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Barlamentos
Coca yungueña versus coca chapareña
Viernes,  7 de Septiembre, 2018

La controversia entre sectores campesinos, que también son “movimientos sociales” aunque de la cría respondona desasociada del partido de gobierno, trae a discusión muchos recuerdos sobre la coca en Bolivia, y actuales remezones entre los Yungas y el Chapare. 

No solo en nuestro país. Hace mucho tiempo fui invitado a un cónclave en Costa Rica, que espero no haya perdido ese “con mucho gusto” con que su gente respondía a todo requerimiento. Se había reunido a lo más granado en la lucha contra el narcotráfico, entre los cuales una antropóloga colombiana alarmó con la nueva de que su hermoso país ya tenía 2.000 hectáreas de sembradíos de coca. Hoy deben ser 200.000 y los EEUU han malgastado millardos en programas de erradicación, incluyendo las rociadas desde aviones que erradican cocales, además de todo ser viviente de la flora y la fauna en su discutible fumigación selvática.

Tengo tres enseres que nutren mi nostalgia de esos tiempos. En 1974 regresé a Bolivia con una “fellowship” de una Fundación. Con un agrónomo cruceño, una socióloga francesa y el apoyo de DESEC (¿no hay Cóndor de los Andes para Juan Demeure?) emprendimos, soñadores, el Primer Censo Demográfico Agropecuario del Chapare Tropical. Todo iba bien hasta que algún sindicato, quizá cocalero, negó entrada y respuestas, como a los personeros del Tribunal Internacional de Derechos de la Naturaleza (TIDN) en el infame Polígono 7. Recuerdo al serio Gral. Amadeo Saldías; tengo una gran foto en colores de la recta de ingreso a Puerto Villarroel, “ahicíto” de Ivirgarzama; le acompañé en un vuelo en jet que era también presidencial y quizá disuasivo contra tarascadas adicionales de territorio que Chile podría apetecer: hoy, gracias a Dios, tenemos avión Falcon y helicópteros en el techo del Palacio de Evo que nos protegen de supersónicos chilenos. También en 1979 viajé a La Asunta por tierra. En el camino me intrigó un campesino con una mano cercenada, quizá por pescar con dinamita; con la otra mano picaba piedra laja negra, una de las cuales adorna mi escritorio y la otra, mi jardín. Hoy vivimos otras épocas. La Asunta ya no tiene 50 hectáreas de coca: deben ser unas 5.000; entonces tierras vírgenes, ni entonces ni ahora eran “zona tradicional” de producción de “erythrocylon coca”, cuyo nombre científico quizá sería “nasus nívea” si procesada se inhala en líneas o uñadas. Los Yungas de Vandiola, también conocidos como Yungas de Totora, ¿no producían hoja de coca para el acullico desde tiempos coloniales? ¿Acaso son “tradicionales” Yapacaní, Caranavi, Colomi, el Polígono Siete, etc.? ¿Los Parques Nacionales en el TIPNIS, el Madidi y el Amboró, donde debería reinar la Madre Tierra de la que se llena la boca el máximo dirigente de los cocaleros del Chapare?

No creo en aspavientos gubernamentales sobre la producción de hoja de coca, empezando por las delimitaciones de zonas tradicionales. El estudio sobre el Uso Tradicional de Hoja de Coca en Bolivia que hicieran William Carter y Mauricio Mamani en 1978, puede haber servido para una Ley con el número mágico de 12.000 toneladas que alegan alcanzar para el acullico y otros usos legales. No van más, no porque convertidas en polvo blanco hayan aumentado voraces narices estadounidenses, sino que la cocainomanía abre mercados en el mundo, tal vez a la par de urgencias que tiene el río sempiterno de jóvenes que gustan gozar la noche en sexo, drogas y “rock and roll”. Creo que el productor –la oferta— acompaña a ricos y “bon vivants” –la demanda—que requieren nuevas formas de estímulo en su búsqueda de la felicidad.

Inclusive en Bolivia, y quizá en Colombia y Perú, el afán gubernamental de demostrar nuevos usos de la coca en cosméticos, etc., hoy se ve apoyada por hoja triturada y de sabores imaginativos. Vaticino que aumentará el volumen legal. Quizá se ponga de moda el cachete inflado en discotecas y alardeen que la hoja de coca puede curar la diabetes, el estreñimiento, el cáncer, el dolor de cabeza y hasta la impotencia.

Sin embargo, hay diferencia entre la coca de camellones yungueños y deforestaciones en el Chapare, para no hablar de parques nacionales y selvas protegidas. No hablo del tamaño de la hoja o de su contenido de cocaína; hasta el favor político pasará. La dimensión económica del negocio ilegal es el quid del asunto, y solo se marchitará sin demanda ni oferta. Tan iluso como forzar a dueños de pichichos a recoger su olorosa mierda antes que algún distraído la pise. ¡Ay, mis molinos de viento!

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Winston--Estremadoiro-
Winston Estremadoiro
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