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Pensar Bolivia
Martes,  3 de Abril, 2012

Aveces dejar de leer, escuchar, ver cosas del país allá lejos, podría ser satisfactorio. Permitir volar la imaginación por cosas ajenas a la tragedia boliviana. Pero es difícil, casi imposible, porque llegan cartas, imágenes, telefonazos que reaniman ese cuerpo que se intentaba archivar. Bazofia periodística que en un medio gubernamental clama porque los "otros" -nosotros- salgamos de Bolivia para retornar a nuestros lugares de origen (¿?). Y aquí un gran signo de admiración para desmitificar, de una vez y para siempre, el falso mesianismo revolucionario de los que gobiernan. Fascismo. Hablar de destierro, incluso “ayudados” desde el poder para hacerlo, y dejar el hogar en manos de quién: de aymaras que jamás ocuparon todo y que tampoco aportaron a la historia humana con nada sustancial en ningún campo y que, sin embargo, se atribuyen ilimitados derechos. De pronto los sojuzgados por el imperio quechua desearán apropiarse de los méritos de éstos, ya que en la enfermiza ambición de sus líderes han sido llamados para salvar al mundo. Y me pregunto, ya que afirman ser más antiguos que los chinos, los sumerios los hebreos, cómo es posible que en cinco mil años no inventaran ni siquiera una escritura. Calificarán de racista esta tentativa de aclarar las cosas para al menos suponer algo de verdad, sin serlo. No es racista atacar el embuste y la insensatez de creer que hay un pueblo "elegido"; sabemos a dónde llevan esas fabulaciones.

El individuo que exige en un inmundo amontonamiento de letras que nos vayamos tiene nombre alemán y dos apellidos españoles, y escribe, en computadora supongo, o así fuere con lápiz o bolígrafo, sobre papel, y vestido con zapatos y pantalón y calzoncillo, tomándose quizá un café con azúcar, o comiendo un pastel, cosas que, ninguna, son creación de los aymaras. Se pone triste porque Gualberto Cusi se retractó y hace alegatos de que se respete la “tradición” de ellos y otras patrañas. Le pido que se retire a las cavernas de su delirio, y no a su tierra porque nadie sabe con certitud a quién perteneció la tierra y cuántos pueblos pasaron por ella. Nadie puede reclamar como suyo algo que es colectivo. Que se encierre con el magistrado a comer coca, beber coca, leer en coca a pesar de que ni siquiera la coca les pertenece. Si alguien debiese reclamarla tendría que ser el pueblo quechua.

Aberraciones semejantes son las que resultan en desastre. Crear un discurso en base a caracterizaciones raciales, a formas de vida específicas de un grupo étnico, a una estética “apropiada” para sus costumbres, etcétera, representan los iniciales pasos de algún genocidio. No hablamos aquí de superar los errores del pasado, la esclavización y servidumbre a la que se sometió al indio por siglos, que no cambió un ápice con la república, y que no cambia tampoco con discursos que parecieran levantar desde el polvo a un pueblo apabullado desde siempre, desde sus curacas primigenios hasta los invasores incaicos y blancos.

Se tolera por miedo o por complicidad, una complicidad que ni siquiera es orgánica, ideológica, sino económica. Muchísimos de los seguidores del insulto que vivimos se despegarán de inmediato de las nalgas del Supremo, apenas lo vean tambalear. Esos que él considera puntales serán los primeros en agitar la venganza. Ni que no conociéramos a nuestro pueblo: altoperuano, mestizo, indio, blancoide, holgazán, siempre ajeno a su realidad e identidad, voluble, traidor y muchos otros calificativos que el autor del texto utiliza para denostar a los bolivianos que no son aymaras.

El tipo en cuestión, si tiene dignidad, aparte de respeto por sus ancestros, debería desvestirse y caminar desnudo como sugiere lo hacían el Inca Garcilaso. Cambiar nombre, sumirse en el oscurantismo, tirar el ordenador y el anillo matrimonial, ya no votar, ser enemigo de gobierno, presidencia, democracia, del insufrible papeleo occidental. No lo hará porque es traidor a lo que pregona, porque a pesar de declararse por la lectura en coca aprovecha la tecnología occidental para narrarla.

A veces quisiera, y seguramente muchos también incluso adentro, olvidar que existe un despropósito llamado Bolivia, que fue siempre así, y que alcanzó su cénit con su mejor representante.

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Claudio-Ferrufino-
Claudio Ferrufino
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