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Bajo el Penoco
Mirando de abajo
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Martes,  27  de Diciembre, 2016

De los asesinos, recordando un texto de mi amigo Pablo Cerezal; de los déspotas, si quiero dar tinte más que político, indignado ante el hambre de eternidad de los jerarcas, sean Trump, Morales, Putin, Castro. No puedo pensar en el martirio que significaría ser presidente una vez; Dos, tres, cuatro veces... tiene que ser enfermedad peor que el cáncer, muestra de lo poco que anida dentro del personaje que se empeña en lograrlo, de lo triste de aquella orfandad infinita que los obliga a llenarse de todo, apoderarse de todo, escucharse y amarse sin condición.

O los escritores en busca de fama, olfateándose como perros enroscados el propio culo. Miro, ni siquiera observo, la peregrinación sin pausa de festival en festival de los literatos. Creo, no lo sé en realidad, que debe ser muy difícil vivir con cierta decencia de lo que uno escribe. Entonces, si dinero no hay, qué otra cosa es esta caminata obsesiva sino la búsqueda de reconocimiento. Me regocijo en Cioran que era un grande detrás de una modesta puerta en un modesto apartamento de cierta ciudad gloriosa. Cuestión de gustos. Qué no daría por escribir bajo una parra, acompañado de cerveza helada, sentado al atardecer contemplando el desgaste de los adobes. Vengo tal vez de otra época, de síntesis ya perdida de razas, de geografías entre lo rural y lo urbano. No la llamemos nostalgia, porque no es. Filosofía de vida, tal vez. Sin embargo no contravengo lo que me toca vivir. Me sumo al entorno, ni le propongo conflicto ni lo arrebato. Mimetizarse en el conjunto de circunstancias y tiempos de los objetos alrededor.

Siguiendo, antes de saltar porque el teléfono interrumpió el flujo normal del asco, debo decir que a algunos les es leve el plumaje de pavo real que les crece como florero desde el lomo. Prefiero preocuparme, divertirme, solazarme, con el color de los arándanos, el aroma del molle y el del fricasé que cuece lento en olla gastada. Leer mucho, todo el día, a amigos y enemigos por igual, soñando con una cabaña perdida en la serranía de Ayopaya, mirando el camino donde polvo significa que alguien viene y hay que calentar el horno. Simple, tan simple como atisbar por la ventana la pared de enfrente, en apariencia tan intrascendente, saborear un ron, escuchar una zamba que habla de Simoca, de caña y Tucumán, oír a los niños corriendo. ¿Fama? La fama no tiene solitudes deliciosas. El silencio sí.

Lunes. El sonido de la máquina de lavar dice que pantalones y camisas de trabajo pierden el sudor de sus entrañas. En el estómago se asienta una sopa toscana de chorizo y kale. Si me dijeran que el futuro está en ser presidente, ministro, director, maestro de ceremonias, abogado o cura, les agradecería con un no.

Nadie me quita esta paz que de tan sencilla cuesta llamarla felicidad y que sin embargo eso es; paz con uno mismo, consciente de la miseria y el logro por igual, sin mortificación. Ni para mártir ni para mesías, solo para aprender mientras los años se acumulan que la fórmula vive al alcance de la mano. Claro, y viene con las horas, que en los recodos de un no siempre apacible trajinar se acuña dolor, esconde desgracia. Incluso así, con la certeza de esa muerte que nunca es prematura y debe ser bienvenida como un rioja, o, mejor, como un pesado borgoña que barre la ansiedad, un chocolate derretido con la lengua. Instantes. Ellos cuentan. Del matrimoniarse suyo arriba la calma.

Los generales Villa y Zapata observan apoyados en libros diversos e idiomas muchos. Uno trae un pistolón y el otro carabina. Ligia desde una foto en Puebla se recorta contra piedras coloniales. Me espera un filme austriaco. La tarde anda en la forma en que se debe andar, sin aspaviento. Quiero esa tranquilidad única, la del inmóvil pastel negro con rojas cerezas encima.

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Claudio-Ferrufino-
Claudio Ferrufino
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