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OPINION
El Punto
Era un día de primavera
Lunes,  20 de Marzo, 2017

Ettore Scola, en la película Un día Particular, muestra a una Roma humillada por el fascismo, que se prepara a recibir a Adolf Hitler en un encuentro histórico de masa. Era el 6 de mayo de 1938.

Entre Mussolini y Hitler había una fatal coincidencia: eran narcisistas con poder de manipular la voluntad de las personas. Personalidades muy complejas. Al primero, le gustaban botas bellas para lucirlas en la tribuna de honor, durante las paradas, y ver desfilar a pobres soldados con botas rotas y viejos rifles.

El segundo, uno de los más detestados de la Historia, aún hoy día se lo ve como a una de las psiches más misteriosas y feroces.

Por culpa de estos dos hombres, la Roma ciudad abierta al mundo sufriría una de las atrocidades más grandes que haya vivido una urbe. Corría el año de 1944 y en Italia apenas había comenzado la primavera. La capital, entonces, era ocupada por el ejército nazi.

Sería un oscuro militar de la Gestapo, Kappler, con órdenes impartidas desde Berlín por el propio Hitler, quien pondría en acción la terrible máquina de la muerte contra 335 civiles -católicos y judíos- y militares italianos que juraron fidelidad al Rey. Era la durísima respuesta al atentado contra el Polizeiregiment Bozen, en la céntrica calle Rasella, donde murieron 33 soldados de la SS debido a la explosión de una bomba colocada en un carrito usado para recoger basura. El número de mártires italianos fue negociada entre el militar nazi y el ministro del Interior Buffalini. En principio, el dictador nazi quería sacrificar a 50 personas por cada militar.

Entre las víctimas de la rabia nazifascista -todos hombres- estaban presos políticos, detenidos por reatos comunes; otros fueron capturados por las calles sin justificativo alguno, 75 judíos que debían ser enviados a campos de concentración, gran parte de ellos eran ancianos de 74 años, 2 chicos de 15 años y un padre de familia con sus hijos.

Fueron cargados en camiones, amarrados y con las manos detrás de la espalda llevados a una vieja mina, situada a pocos pasos de las catacumbas de San Calixto, donde murieron los primeros cristianos.

La arrogancia y la brutalidad nazista tardó cuatro horas en terminar esa masacre. Colocados en rodillas, de 5 en 5, cada uno de ellos recibió un disparo en la nuca. Sus restos se encuentran en la cueva conocida como Fosas Ardeatinas, un sacrario doloroso y sensible para los romanos.

Kappler fue el primero en disparar. Un soldado se negó y otro, debido a la enorme cantidad de cadáveres, se desmayó. Para cancelar toda huella dinamitaron la cueva. Todo esto ocurrió un 24 de marzo, un día de primavera.

Cuando Hitler recibió el informe, insatisfecho por el número de víctimas, montó en cólera y junto a Himmler deciden destruir un barrio entero, el de San Lorenzo, pero sin cumplir el fatal objetivo.

Durante algunos días los romanos no supieron nada. Fue un sacerdote, intuyendo lo ocurrido, el primero en visitar el lugar. Comenzó a excavar con las manos. Después lo harían madres, esposas e hijos. La hija de uno de ellos enloqueció de dolor.

Un grafito escrito en la celda de tortura de Via Tasso, hoy Museo Histórico de la Liberación, resume toda esta barbarie cometida por hombres contra otros hombres: “Creo en Dios y en Italia, creo en la resurrección de los mártires y de los héroes, creo en el renacimiento de la patria y en la libertad del pueblo... Dios mío, Gran Padre, nosotros rezamos para que tú puedas proteger a los hebreos de la barbarie de las persecuciones”.

Acerca del autor:
Marcel-Gonzalo--Unzueta-E.-
Marcel Gonzalo Unzueta E.
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