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Bajo el Penoco
El Punto
El miedo es un pecado
Lunes,  16  de Enero, 2017

A  partir de hoy inicia mi colaboración con el diario El Día. En mi  columna “El Punto” escribiré sobre política y economía europea, donde  vivo, pero también sobre nuestro país que, a pesar del Océano  Atlántico que me separa, estoy siempre mirando al sur. El miedo es un pecado lo decía con frecuencia Oriana Fallaci, una  periodista que amaré y admiraré por siempre. Leí su último libro-testamento antes que saliera en librería. A dieciséis años y medio supo lo que era el miedo cuando investigaba, entre literatos y críticos de izquierda y derecha, sobre el libro  Diccionario del miedo de Venturoli y Zangrandi. Era el año de 1951 y el viejo continente y Asia se asomaban tímidamente a una era de paz y  libertad, después de vivir el más grande miedo originado por el  nazifascismo y los comunistas de Stalin y Mao Tse Tung.

Luego lo viviría en carne propia en su Florencia natal cuando su   padre, hecho prisionero por los fascistas, reía para no gritar de dolor cuando era torturado. Hoy, recordando el horrendo atentado al periódico satírico Charlie Hebdo, Estambul, el 11/S y los otros que siguieron y continuarán aún,   el espectro del miedo se asoma de nuevo, como un jinete apocalíptico,  por Europa y gran parte del planeta.  Es un miedo que parecería estar en permanente metamorfosis. Del miedo  a la insensatez de ideologías totalitarias a la soledad y neurosis en  la era digital, de la tecnología o la sociedad líquida que ha   provocado la globalización, diría Zygmunt Bauman. Oriana Fallaci fue una gran periodista y escritora, testigo de la crueldad e imbecilidad humana. Desde la guerra en Vietnam a México. De   carneficinas o eccidios, entendía muy bien. Justamente, me viene a la memoria los hechos de México donde Oriana Fallaci estaba de enviada especial para escribir sobre los juegos olímpicos. El eccidio de Plaza Tlatelolco, en tiempos de paz, fue uno de los más infames, cínicos y bien organizados por un gobierno elegido   democráticamente.

Oriana Fallaci fue una de las pocas periodistas que informaron de esa masacre. Los otros colegas, alojados en el Hotel Reina Isabel, se quedaron en sus habitaciones haciendo oídos sordos a su pedido. Oriana Fallaci pagó un precio muy caro por informar al mundo. Soldados del Batallón Olimpia la tomarían por los cabellos empujándola contra   la pared.

La pegaron y dispararon, hiriéndola detrás de la rodilla derecha y en la espalda, a un milímetro de la médula espinal. Su   cuerpo fue trascinado por las gradas, como un costal de papas. La dieron por muerta. Posteriormente, periódicos siervos del gobierno se   ensañaron acusándola de agitadora comunista y no periodista. En 1998 escribió una carta a Ricardo Cantú Garza, presidente de la comisión especial de investigación sobre los hechos en Ciudad de   México del 1968, aplaudiendo -con dudas- sobre los resultados, de dar a conocer a responsables y vendidos que intentaron minimizarla. “Me   gusta ilusionarme que la Verdad termina triunfando antes o después”.