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OPINION
Pisando callos
La otra 'teoría de la explotación'
Miércoles,  7 de Septiembre, 2016

Tras el derribo del Muro de Berlín y el colapso de la Unión Soviética, el socialismo debió haber pasado a la historia junto con el marxismo, que es su sustento teórico. Pero eso no sucedió, y las izquierdas están vivas, avasallantes y prepotentes: por cada socialista que sale del poder, hay varios otros listos para sucederle. ¿Por qué? Sólo hay una explicación: los errores, confusiones, debilidades, incapacidades, miedos, cobardías y corrupciones de las derechas. O su inexistencia.

Toda clase de corrupciones, y las más graves son las ideológicas. Por ej.: ciertos profesores “libertarios”, como Jesús Huerta de Soto y Hans-Hermann Hoppe, estallan en una feroz diatriba contra el liberalismo clásico, la democracia, los partidos y la política. Se basan en el libro “El Estado”, de Franz Oppenheimer (1864-1943) un socialista prusiano emigrado a EE.UU., de los tantos que buscó “una síntesis” entre socialismo y liberalismo. Estaba de acuerdo con Marx en ver el Estado como un instrumento de explotación, que debe desaparecer “al final de la historia”; pero escribió que la tal explotación no es con los salarios, sino con los impuestos. “Todo impuesto es un robo”, sentenció; así como Proudhon sentenciara “toda propiedad es un robo”. Para Marx “todo patrón es un ladrón”; para Oppenheimer “todo político es un ladrón”, incluso si es liberal clásico.

Estas consignas hallan eco en muchos “libertarios” desinformados, jóvenes en su mayor parte, que al igual que los marxistas, se encandilan con las consignas, y las repiten con insistencia, sin averiguar.

Parten de la “teoría predatoria” sobre el origen del Estado, que dice: “todos los Estados, históricos y actuales, han sido fundados por bandas de ladrones”. Eso sencillamente es mentira. Pero la mentira se impone cuando hay pereza para estudiar y aprender. En Europa p. ej., los actuales Estados nacionales son sucesores de los antiguos reinos germánicos en el Oeste, y de los reinos eslavos en el Este. Y sus fundadores, príncipes y reyes de estos pueblos, que luego fueron “naciones”, no eran ladrones.

Aun cuando eran paganas, las tribus germánicas y eslavas tenían instituciones de “gobierno por consentimiento”: las asambleas de guerreros libres, que ponían límites a los excesos de sus jefes.

Luego sus leyes y costumbres primitivas se “civilizaron”, cuando estos pueblos fueron cristianizados, sea como arrianos, católicos u ortodoxos, cumpliendo del mandato dado por Jesús a sus Apóstoles, de “discipular a todas las naciones”. ¿Naciones? En Europa: godos, francos, lombardos, anglos y sajones de un lado del Rhin, y al otro lado serbios, croatas, húngaros, checos, búlgaros, polacos y rusos.

Estas naciones fueron discipuladas con la Biblia. Aprendieron que sus autoridades no son déspotas, pues hay un “pacto” o contrato social, que como a los reyes de Israel, les liga a la vez con Dios y con su pueblo. Que los parlamentos no pueden dictar leyes injustas, ni decretar impuestos abusivos; y si lo hacen, es en violación del pacto, y por tanto pueden ser destituidos, y sustituidos.

La base del liberalismo clásico es la teoría del “pacto social”, único fundamento firme para poner límites al poder; y nacida de las prácticas políticas de las naciones cristianas, aunque después fue “secularizada” en la era de la Ilustración. Fue desarrollada por autores como Juan de Mariana y John Locke, pero no es invento de algún teórico constitucional, mucho menos de Hobbes y Rousseau, que la pervirtieron en favor del totalitarismo.

Pero ahora estos “libertarios” españoles se escudan con el nombre de Juan de Mariana, de manera fraudulenta, para difundir las ideas de Oppenheimer, declarado enemigo del contractualismo.

Igualmente se escudan con el nombre de Mises, quien adversó expresamente el anarquismo, para difundir las ideas anarquistas de Rothbard, alumno de Oppenheimer. No son intelectuales, porque no se apegan a la verdad. Son intelectualmente deshonestos, y por partida doble: presentan ideas anti-liberales como si fuesen liberales, y las promueven como si fuesen ciertas, justas y verdaderas.

En su mayoría dicen no ser “de derechas ni de izquierdas”. Tal vez en eso llevan razón, porque son inconsistentes: mezclan ideas del marxismo cultural con otras de liberalismo económico, de modo incoherente, como profesores, acostumbrados a hablar ante un público estudiantil cautivo en las aulas, que no les cuestiona ni les interroga, por obvias razones.

La lucha entre izquierdas y derechas es entre utopías y realidades. Y no hay derecho moral a la neutralidad, porque las fantasías y “sueños literarios” terminan siempre en miseria, opresión y sangre, y las políticas realistas generan progreso, libertad, prosperidad, paz y bienestar. Aunque en cada campo coexisten corrientes variadas, que no deben confundirse, como estos profesores confunden.

(1) En las izquierdas hay marxistas clásicos o económicos, y marxistas culturales; pero todos están plenamente de acuerdo en los fines buscados: acabar con el capitalismo, y a la vez con el matrimonio y la familia, instituciones conexas, puesto que son “totalitarias”. Se diferencian nada más en los medios usados para estos fines: todos los socialistas usan la mentira y el engaño, pero los duros le suman la violencia, que puede llegar a extremos horrorosos de crueldad y sadismo, tanto en los bolcheviques y trotskistas, que son internacionalistas, como en los nazis y fascistas, partidarios del nacionalismo.

(2) En las derechas estamos liberales clásicos y mercantilistas, a la defensa del capitalismo, y también de las instituciones relacionadas, con arreglo al orden natural, matrimonio y familia, que son propias de una sociedad libre, no totalitaria, hecha de múltiples esferas independientes. Pero al revés de lo que pasa en las izquierdas, nosotros estamos de acuerdo en los medios: nada de violencia, sino la democracia, los partidos y la política. Y diferimos en los fines. Así en economía, capitalismo liberal es capitalismo para todos, y no sólo capitalismo para “cuates” o amigotes, como busca el mercantilismo, que es estatista en economía, pero también en "salud y educación", etc.; por eso los mercantilistas suelen aliarse con la izquierda “blanda”, fabiana o menchevique.

¿Y los “libertarios”? Algunos dicen abrazar el capitalismo liberal; otros dicen no al capitalismo pero sí al libre mercado (¿?) El caso es que en su mayoría comparten puntos de la Agenda marxista cultural, tales como el aborto y otros del lobby LGBTI. Y embisten contra la democracia, los partidos y la política, al estilo de Lenin, Mussolini, el Che Guevara y Corea del Norte. Vaya uno a entenderlos...

¡Hasta la próxima si Dios quiere, amigos!

Acerca del autor:
Alberto--Mansueti--
Alberto Mansueti
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