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 21 de Julio de 2019
OPINION
Mirando de abajo
La ultraderecha con Trompeta (Trump)
Martes,  1  de Noviembre, 2016

Un desaforado seguidor de Donald Trump aullaba en un mítin del individuo este lo siguiente: imitando el grito de “U-S-A”, “U-S-A”, se desgañitaba con un “Jew-S-A”, “Jew-S-A”, tratando de decir que los Estados Unidos de ahora, no los posibles, y ansiados por muchos, con su caudillo, eran, igual a los de la Alemania de los 30, una conspiración judía.

Es solo uno de los horrendos detalles que este megalómano de escasa instrucción política trae consigo: las armas en manos del caprichoso millonario acostumbrado a seguir su parecer y a obtener lo que quiera... de cualquier modo.

Comenzó febril con el muro separador con México. De acuerdo a la tradición hitleriana, apuntó a los olvidados, fracasados, desocupados; prometió una gloria que ellos ni habían visto. Igual a los populistas latinoamericanos, achacó al Otro los males del país y juró revancha, despertando odios y reavivando ilusiones perdidas de pureza de raza y “América” para los americanos, esa sin negros ni marrones.

Olvida el señor Trump, llamado “Trompeta” entre los cubanos de Miami, cuánto esos negros y marrones han hecho por la grandeza del país. A la fuerza, a golpes, mal pagos y descastados, casi siempre. Tomó muchas muertes, la del doctor King la inmensa y la más triste, para, un poco, mitigar los efectos del racismo y la discriminación. Entonces sí se pudo llamar a EUA un gran país, con instituciones fuertes y la posibilidad colectiva de tener derechos y hacerlos respetar.

The Donald atenta contra eso. Su fantástico mundo de rubios y analfabetos tatuados no podría con el peso de manejar algo tan complejo como el hervidero multiétnico en que se ha convertido esta tierra. No, en primer lugar, porque Estados Unidos no es Bolivia, donde un tipejo peludo y descabellado (paradojas) hace y dice lo que le viene en gana. Repito, hay instituciones sólidas, separación de poderes, y el veto a que cualquier individuo, incluido el presidente, decrete sin consultar. Su peluca podrá impresionar a los necesitados de mesías, a los que creen que por arte de magia se llenarán los bolsillos. Hay que trabajar como nosotros los inmigrantes para lograrlo. La apariencia no les concede gracia, señores; compréndanlo de una vez. Fuera de eso, y muy pronto, el ídolo de barro se desarmaría ante la imposibilidad de acometer lo prometido sin convertir al país en otra bestia nazi.

Nada asegura su triunfo.

Pero nada asegura su derrota.

La presidencia de Barack Obama, fuera de sus éxitos y sus desaciertos en política interior y externa, fue un ejemplo para el mundo y un durísimo golpe al conservadurismo. Que un negro llegara a la presidencia estaba lejos incluso de la ciencia-ficción. Y sucedió, dos veces. Muchos no lo perdonan y quieren borrar la supuesta mácula entronizando al opuesto: blanco, rico, ignorante, amante de las armas de fuego y de estándares obsoletos de americanismo radical. Ese retorno al ideal supuesto bien podría significar un suicidio. Ya presidente no sé cuán posible sería para él destrozar lo conseguido a costa de tremendo sufrimiento sin desbaratar el sistema de justicia y considerarse dictador. Diría, conociendo el país, de la imposibilidad de hacerlo. Pero nunca se sabe.

El problema está que hasta perdiendo el fenómeno Trump excederá incluso a su creador. Es el retorno de la ultraderecha, del supremacismo blanco, del odio racial, de la xenofobia y la misoginia. Ha retornado y para quedarse, a la usanza de sus pares europeos que alcanzan posiciones de gobierno con el mismo discurso. Si ahora no es posible, quizá lo sea más tarde, aunque la variante conformación étnica de los Estados Unidos, con más del 50 por ciento de la población perteneciente a minorías en un par de décadas, lo haga difícil.

No es que Trump sea un mal sueño. Era previsible cuando crece una población frustrada ante las victorias del Otro en su propia casa. Para conservar los privilegios hay que trabajar duro. Algo que muchos norteamericanos olvidaron entre la gloria y el mimo.

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Claudio-Ferrufino-
Claudio Ferrufino
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