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La Santa Cruz que ya no existe
Miércoles,  21 de Septiembre, 2011

Cuando Santa Cruz La Vieja comenzaba a transformarse de manera veloz en la moderna urbe que hoy conocemos como el centro económico del país, las orillas del río Piraí adquirieron una dimensión desconocida hasta entonces: punto obligado de reunión de familias que buscaban nostálgicamente saborear comida “camba” y disfrutar de un balneario natural que era un encanto. Quizás esté por demás afirmar que hace poco más de treinta años, lugares para saborear comida y balnearios eran escasos e insuficientes para una creciente demanda. Así, propios y extraños se volcaban, ¡créame pariente! con entusiasmo a las orillas del Piraí en temporadas de calor con la certeza de pasarla bien.

Había que ir bien preparado tanto para comer y beber, porque las cabañas, como las conocemos ahora, francamente no existían. Una que otra, muy cerca de la orilla y aledañas a lo que antes era el Jardín Botánico, un lugar amplio con centenares de especies bien identificadas y cuidadas por el equipo de Noel Kempff Mercado. Ahí iban a pasear los enamorados y ahí también se veían a estudiantes repasando sus lecciones. Le digo que ni miedo había de que lo asalten y otras cosas. Esa inseguridad vino después. En las orillas del Piraí se servía buen café con su sonso y cuñapé. Platos típicos para chuparse los dedos: majadito de pato, de charque, locro y jugos de frutas frescas.

Ahora, ir a las cabañas del Piraí es ir a la añoranza. Nada fue igual después de la riada del año 1983, cuando la bravura del río se llevó el paisaje donde nos deleitábamos todos los domingos, los cambas y los que no lo son. Si la mazamorra del turbión destruyó casi por completo el Jardín Botánico, que estaba muy alejado de las orillas, imagínese cómo quedó el sector de las antiguas cabañitas, allá donde se iba a cantar hasta que la tarde anunciaba el negro manto de la noche, y cuando el canto tenebroso del guajojó asustaba a más de uno. Ir ahora a las cabañas, es ir a recordar un poco, tan solo un poco, de la Santa Cruz que ya no existe. A veces, una tamborita llama a la emoción del ser cruceño.

Decía, compadre querido, que a las cabañas de hoy van cruceños y fuereños. Turistas extranjeros unos y también visitantes de otros lugares del país, de allá el collao. Todos van a degustar los platos típicos de la gastronomía cruceña y a sentir el sabor “camba” en el aire y en la tierra. Todo está bien hasta ahí. Pensemos. Las cabañas se han convertido en un atractivo turístico que tiene que retratar a la Santa Cruz que se ha ido. Ahí es puej donde las autoridades ediles deben meter su mano. Siendo un lugar emblemático de nuestra ciudad, lo que debe hacerse es embellecerlo, darle toques profundos de seguridad y de atractivos, brindando comodidades a los ilustres visitantes.

A ver, ¿acaso es imposible obligar a que los cabañeros construyan baterías de sanitarios cómodos y limpios de modo que sus clientes se sientan a gusto cuando tengan la necesidad de usarlos? En la actualidad, lo bueno que los visitantes se llevan de impresión en las comidas, lo pierden frente a los baños sucios e insoportables. Además, ¿porqué las cabañas tienen que ser lugar de borracheras? Eso se puede controlar, es obvio y necesario. La música: ¿No debería ser un sinfín de música cruceña que la tenemos linda? Pero en las cabañas aflora la cumbia villera y otros ritmos caribeños. Si esto sigue así, habremos perdido para siempre la tradición de ir a recordar la Santa Cruz que ya no existe y que  no volverá. Ir a las cabañas será como ir a cualquier otro lugar.
 

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Fernando-Luis--Arancibia-Ulloa-
Fernando Luis Arancibia Ulloa
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