Siguenos en:
Viernes
 16 de Noviembre de 2018
OPINION
Mirando de abajo
El árbol y los demonios
Miércoles,  21 de Octubre, 2015

Parece título de fábula pero no hay moraleja positiva en lo que se ha de contar, al menos de un lado.

Viene a raíz de la observación de alguien que me visita en el llano/montaña del estado de Colorado. Cuánto árbol, resalta, tantos y tan diversos. Si comparamos el número de especies con la jungla amazónica aceptaríamos que esta variedad es ruin, pequeña e ínfima. Y sin embargo, en las áreas urbanas hay uno cada dos metros y las casas todas cuentan con al menos un ejemplar, plácido, intocado e intocable, en contraposición a su casi ausencia en Cochabamba, otrora jardín de...la república.

Al descender el avión en Cochabamba se ven tonalidades de marrón. El desierto es rico en sus matices; los pueblos que lo habitan en otras regiones tienen para cada tono un nombre, igual a los inuits del ártico con sesenta y tantas definiciones de hielo y nieve. Pero los cochabambinos no, fuera de “polvo”, “lama”, “tierral” o “polvo de mierda”, definición esta última que refleja la oscura realidad de vendavales de arena y excrementos secos, mucho para el remedo de la barriada-ciudad de Nezahualcoyotl en el DF mexicano. Se respira polvo de caca, se lo bebe, se lo come.

Me guardo lo que decía Joaquín, mi padre, que conocía a su pueblo como nadie, en la relación hombre-árbol, o indio-árbol en Bolivia, donde no solo no se protege o respeta al árbol sino se lo odia. Ejemplos he visto: un lote en Iquircollo con eucaliptos talados por pedido (amenaza) de vecinos de otros lotes vacíos.

¿Por qué? Porque el árbol ensucia, levanta cimientos, da sombra, quita agua, es refugio para loros y etcéteras. Razones que se consideran valederas para tirarlos abajo a hachazos. Mizque: jacarandaes en medio del campo, al borde del río Infiernillo, supuestamente libres de culpa en cuanto a sembradíos, hojas caídas (igual mugre). Talados dizque para abrir camino. Calle Abedules, en Alto Queru-Queru. Una preciosa fila de tupidos paraísos sobre una acera. Dentro de la casa un gran pacay, otro paraíso, un naranjo, limoneros, níspero, ciruelos, paltos, enjambre vegetal que hacía de aquel patio vergel. Se vendió la casa y el dueño, nuevo rico, comerciante, cortó los árboles exteriores y echó concreto encima. Mucha sombra, demasiada, mejor el sol aterrador y las calles color de chicha. Ese barrio de falda de cerro, ecosistema que debiera haberse protegido y no urbanizado, tiene calles con nombres sustanciosos como el nombrado, más alerces, molles y otros. No hay árboles allí; alambre de púa y mal gusto. Decía... al interior los cortaron en arboricidio premeditado e imbécil. Los comerciantes en su lugar hicieron una piscina. Si se remojan o asean en el borde de azulejos no lo sabremos ni importa. Mejor si los cortaran a ellos.

Inmensos eucaliptos, centenarios, en el camino que conduce a la vieja hacienda de Pairumani. No queda ninguno. Su muerte le ha dado al panorama un cariz de despojo, donde en domingo la población se regodea, y tambalea, con choricitos, chicharrones, pampakus con trago. Y caga donde se le antoje con la misma fruición con que come. Pueblo condenado a muerte o a ser esclavo, que es lo mismo.

Mi abuelo, en la década de los treinta, plantó 600 álamos reales en el camino que iba de Punata a Arani. Tengo por ahí un recorte de periódico, muy posterior, donde un periodista elogia la acción. Vi, de niño, los remanentes de aquella soberbia caminata. Hace unos años no había ni rastros, ni troncos, ni pedazos. Sol que arde, y el desierto que pellizca más y más acercando el fin.

El uso del agua en los EUA ha sido y es criminal, cierto. Tema para otro texto. Pero nadie, nadie, menos presidentes o curacas, puede cortar un árbol sin permiso, ni en propiedad privada porque el árbol es patrimonio colectivo. Hacerlo es delito penado. Mi visitante admira y repite: cuánto árbol. Pronto retornará a Cochabamba. Caminará por la calle Antezana que era preciosa con paraísos. Ahora veredas de concreto, comideras y bebederas. Cosas de pueblo ciego, de pueblo tonto.

Acerca del autor:
Claudio-Ferrufino-
Claudio Ferrufino
Notas Relacionadas
©2016 Diario El Día Santa Cruz - Bolivia, Dirección: Av. Cristo Redentor, KM 7 zona ”El Remanso” - Teléfono piloto: 3-434040 Fax Comercial y Publicidad. 3-434781 - Fax Redacción 3-434041 - email: eldia@eldia.com.bo  |  Acerca de El Día