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OPINION
Mirando de abajo
Ecce Evo
Martes,  11 de Septiembre, 2018

No fue Pilatos el que presentó al Bienamado al público en el momento de su coronación. Dicen que intelectuales de nota “anotaron” cambios climáticos que narraban una epopeya. Por ahí, ni vale la pena recordar, también Eduardo Galeano sucumbió al encanto del padre de la Madre Tierra y se desmayó.

Lenguas hablan, lenguas comentan, desprestigian, insultan, difaman y lamen botas. Y a Evo Morales, el Bienamado (de la novela brasilera), le dejaron los zapatos brillando como si los hubiesen encerado. Le lamen las ¿?, quería decir abarcas pero no he visto sus pies o lo que calzan. Son las botas, que militarista es, del arma de la serpentina y trago, elementos vitales de nuestras fuerzas armadas que hasta hoy no ganaron nada: una tutuma allí, una camioneta allá, botín de guerra de pequeña intensidad, de preste y ceremonia.

He aquí Evo, tan diferente al Cristo nazareno. Aunque el afable Linera, tan bonachón como la Gioconda, los comparó a pesar de la diferencia coronaria (de la corona y también del corazón). Bueno, entonces Evo es el Hombre o el Jesús. Habrá que decidir para no incurrir en líos con el Vaticano donde también hay populismo.

Si parecen manzanas, de esas diminutas y multitudinarias que pueblan las calles de los Estados Unidos y cuyos frutos, de tantos, ya ni los pájaros comen. Estos populistas cuelgan como ellas y muchísimos terminan pudriéndose a la intemperie. Algunos, sin embargo, y el ecce homo por excelencia entre ellos, parecen dorados en el jardín de las Hespérides.

Quieren al Evo para la eternidad. Lo mencionan las tribus de Norteamérica y los mecánicos de Michoacán. Que es un genio del marketing no cabe duda, y que hubiese llegado lejos en la empresa privada, tampoco, pero prefirió la divinidad, olvidando que los dioses y momias de sus ancestros fueron pisoteados por muleros extremeños en el Coricancha del Cusco, que nada garantiza impunidad, ni siquiera ser el hijo de Dios, quien, como nadie, y hablo del galileo, oía nítido el clavetear de sus pies y manos en el Gólgota de los maderos cruzados.

Tanto o más vanidoso que Melania Trump, la modelo tártara que ejerce como presidente alterno de los EUA, el señor Morales tiene un espejo en casa importado directo desde los estudios Disney, aquel donde la reina mala averigua si alguien sobre la tierra se compara a su belleza. Si lo hay, manda de inmediato a sus lebreles a cazarlo y quedar así consagrado como único. Hasta, diré siendo optimista, tendrá su cuerpo embalsamado un lugar preferencial en el Museo del Hombre, en París, o, ya que ocurrió la tragedia del Museo Nacional de Río de Janeiro, lo pondrán en reemplazo de Luzia, la mujer más antigua de las Américas y recién desaparecida entre el fuego. Para el caso tal vez importar una decorosa pollera multicolor, de preferencia larga según la moda aymara, y ponerlo en su sitial ambidextro dentro del Satiricón socialista del siglo XXI.

He aquí el Evo. Él termina esa tonta discusión que atribuyen al Almirante que nos descubrió, entre el huevo y la gallina. Huevo, con mayúscula, hay uno solo, y habita en el extremo territorial más alto del mundo; no en el Tibet donde están sus antecesores, sino en La Paz, urbe nefasta y luminosa al mismo tiempo, claro reflejo de la simbiosis contradictoria de esta terrible e interesante raza a la que nos toca pertenecer.

No hay epílogo para el Ecce Evo. No en ciernes. Evo corazón, le gritaría la hinchada futbolera argentina, país donde goza de inmenso prestigio. Ya es el Cristo; ahora le toca ser Pilatos, y después el Che, luego Lola Montes y terminando en Gagarin. Ubicuo, el hombre. Versátil.

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Claudio-Ferrufino-
Claudio Ferrufino
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