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 25 de Marzo de 2019
OPINION
Barlamentos
El papa Francisco y los indígenas en Bolivia (II)
Viernes,  26  de Febrero, 2016

Lo que dijo el papa Francisco en México sobre los indígenas estuvo dirigido a todos los países latinoamericanos, tengan o no mayorías indígenas o las hayan asesinado con armas de fuego o con epidemias importadas. El pontífice lamentó “como de modo sistemático y estructural, sus pueblos han sido incomprendidos y excluidos de la sociedad”, considerando “inferiores sus valores, su cultura y sus tradiciones”. 

¿Es cierto eso en la Bolivia del “proceso de cambio”? Tratar de indígenas, campesinos, indios u originarios en el país patalea en lagunas de fuentes serias, además de sesgos del tema abordado por politiqueros. En el régimen de Evo Morales se repite eso de que medias verdades son también medias mentiras. Quizá sea porque los cursos que tomó el Vicepresidente sabihondo no daban para diploma de matemático o cartón de sociólogo. Tal vez es porque sabe más de dinamita que de antropología social, disciplina esta última que mal pueden enseñar los nutridos en Marx y Lenin. Tal se desprende del mapa etnográfico de la patria, que más se asemeja a un caso de viruela étnica. 

La distribución geográfica en el territorio nacional es engañosa, porque da una ilusión de igualdad inexistente entre las etnias. Inclusive la categoría “quechuaymara” es falaz, porque oculta que pese a su menor número la etnia aymara es la “primus inter pares” –primera entre iguales- en el ejercicio del poder en Bolivia. Subyacen la hegemonía centralista de la sede de gobierno y la cercanía a la parte más rica del lago Titicaca, que con la mitosis urbana que dio origen a la ciudad de El Alto apuntan a que La Paz es cautiva de los aymaras, como en 1781.

Una veraz división étnica de Bolivia debería tratar la interculturalidad, cuya variable independiente es el grado de aculturación, un proceso dinámico que censos decenales deberían evidenciar. ¿Es justo poner en una misma bolsa a famélicos migrantes del altiplano en Cochabamba y a comerciantes aymara ricos de fastuosa vestimenta en Santa Cruz, que festejan sus fiestas con bandas de cien músicos traídos de Oruro? ¿Qué tal catalogar a quechuas del norte paceño con vallunos cochabambinos por el simple hecho de hablar el runa simi? Los cambas ‘cuchuquis’ que tienen dientes ‘chíos’ y toman agua de ‘curichi’, serían “chanés” por usar palabras de tal origen según Hernando Sanabria Fernández, (tal vez antes de que los Ava guaraníes les conquistaran, y dicen algunos etnógrafos, se los comieran). 

Todo ello yace detrás del absurdo “proceso de cambio” que embutió como oficiales las lenguas de 36 ‘nacionalidades’ en la Constitución de La Calancha, también forzada en un cuartel orureño. El Presidente de veintitantos doctorados honoris causa no habla bien ninguno. ¿Qué tal si Italia declara ‘oficial’ el dialecto calabrés que poco entienden los sicilianos, etc.? ¿O los gringos con el idioma ancestral de los indígenas “Pueblo”, mulatos de ancestro africano similar al de Kunta Kinte, o latinoamericanos “wetbacks” que cruzaron el río con la ayuda de “coyotes”, etc.?   

Más importante aún, ¿será verdad en Bolivia que Evo Morales es uno de esos que según el papa Francisco “han sido mareados por el poder, el dinero y las leyes del mercado” para despojar a los indígenas “de sus tierras” o realizar “acciones que las contaminaban”? Baste citar el infame “Polígono Siete” en el Territorio Indígena y Parque Nacional ‘Isiboro-Sécure’ (Tipnis), o contrastar medidas originales del Gobierno que se llenaba la boca con la Pachamama, y sus últimas medidas que han borrado con el codo capitalista  lo que se escribió con la mano socialista. 

El  estudio “Latinoamérica indígena en el siglo XXI” del Banco Mundial (BM) coincide en que “los pueblos indígenas lograron avances sociales significativos, redujeron sus niveles de pobreza en diversos países y mejoraron su acceso de servicios básicos durante la bonanza de la primera década del siglo, pero no se beneficiaron en la misma medida que el resto de los latinoamericanos”. Después del desperdicio megalómano de tal bonanza, ¿será cierto eso para todos los indígenas de las 36 nacionalidades nuestras? 
Aunque los territorios de origen han sido puntos de referencia de continuidad histórica, identidad y autodeterminación de los indígenas, un 49 por ciento vive en zonas urbanas. El porcentaje es mayor en Bolivia. Según el BM, en la ciudad tienen una y media veces más acceso a electricidad, 1.7 veces más acceso a agua corriente y 1.6 veces más educación primaria completa. La educación secundaria es 3.6 veces mayor y la terciaria 7.7 veces mayor. 

Sin embargo, la desigualdad persiste en la ciudad. Casi el doble vive en barrios pobres, muchos de ellos en lugares inseguros, insalubres y contaminados. Acceden menos a empleos calificados y estables; tienen menor acceso a la seguridad social, etc. Incluso si universitarios, dicen, en la ciudad tienden a ganar mucho menos. En Bolivia las mujeres indígenas ganan 60 por ciento menos que las féminas no indígenas. Ni hablar de la brecha digital: el acceso a Internet y dominar computadoras.

En lugar del blablá de logros simbólicos falaces y de malgastos ridículos, los poderosos harían bien en reducir esos índices.

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Winston--Estremadoiro-
Winston Estremadoiro
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