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OPINION
Editorial
La política en tiempos de peste
Jueves,  2 de Abril, 2020
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El presidente argentino, Alberto Fernández, se ha hecho llamar “miserable” por un pequeño empresario de la provincia de Córdoba, molesto porque el mandatario llamó de la misma forma a los dueños de compañías que han estado despidiendo personal, a raíz de la crisis desatada por la pandemia del Coronavirus.

Fernández no se merece otro calificativo, no sólo porque ha estado manejando muy mal esta emergencia, sino porque pertenece a una casta de políticos que vienen conduciendo el país desde los años 40 del siglo pasado, basados en una ecuación muy simple: esquilmar al sector privado que representa el 40 por ciento de la población, para mantener al 60 por ciento restante, que no trabaja, que recibe toda clase de subsidios, que se abarrota en el elefantiásico aparato público o que se dedica al sindicalismo, la forma más efectiva de volverse millonario en Argentina.

En condiciones “normales”, Argentina posee una de las cargas impositivas más fuertes del mundo, similares a las de Europa, pero con un Estado típicamente tercermundista, con servicios deficientes, altísima corrupción y un peso regulativo que impide a las empresas desarrollarse en un ámbito de libertad y competitividad. Naturalmente, en época de Coronavirus, el peronismo les pide a los empresarios que hagan más todavía por el país y encima de eso, lanza sus dardos socialistas y populistas, buscando enfrentar a ricos y pobres, a trabajadores y patrones, haciendo creer que esta situación empeora porculpa de la avaricia de algunos.

Es obvio que Fernández está tratando de ganar en río revuelto y hacer política en medio de la desgracia. El problema es que Argentina ya estaba en grandes tribulaciones antes de la pandemia. Se encontraba a punto de ingresar en cese de pagos por culpa de la desastrosa administración Kirchnerista de la cual es socio y ahora tiene la gran oportunidad de culpar de todo al virus y su ineficiencia actual se la puede atribuir a los empresarios.

Lo que hace Fernández es demostrar nuevamente que la política suele ser una peste y que esta epidemia puede volverlos más apestosos todavía. En realidad, no es el único que viene comportándose de esta manera. El Coronavirus está contribuyendo al resurgimiento de un populismo muy peligroso, altamente dañino para la salud y destructivo con la economía.

 El mayor error que están cometiendo estos dirigentes es lanzar la encrucijada, “la economía o la vida”, y mientras unos tratan de salvar a toda costa los negocios y se rehúsan a afectar la normalidad de las actividades, otros creen que matar a las empresas es poca cosa y que la vida puede continuar sin producción, sin empleo o vaya uno a saber de dónde creen esos individuos que sale el dinero que ellos mismos usan para repartir bonos y subsidios.

Con esta crisis, los políticos tienen la chance de volverse verdaderos líderes, cuya responsabilidad es velar por el conjunto de la sociedad, buscar soluciones equilibradas que protejan la vida, sin olvidar que mientras la humanidad no vuelva a la era de las cavernas, como lo pronosticó algunas vez el sabio Albert Einsten, hay que proteger también los medios de producción que son nuestra fuente de sustento.

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