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OPINION
Tribuna
La contienda de los indeseables
Viernes,  28 de Octubre, 2016

Los comicios de noviembre en los Estados Unidos serán una contienda de indeseables. Contienden, en nombre de una “continuidad” y de un “cambio”, que espantan por igual, los últimos y más resistidos exponentes de un sistema político agotado.

Pugnan entre sí, la menos popular de un establishment fallido y resistido por el nuevo elector norteamericano, y la deforme y hostil criatura gestada por ese desencanto social con el sistema político.
Ella, burda replica de Margaret Thatcher, que la historia – para parafrasear a Karl Marx –  reeditó esta vez “en tono de comedia”.

Hillary es la incomprensible dualidad entre la acérrima feminista y la esposa permisiva de un presidente tristemente célebre por su insaciable libido; una mitómana que confunde elocuencia y persuasión con liderazgo, y que busca cobrarle a la esquiva historia la factura de su postergación personal y su obsecuencia con el marido.
Él, un populista – quizá el primero en la historia política de su país – cuyo chauvinismo patriotero y virulencia verbal se asemejan a las del ex presidente venezolano Hugo Chávez o de su cáustico par boliviano Evo Morales. Donald Trump es, para describirlo en breve y conciso, lo más alejado del arquetipo de político en los Estados Unidos.

Es el heredero de la desazón colectiva con la racionalidad política; el outsider improbable que respondió oportunista al llamado de la historia a llenar el vacío de liderazgo por la crisis del partido republicano y – en últimas – del sistema bipartidista. Con Hillary todo fue siempre con fórceps. La Clinton, la eterna desplazada de la historia, siempre a contrapié de la evolución de los acontecimientos, tuvo que resignar su primera intentona presidencial ante la incontrastable superioridad simbólica y la mística personal de Barack Obama, en las primarias de su partido una década atrás.

Tuvo que aceptar con resignación de espectador la abrumadora reelección de 2013 y da la impresión de que podría no haber llegado a ser la candidata demócrata en las próximas elecciones, sin la guerra sucia, las maniobras al interior del caucus y la polémica votación en Nueva York en las Internas Demócratas 2016. De hecho, y lo ha dicho el mismísimo Michael Moore: el candidato “natural” del partido demócrata debió ser otro outsider: Bernie Sanders.

Con sus siete y media décadas encima, su proactividad propositiva y su distancia moral de las posiciones polémicas del gobierno en economía y política exterior, Sanders ofrecía incorporar al partido demócrata al segmento de indecisos más decisivo e influyente: los millennials.

Sanders era de lejos la “cuota de conciliación” de un desgastado partido en gobierno, no sólo al interior de su estructura (tribalizada ante el ocaso del ciclo obamista), sino principalmente con el electorado norteamericano, que gracias a Sanders se percibía menos escéptico con la posibilidad de darle al partido gobernante un tercer término.

Pero la candidatura de Sanders fue “asfixiada en la cuna”. La sofocaron los intereses creados de un establishment que apuesta por la continuidad, y no por ensayar reformas que, a título de “legitimidad social”, pusieran en riesgo lo logrado y lo por lograr como grupo de poder.

La sostenibilidad de los pactos con la OTAN, Cuba e Irán, la continuidad de acuerdos comerciales con preferencias arancelarias tipo NAFTA con “gobiernos amigos”, la defensa de la errática política exterior en Medio Oriente, el Obamacare, etc. necesitaban un garante más cierto que el reformador Sanders. La interna demócrata en Nueva York condenó su candidatura y la última chance de “reparar por dentro” el sistema político.

Sin convencer ni dentro de su mismo partido, sin mística y con altos negativos, Hillary fue impuesta por el “círculo rojo” como candidata y custodia del legado de políticas implementadas en la Era Obama. Pero el “círculo rojo” omitió elementos significativos en su análisis.

Entre ellos, que las narrativas no son más construcciones que la representación política o la intermediación comunicacional puedan imponer. Las narrativas no nos preexisten más; las construimos colectivamente, “on line” y “at live”.

La narrativa del establishment dictó “Hillary” y la de los nuevos electores replicó “un independiente”, y eligió a Sanders.

El establishment impuso su candidato. Sanders no correrá, pero no hay que ser adivino para intuir que, de tener que escoger entre indeseables, los millennials votarían por otro outsider, antes de prorrogar al sistema.

[i] Maestrante en el programa de posgrado en “Comunicación Estratégica y Gobernanza” de la GWU

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Erick-Fajardo-Pozo-
Erick Fajardo Pozo
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