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OPINION
Bisturí
'Boriviano perea…'
Jueves,  31 de Agosto, 2017

Allá lejos en el tiempo, cuando hacía mis primeras atenciones de pacientes en mi consultorio privado, después de unos dos años de haberlo abierto, apareció un señor menudito y sumamente delgado, muy joven. Yo no vi la sala de espera, así que lo conocí cuando la enfermera vociferó con su voz sin color ni emoción “¡el siguiente!”. Y él entró muy inseguro (se notaba) agarrando su sombrero de fieltro, muy al estilo de los entonces muy conocidos “Borsalino”. Lo invité a sentarse y a contarme sus males. No me olvido que fue él quien comenzó la conversación, antes que yo pregunte siquiera los síntomas que tenía. Balbuceando el poco castellano que había aprendido, se daba modos para hacerse entender “duele cabeza”, y “estar muy suerto de estómago” “dorer también bariga y no carmar ni mate de mujer”. Las “generales de ley” que escribía la enfermera en el encabezamiento de la historia clínica, me informaron que este señor era japonés, nacido en Shinjuku, una ciudad japonesa.

Pasó la consulta y, con el tiempo, trajo también a su esposa, señal que las medicinas que le administré, surtieron el efecto esperado. Cambié de barrio y de consultorio, pero este señor seguía viniendo. Él pasó, o lo pasaron, una disentería que por poco no lo lleva al otro lado, Salmonelosis, ascaridiasis, hepatitis... en fin (su sistema digestivo siempre fue el primer blanco de virus, bacterias y parásitos, tal vez porque los tres primeros años de su estadía en nuestro país, comía siempre fuera. Él y su esposa tenían que trabajar para vivir.

A medida que pasaba el tiempo, crecía mi prestigio (modestia aparte) y crecía mi consultorio y este crecimiento implicaba también cambios de dirección. Este señor, que ya se hacía llamar Juan (no voy a mencionar su verdadero nombre ni apellido) siempre se daba modos para averiguar mis nuevas direcciones y se convirtió, él (y su familia), en paciente fiel de mi consulta. Tanta confianza llegamos a tener entre nosotros, que terminamos siendo más amigos que médico y paciente. Cuando él o algún miembro de su familia se sentía muy mal, solía llamarme para una consulta a domicilio. Nunca me hice rogar por supuesto, a pesar de que, en esas circunstancias, no le cobraba.

No puedo olvidarme de una consulta en particular, un día que vino al consultorio y, al entrar, noté que Juan “traía” el ojo morado y casi cerrado. “¡Qué le pasó don Juan!” exclamé en busca de una respuesta. Y él: “¡boriviano perea, ojo primero busca Dr.!” Obviamente tuve que hacer mucho esfuerzo para no reír. Resulta que se peleó con un “boriviano” de malas pulgas que terminó verdeándole el ojo. Le conté la anécdota a mi esposa y, muchos años después, a mis hijos. Esa consulta en particular quedó grabada en mi memoria y probablemente me acompañe hasta el día en que cambie de dimensión.

Él envejeció conmigo. Tuvo dos lindos hijos, muy inteligentes (ahora están en el Japón), su esposa falleció en un accidente de carretera hará como unos diez años y se quedó solo puesto que sus hijos ya se habían ido a su Madre Patria. No se volvió a casar, de modo que vivió célibe los años que le quedaron sobrando.

No hace mucho, serán como seis meses atrás, sus hijos se lo llevaron al Japón. Como gran amigo que fue, me llegó al alma y, claro, lo extrañé. Mis hijos preguntaban “...y papi, que es de tu paciente, ese señor japonés que se hizo pegar en el ojo” o “qué es del boriviano perea...” Su hijo mayor tuvo la gentileza de escribirme hace apenas una semana y hacerme saber que su padre, mi amigo paciente, hijo del Sol Naciente, había fallecido mencionándome...

[1] Franklin E. Alcaraz Del C. es médico, escritor e investigador

Acerca del autor:
Franklin-E.-Alcaraz-Del-C.-
Franklin E. Alcaraz Del C.
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