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Bajo el Penoco
Editorial
Drogas: ojos Que no ven...
Martes,  7  de Noviembre, 2017

Después de varios años de aparente tranquilidad, ha vuelto a causar preocupación el problema de los adictos a las drogas que deambulan por las calles y se refugian en los canales de drenaje.

En realidad el problema nunca desapareció y ni siquiera disminuyó; simplemente estuvo apartado de la vista de la ciudadanía. Desde que fueron corridos de los canales aledaños al barrio Urbarí por presión de vecinos y empresarios que hicieron fuertes inversiones en la zona, los indigentes hallaron refugio en las riberas del río Piraí, más concretamente en el cordón ecológico, donde conviven con la basura, la pestilencia y especialmente con la indiferencia de la sociedad que se siente agredida por ellos y los quiere lejos de su vista.

Esa reacción es entendible pues hasta las familias suelen darles la espalda a quienes se sumen y se consumen en este vicio tan absorbente que les quita toda noción de dignidad a las personas. El drama se agrava por la inexistencia de  programas de rehabilitación, instituciones con la solidez económica y profesional suficientes para encarar las dimensiones que ha adquirido este problema, con el auxilio de un sistema preventivo de la drogadicción en las escuelas y en los barrios marginales, donde la situación se vuelve agobiante por la presencia masiva de vendedores de sustancias controladas y numerosas pandillas que le agregan su cuota de violencia. 

En Santa Cruz este problema es manejado como si se tratara de un asunto policial, un caso urbanístico o más bien un tema de ornato público. De vez se en cuando se arman operativos de “limpieza”, detienen a decenas y tal vez centenares de individuos, los muestran ante los medios de comunicación para dar la idea de que las instituciones trabajan y se preocupan y luego todo vuelve a la “normalidad”. Hasta hoy, las arboledas que contienen las aguas del Piraí se habían convertido en el espacio perfecto para no ver a estos “estorbos” del paisaje urbano y para ellos el sitio ideal para esconder su propia miseria.

Todo estuvo “en paz” hasta que las autoridades decidieron que la costanera no es lugar para el refugio de los drogadictos, activaron los mecanismos de desalojo y otra vez los tenemos en los canales, bordeando los mercados y en algunos parques y plazas. Recordemos que hace unos años su espacio era el parque El Arenal y de ahí han ido saltando de un lado a otro, al capricho de quienes piensan que “ojos que no ven...”.

Las instituciones religiosas hacen lo que pueden y son las únicas que reaccionan, pero mientras no aceptemos que todo esto es producto de las secuelas que deja el avance del narcotráfico, la ciudad no será suficientemente grande para contener a las víctimas. Por otro lado, refleja la indiferencia gubernamental frente a una responsabilidad ineludible, pues es una obligación legal que establece la utilización de los bienes incautados a los narcos en la rehabilitación. Lamentablemente el uso que se le da a esos recursos está muy lejos del servicio público. 

El problema de los adictos a las drogas es manejado como si se tratara de un asunto policial, un caso urbanístico o más bien un tema de ornato público. De vez se en cuando se arman operativos de 'limpieza', detienen a decenas y tal vez centenares de individuos, para dar la idea de que las instituciones trabajan y se preocupan y luego todo vuelve a la 'normalidad'.