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OPINION
Tribuna
Cosmocracia
Miércoles,  17 de Octubre, 2018

Si de formas de gobierno se trata, ante la pregunta ¿cuál es la mejor y más deseada? no existe duda en cuanto a la respuesta obtenida, lográndose un rotundo sí a la democracia. De este modo termina siendo legitimada por la mayoría de las naciones y ciudadanos del mundo como un mecanismo ideal para tomar decisiones; sin embargo, cabe preguntarnos si la efectividad de la misma se encuentra implícita en su reconocimiento constitucional como forma de gobierno.

Hay un detalle por demás excepcional relativo a la democracia, y este se refiere a su teorización: la primera ola democratizadora referida al nacimiento de la categoría: la democracia liberal, como escenario de construcción de un sistema de protección a las libertades individuales, a la propiedad privada y al sistema capitalista por defecto; no hizo sino conquistar un anhelo propio del surgimiento del Estado: dejar de ser siervos y convertirnos en ciudadanos.

En una segunda ola teórica tenemos a la democracia participativa, como un sistema catalizador de las voluntades colectivas, de la toma de decisiones a partir de la colectividad y sobre todo tendiente a un reajuste de protección estatal en procura de beneficios sociales y la llamada justicia social. Por último, se plantea la democracia pluralista, muchas veces confundida con la poliarquía del destacado politólogo estadounidense Robert Dahl, donde la fuerza del concepto radicaba en un conjunto de requisitos inexcusables (elecciones libres, periódicas y competitivas) y separaba el sistema político de los éxitos que éste pudiera alcanzar en la provisión de niveles de bienestar material para sus ciudadanos.

Desde una perspectiva maquiavélica la realidad política de la época de Maquiavelo procuraba ir tras la verdad efectiva de las cosas antes que tras su apariencia; mirando con desconfianza a los que concebían repúblicas y principados que jamás vieron, y que solo existían en su fantasía acalorada (El Príncipe, XV). Del mismo modo en nuestro contexto nacional, cuanto fariseo hay que rezonga valores y principios democráticos de otras realidades, de otras latitudes, pero sobre todo sin un contenido práctico, con el valor del compromiso y la responsabilidad histórica de saber dónde estamos y hacia dónde queremos llegar. Y no me refiero a una llana división de izquierdas o derechas, de patriotas o vendepatrias, sino que más allá de todo maniqueísmo pueril, la democracia es envilecida por falta de realismo, de construcción de memoria histórica que nos haga corresponsables de seguir imaginando sin construir nada desde nuestra etiquetada ciudadanía. No se valora lo que no se conoce, válida frase que atañe a gran parte de nuestros conciudadanos.

En este octubre, la democracia boliviana cumple 36 años y la adultez de este sistema de gobierno en nuestro país, no es precisamente el primer calificativo que se nos viene a la cabeza, puesto que los avatares propios de nuestro sistema de gobierno no son más que el reflejo de un vozarrón constitucional sin norte: ahora no solamente es una democracia representativa, sino también participativa y comunitaria conforme al artículo 11 de nuestra norma fundamental; sin embargo, con una escasa materialidad, asimilación y comprensión cabal de las implicancias de ello. La ciudadanía boliviana no reconoce su condición de ciudadanía, no reclama con consciencia derechos y mucho menos cumple deberes; en términos coloquiales diríamos no aterriza el avión de las fantasías discursivas en el aeropuerto de la razón y el discernimiento crítico.

No se confunda, la persona que sigue estas líneas, en creer en manifestaciones interesadas y coyunturales que enarbolan banderas signadas en plataformas y movimientos ciudadanos, que persiguen sobre todo visibilidad y protagonismo, pero carecen de contenido, de propuesta fáctica. Para ellos ya hay un concepto trabajado: plataformitis, la enfermedad de la sobre-representación, donde personajes muchas veces histriónicos, hablan a nombre del polisémico concepto pueblo. Lo que hace falta no es una enfermedad nacional más; en sí se necesita un gobierno desde y para nosotros, sobre todo racional, mientras no sea así serán las bajas pasiones y los oscuros intereses que procuraran encontrar un destino de poder para quienes hacen politiquería y no política.

Ensayando un epíteto adecuado a la inmadura democracia que nos toca vivir, proponemos la categoría cosmocracia, noción que pretende abarcar esa ensimismada sarta de palabras que dicen sin decir nada y buscan la reacción mas no la reflexión. Los protagonistas de uno u otro frente seguirán creyendo que son la solución, o peor aún, que tienen las respuestas a problemas no comprendidos, no obstante, los años se volverán circulares si no reaccionamos coherentemente ante el desafío de construir ciudadanía racional, antes que solamente militante.

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Delmar--Apaza-Lopez-
Delmar Apaza López
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