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Bajo el Penoco
Editorial
Corrupción: la guerra perdida
Miércoles,  11 de Octubre, 2017

Todos los días un escándalo de corrupción: millones de dólares en daños al estado, detenidos, fiscales, investigación, comisiones, audiencias ¿culpables? Nadie sabe, pues si bien las autoridades parecen cumplir con identificar algunos casos, la impunidad parece un elemento que sigue vigente en nuestro sistema político, lo que hace pensar en un show mediático en el que los protagonistas son actores secundarios.

Esta no es una percepción aislada, pues de acuerdo a una reciente encuesta publicada por Transparencia Internacional (TI), el organismo más autorizado en el tema, el 59 por ciento de los bolivianos considera que la corrupción se ha incrementado en Bolivia. Esto nos lleva a una segunda conclusión, que los hechos que llegan a conocerse como el desfalco al Banco Unión o el robo en la telefónica Entel, por citar los más recientes, son producto del desborde de un fenómeno de grandes proporciones que ha causado una fuerte erosión política al “proceso de cambio”.

Por eso mismo es falso argumentar que la ola de denuncias y detenciones que surgen por iniciativa del propio Gobierno sean el resultado de una adecuada política de lucha contra la corrupción, pues todos esos hechos nos muestran apenas la punta del iceberg y lamentablemente no existen las garantías de que se detenga el saqueo que se está observando, sino todo lo contrario.

La corrupción es en realidad, una de las principales deudas de la democracia boliviana, no solo porque ocupamos los puestos más deshonrosos del continente en esta materia, sino porque no existen avances en materia de transparencia, uno de los pilares básicos del sistema, que permite a los ciudadanos estar al tanto del manejo de los asuntos públicos y obliga a los gobernantes a rendir cuentas de manera permanente y sistemática sobre sus actos, los contratos que firman, las adquisiciones que ordenan y los programas a su cargo.

Y cuando hablamos de que las “ollas destapadas” son las más pequeñas e insignificantes, nos referimos a los cientos de obras, proyectos y gastos que hace diariamente el Estado, algunos multimillonarios, y que son ejecutados sin el apego a ninguna de las normas de control, sin licitación, sin la evaluación de propuestas y nada que se le parezca. Todo se resuelve por decreto y muchas veces al fragor del capricho y del cálculo electoral, lo que da como resultado el dispendio de grandes sumas de dinero que terminan en saco roto, elefantes fantasmas, sobreprecios y obras inconclusas.

Lamentablemente todo esto no cuenta como corrupción, cuando es la peor de todas, la más costosa y dañina y seguramente la que nunca tendrá culpables, pues siempre estarán las “buenas intenciones” como un gran escudo de impunidad. Mientras la democracia no logre construir las bases institucionales que aseguren mecanismos de transparencia, los medios seguirán bombardeándonos con esa danza de millones que nos roban todos los días.

La corrupción es una de las principales deudas de la democracia boliviana, no solo porque ocupamos los puestos más deshonrosos del continente en esta materia, sino porque no existen avances en materia de transparencia, uno de los pilares básicos del sistema.

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