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Editorial
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El milagro brasileño
Miércoles,  31 de Agosto, 2016

Hace diez años se hablaba del “Milagro Brasileño”, cuando el expresidente Lula da Silva gozaba ampliamente del país que le había dejado su antecesor, Fernando Henrique Cardoso, un liberal que ordenó la economía y que le dio un horizonte de prosperidad. El clásico movimiento pendular de la política latinoamericana permitió que el populismo alcanzara el poder y que coincidiera nada menos que con el periodo más auspicioso que haya tenido el continente en materia económica, gracias a la alta demanda de materias primas generada por China y las naciones emergentes.

Los izquierdistas y populistas que asumieron la conducción en buena parte de la región optaron por atribuirse todos los méritos, mientras que desde afuera, el simplismo de la prensa y los organismos internacionales hablaban de un milagro, de la gran potencia surgida en el hemisferio sur, a la que comparaban con Australia, con Corea y Japón. Durante una década Lula no hizo más que derrochar el legado de la democracia; abrir el país a la corrupción y el abuso de poder y de paso, destruir una economía que estaba dando grandes pasos en la industrialización y la integración con el mundo, pero que fue conducida hacia la denominada “reprimarización” y al aislamiento.

Hoy en Brasil se habla de otro milagro, el que podría salvar a la presidente Dilma Rousseff, quien estará sentada en el banquillo de los acusados del Senado, donde dan por descontada su destitución y la confirmación en el mando de Michel Temer, quien ejerce el poder desde mayo pasado y cuya permanencia en el Palacio de Gobierno es incierta, pues depende de una nueva convocatoria a elecciones. En teoría, por su calidad de sucesor constitucional, al mandatario le quedarían más de dos años, posibilidad que resultaría complicada por el riesgo de desencadenar malestar social e incertidumbre que se traduciría en el recrudecimiento de la crisis económica.

Para el Partido de los Trabajadores (PT), que interrumpe bruscamente trece años de conducción, lo ideal sería una convocatoria inmediata a comicios, tal como lo sugirió ayer Dilma Rousseff. El candidato ideal para enfrentar esta tempestad política sería el mismísimo Lula da Silva, con buenas posibilidades de ganar, siempre y cuando el tiempo no le gane y especialmente el cerco judicial que lo ha puesto al borde de la cárcel y el desprestigio. En este caso también, solo un milagro puede salvarlo y con él a cientos de dirigentes del PT que están implicados en graves escándalos de corrupción que los opositores utilizarán a partir de hoy para sepultar a la sigla que ha gobernado desde 2003.

Con la caída de Rousseff, sin duda alguna, se acelerará el proceso de debilitamiento del populismo en la región, que tiene a Venezuela, Nicaragua y Bolivia como los principales exponentes, aunque en una situación muy distinta a la que se encontraba cuando Lula inflaba el pecho con la idea del “milagro”. Brasil ha sido clave para el surgimiento y consolidación de los gobiernos que abrazaron la causa del Socialismo del Siglo XXI y, por supuesto, también será fuerte el remezón que causará en el vecindario este vendaval que empieza con el fin del lulismo.

Con la caída de Rousseff se acelerará el proceso de debilitamiento del populismo en la región, que tiene a Venezuela, Nicaragua y Bolivia como los principales exponentes, aunque en una situación muy distinta a la que se encontraba cuando Lula inflaba el pecho con la idea del 'milagro'.

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