Prudencio Romecín en un escrito publicado en la revista Collasuyo, al comentar el libro de Jesús Lara, Repete.

Dice así Prudencio: “La tragedia del Chaco es una tragedia sin anécdotas, sin gestos, sin gritos, sin horror. Una tragedia subjetiva, callada, silenciosa. Una tragedia helada. El drama de hombres que han traspasado su humanidad y se han hecho espíritu o espectros; por eso un drama sin actitud y hasta sin llanto. Dice Martin Heidegger que la angustia es el encuentro con la Nada.  Yo diría que la tragedia del Chaco ha sido la tragedia de la angustia, con que los hombres se han encontrado con la nada”.

(*) Miembro de las Academias Bolivianas de la Historia y de la Lengua, correspondientes
de las Reales Academias Españolas

Acerca del autor:
Jorge-Siles-Salinas-
Jorge Siles Salinas
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