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Editorial
Periodismo versus propaganda
Miércoles,  5 de Octubre, 2016

La propaganda da buenos resultados cuando dice la verdad o al menos cuando tiene algún acercamiento con la realidad. En el peor de los casos, funciona cuando no existe la manera de tumbar la versión que está propalando. 

Durante los últimos diez años, el periodismo boliviano dijo muchas verdades acerca del rumbo del país e incluso tuvo la habilidad de hacer predicciones sobre el futuro que nos esperaba, tarea que no fue nada difícil tomando en cuenta la calidad de gestión que se estuvo ejecutando y que se puede resumir en una sola palabra: derroche.

Además de que el grueso de la población no se informa, no lee las columnas de opinión, no entiende las estadísticas y tampoco los informes sobre la marcha de la economía y la gestión pública, el periodismo no tenía cómo contrarrestar la contundente realidad de los cheques venezolanos, los millonadas del Plan Evo Cumple, las obras, inauguraciones, bonos, megaconstrucciones, canchas de fútbol, coliseos, camionetas y tanta cosa en la que se ha gastado más de 150 mil millones de dólares, plata que nunca tuvimos en la historia y que seguramente no vamos a tener en mucho tiempo.

Mientras eso ocurría el periodismo no era una amenaza para la propaganda que mostraba a un presidente mañana, tarde y noche, en un lado y otro, bajando a cada momento de su helicóptero, hablando del cambio contante y sonante, sin importar el futuro, pues nadie esperaba tampoco que la bonanza se acabe de un momento a otro y sin anestesia.

La prensa fue una amenaza hasta el 2008 y poco más, cuando había en el país una opción política muy fuerte que hacía tambalear a la hegemonía. Fueron los años duros en los que se golpeaba a los periodistas en la calle, se los enjuiciaba y se los sacaba de circulación. Pero todo volvió a la normalidad cuando se impuso la voz única encargada de relatar las 24 horas del día la danza de dólares que vivía el país.

La situación se vuelve a poner tensa para el escaso periodismo independiente que queda, porque aunque sea ínfimo el espacio que dispone en el espectro público, es capaz de ganarle en credibilidad a la propaganda, que de a poco va perdiendo la conexión con los hechos. La plata escasea, aparecen los problemas, nadie cree en el blindaje ni en las cifras que se propalan en los medios oficialistas y el discurso del cambio va quedando cada vez más hueco, porque no tiene el asidero metálico que tenía en el pasado. Por eso es que el vicepresidente habla de cambiar de estrategia, de poner las ideas por encima de las obras, olvidando que la retórica revolucionaria, el capitalismo andino, el comunitarismo, la ecología, la inclusión y el indigenismo hace mucho que pasaron al olvido, justamente porque priorizaron el vil metal. Todo quedó sepultado en aquella frase de un ministro: “con la dignidad no se come”.

En estas circunstancias la idea parece ser liquidar a los periodistas contestatarios y especialmente matarles su credibilidad. Pero la lucha de la propaganda no es contra la prensa, sino contra la realidad que golpea y muy duro, sin necesidad de ningún tipo de mensajero.

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