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OPINION
Tribuna
Dime cómo vives y te diré qué crees
Domingo,  16 de Septiembre, 2012

El evangelio de este domingo, Marcos 8,27-35, pudiéramos considerarlo como el centro de las enseñanzas que él nos relata. Es en Cesarea  de Felipe, donde Jesús hace una encuesta o sondeo sobre el pensar de la gente respecto a su persona. Fue una manera de entrar en el corazón de los discípulos, una interpelación directa para que reflexionaran sobre el seguimiento de Él.

Esta pregunta de Jesús estaba en varios capítulos anteriores: “¿Quién es este? ¿Quién es este a quien los vientos y el mar le obedecen? (Mt 8,27). ¿Quién es este para perdonar los pecados?” (Mc 2,7). Preguntas que hoy se hacen no creyentes y hasta muchos cristianos.

Hay muchas circunstancias, consciente o inconscientemente en que debiéramos hacernos la pregunta que Cristo hizo a sus discípulos: “ustedes ¿quién dicen que soy yo?” (Mc 8,29). Es una pregunta clave, de decisión. ¿Quién es Jesús para mí, para nosotros? La fe auténtica exige día a día una opción personal.

Hoy podemos ver en rededor nuestro, en el mundo entero, que el parecer sobre Jesús es como un abanico de posturas y interpretaciones de la persona de él. Junto a los que se confiesan agnósticos o no, están los que lo ignoran, están los que lo ven como un gran hombre –Ghandi lo consideraba así–, están los que juegan a dos religiones. En una palabra no se han decidido por Cristo. Para los creyentes auténticos, Cristo es muchísimo más que un profeta, un buen hombre... Es lo que dijo Pedro lleno de la iluminación divina: “Tu eres el Hijo de Dios, el Mesías, el Esperado” (Mt 16,16). Es una respuesta espontánea y decidida, pero se debe al Padre que se lo ha revelado.

Pedro se convirtió en portador de los demás discípulos. Pedro a pesar de esa maravillosa respuesta debe ir madurando en el seguimiento de Jesús. El mismo Pedro se convertirá en Satanás poco después cuando Jesús le anuncie que va ser maltratado a manos de los ancianos y de las autoridades. Es más, le negará en la “hora” de Jesús, en la pasión y muerte. Se necesitará para los discípulos como para Pedro que llegue la Resurrección y la venida del Santo Espíritu para entender el lenguaje de la cruz.

A Pedro le gustó mucho lo que pasó en el monte, la gloria de la Transfiguración, hasta el punto de pedir al Maestro de hacer tres tiendas. Pero no le gustaba el asumir la cruz. Jesús nos dice: “el que quiera venir conmigo, que se niegue a sí mismo, cargue con su cruz y me siga” (Mc 8,34). Además, añade: “el que quiera salvar su vida, la perderá y el que pierda su vida por mí y por el evangelio se salvará” (Mc 8,35).

Más que rezar o saber mucha cosas, es la opción radical por Cristo lo que se nos pide cada día. Cristo nos dice claramente que nos espera un estilo de vida difícil, renuncias, sacrificios. Es seguirle existencialmente. Jesús lo advierte, los caminos del discípulo no pueden ser distintos de los del Maestro. Cristo nos pide negarnos a nosotros mismos en su camino. Él nos dice: “yo soy el camino” (Jn 14,6). La vida cristiana es un camino.

La carta de Santiago que se escucha en las eucaristías de este domingo establece una relación entre fe y vida. Es muy expresivo el ejemplo que pone, de lo vacías que pueden ser nuestras palabras y la fe sino van acompañadas de obras. Dime cómo vives y te diré qué crees. Viendo como empleamos el tiempo, como manejamos el dinero, como buscamos la ocasión para orar, cómo leemos la Biblia, cómo perdonamos a los que nos ofenden, cómo nos preocupamos del prójimo... así se a de conocer quién es Cristo, cuál es nuestra fe en él.

Los mayores en edad recordamos la historia de unos jóvenes uruguayos que sobrevivieron al accidente en el que un avión se estrelló en las montañas andinas en octubre de 1972. De los restos de la nave hicieron una especie de refugio. Pasados unos sesenta días, dos de ellos decidieron correr el riesgo de intentar salir de allí, no esperar el rescate y buscar el contacto con alguien. Fue un riesgo pero gracias a la decisión salvaron sus vidas.

La respuesta de Jesús también es un riesgo. Lo peor que puede sucedernos es no animarnos a correr el riesgo. Rehuir la cruz con sus exigencias es un camino que nos lleva al fracaso: “El que quiera salvar su vida la perderá y el que la pierda por mí la ganará” (Lc 9,24).

Todo cristiano auténtico está ante una alternativa en su vida. La cruz del seguimiento fiel a Cristo es pesada. El cristiano tendrá que oponerse muchas veces a la corriente del pensamiento mundano.

Nuestra fe en Cristo y nuestra pertenencia a la Iglesia se pueden quedar en puras palabras si no le sigue una vida coherente. Fe y vida deben ir unidas. Hablamos mucho de “amor”, de “comunidad”, de “derechos humanos”, de “democracia”, si en la práctica no nos portamos como hermanos, son vanas nuestras palabras. Hay que correr el riesgo de ser coherentes con nuestra fe, con las enseñanzas de Cristo, porque si no nos arriesgamos puede ser arriesgado. Jesús nos dice: “No el que dice: Señor, Señor, entrará en el Reino de los cielos, sino el que cumple la voluntad de mi Padre” (Mt 7,21).
 

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Jesus-Perez-
Jesus Perez
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