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La sabiduría de la traducción
Tribuna.
Sábado,  29  de Enero, 2011

La lengua castellana ha tenido en este siglo, particularmente en los campos de la filosofía, la historia y el ensayo, un traductor insuperable, digno de admiración tanto por la riqueza de su prosa como porque aplicó a su actividad, dedicada a trasladar de otro mundo cultural al nuestro, una laboriosidad impresionante.  Este genial artífice de la traducción fue Manuel García Morente, filósofo de la más alta categoría, quien adquirió justa fama en el ámbito hispanoamericano por sus célebres e imperecederas Lecciones preliminares de filosofía, dictadas en Tucumán en 1942.  Ya al final de su vida, como se sabe, se hizo sacerdote, escribiendo en esa condición algunos hermosos libros como el pequeño gran ensayo Ideas para una filosofía de la historia de España.

La obra de traducción de Morente se realiza en la versión al castellano de algunas de las obras capitales del pensamiento alemán contemporáneo.  Le debemos, ante todo, los diez tomos impecables de la Historia Universal dirigida por Wálter Goetz, en la edición de Espasa-Calpe (1945).  A mi parecer, es la mejor de las historias universales que se haya publicado en idioma castellano; es de suponer que el original alemán es también un trabajo monumental, de capital importancia por la calidad de los historiadores a quienes se confió la redacción de los diferentes capítulos de cada volumen.  La edición de Espasa Calpe es una maravilla desde el punto de vista de las reproducciones en blanco y negro y a color, de los mapas, de la selección depuradísima de las láminas, del material gráfico en general.  Pero lo que seguirá teniendo siempre un valor de perfección y de calidad literaria suprema es la traducción hecha por Manuel García Morente, el cual no sólo fue uno de los filósofos de más alto vuelo en la España contemporánea sino también un escritor en quien se advierte un dominio pleno de los recursos de arte, de matiz, de adaptabilidad a los más variados asuntos de la ciencia que ofrece el idioma en su desarrollo actual.

Otra hazaña del pensador García Morente fue la traducción de La decadencia de Occidente, de Oswald Spengler.  He oído decir a diversos conocedores del tema que la mejor de todas las versiones a idiomas extranjeros de ese libro que tanta impresión causó en el mundo de entreguerras, hasta más allá de los años 60, fue la castellana, efectuada con dedicación plena, línea a línea, midiendo el alcance de cada palabra.  Aparte de la obra indicada, la colaboración de D. Manuel a las ediciones de la Revista de Occidente, dirigida por José Ortega y Gasset, fue en extremo valiosa, saliendo de sus manos traducciones tan prolijas como las que dedicó a La esencia del arte gótico, de Worringer y, en el campo estrictamente filosófico, a Kant, a Leibniz, a Husserl, sin olvidar su diáfana y clásica versión del Discurso del método cartesiano.

En el mundo de las letras, ocupa un puesto clave Pedro Salinas, quien nos dio un Proust perfecto en nuestra lengua; los gozadores de la obra del gran novelista de En busca del tiempo perdido pueden disfrutar de la comparación de ambos textos, el original y el castellano, pues no cabe duda de que es éste uno de los pocos casos en que una espléndida obra literaria nada ha perdido al ser trasladada de una lengua a otra.  Es evidente que esto sólo puede ser conseguido cuando se posee un magistral dominio de los dos idiomas, el que ha servido de fuente primigenia y el que ha sido usado como receptor o idioma traslaticio, tarea nada fácil a la que sólo puede atreverse un consumado escritor, eximio sobre todo en la lengua que va a emplearse en la traducción.  No es esto lo que suelen pensar incontables autores de nuestros días que, por poseer con cierta soltura el idioma de un escritor extranjero, pero careciendo de rigor y maestría en la lengua castellana, se lanzan impúdicamente a la tarea de presentar su propia versión de obras escritas en otro idioma sin darse cuenta de que, al hacerlo, están mutilando, deformando o traicionando del modo más espantable la gramática castellana.
Nos da gusto recordar, a la vista de tantos textos indignos que corrompen el idioma español intentando malamente trasladar a él libros de literaturas ajenas, la obra ejemplar que cumplieron en otro tiempo traductores excelentes, de los cuales fue tal vez uno de los representantes más notables el crítico y sociólogo Eugenio Imaz, que tradujo en México, para el Fondo de Cultura Económica, la obra de Dilthey, así como libros de Cassirer y otros autores alemanes.  A la misma altura, pueden colocarse los trabajos de Fernando Vela y Francisco Ayala, en la esfera de las ediciones de la Revista de Occidente, o los que dedicó a ofrecer versiones impecables de la literatura contemporánea el escritor cubano radicado en España Ricardo Baeza.

En tiempos más recientes, se me ocurre pensar en dos casos notables de trabajos de largo aliento, realizados con extremada pulcritud y esmero idiomático.  El primero, la obra de Valentín García Yebra, al traducir al castellano los tomos luminosos de Literatura del siglo XX y cristianismo, de Charles Moeller, de la Editorial Gredos. Y el segundo, las traducciones hechas por José María Valverde de la obra de Rilke y de Joyce, aparte de su participación en la edición española del Diccionario literario de González Porto, Bompiani.

Los nombres registrados hasta aquí corresponden a autores españoles.  Naturalmente, no faltan los de hispanoamericanos que se hayan dedicado a este noble afán literario.  Algunos, en forma notable, otros, con logros poco brillantes.  Alfonso Reyes, el humanista mexicano, conocedor eximio de los clásicos españoles, dejó algunos trabajos altamente apreciables.  Jorge Zalamea, en Colombia, ha hecho una labor encomiable.  En Argentina, son numerosas las figuras de traductores meritorios, especialmente en lo que se refiere a la literatura francesa contemporánea vertida al castellano; entre otros, cabe citar a Aurora Bernardes, Bonifacio del Carril, Ángel Battistessa, Ángel Luis Bixio, así como Guillermo de Torre, español avecindado en Buenos Aires.  Pero hay que reconocer, en este orden, que nuestra producción hispanoamericana es escasa y que muchos ensayos han resultado fallidos, a veces, deplorables, sin que, en casos numerosos, los autores de esos intentos hubieran caído en cuenta de su inhabilidad para el oficio.
*Jorge Siles Salinas es miembro de las Academias Bolivianas de la Historia y de la Lengua, correspondientes de las Reales Academias Españolas

autor : Jorge--Siles-Salinas
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