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OPINION
Mirando de Abajo
El derecho a la defensa contra el Estado
Miércoles,  26 de Marzo, 2014

H ace unos días leí en la prensa cruceña un texto acerca del tiranicidio, la cautivante idea de que en manos de cada uno puede hallarse el bien común. Tema arduo, complejo, pero de ninguna manera discutible. No lo niego: festejé cuando hicieron volar a Anastasio Somoza, y festejé la lectura del ajusticiamiento de Trujillo, entre otras alegrías que la muerte suele traer.

Años ha, escribí una columna en la que relataba la llegada de la marcha indígena a La Paz. Decía entre otras cosas que al interior del palacio presidencial, ventanas y puertas cerradas, corrían hilillos de orina por los pantalones de los déspotas que habían reprimido en Chaparina. Nuestra mediterraneidad imaginativa impidió que aquello consumase un fin. Pasó, pero el escrito despertó iras en los gobernantes, y, lo que es peor, entre los que se consideraban opositores. Un periodisto (y nótese la o) chilló en contra mía, a quien no conocía ni en "pelea de perros". Seguro, porque a pelea de perras no asisto yo, perras en celo como él, o ella no sabemos, y una caterva de lameculos del gonismo y de sus asesores gringos James Carville y compañía. Amén de un director de periódico que hoy muge porque no le queda otra, pero que quiso congraciarse con el gran curaca defenestrándome. Tengo detalles que recibí de muy cercanos al asunto de cómo se desarrolló todo, con nombres y apellidos, y del altoperuanismo de los de marras, incluido un argentino al que llaman "estafa" (por algo será). Ya habrá tiempo de darlo a luz.

Volvemos al tema. Contemplando al narcotraficante Diosdado Cabello en la Asamblea venezolana, y a su par Nicolás Maduro por doquier, no hay otra conclusión de que resolver el problema pasa por un tiro en la cabeza y no por berrinches democráticos. La democracia no existe más en América Latina; la destrozó la izquierda, riéndose de sus propios muertos. La última sesión de la OEA, privada a pedido de los totalitarios y sus secuaces menores, le ha dado sentencia de muerte. Vergonzante la actuación de Brasil y de Uruguay. No hay que quejarse después cuando a ellos se les apliquen las prácticas que hoy defienden. Todo vale para mantenerse en el poder: crimen, abuso, tortura, asesinato, hambre, falta de información y más. Pues bien, vale para unos y vale para otros. Las cartas están jugadas y hay que apostar. Deshacerse de los tiranos no es criminal, es una opción profiláctica y patriótica, hasta humanística si le damos connotación filosófica.

Hasta dónde y hasta cuándo la burla. La de sobrevivir en el lodo de la ilegalidad, loando el pan de limosna que se recibe, o el dinero, o las joyas o los puestos, no importa qué. Al ciudadano le asiste el derecho a defenderse contra quienes lo atacan o lo quieren convertir en una ficha. En el caso venezolano, si la policía mata, hay que matar a la policía. La muerte de un represor viene a ser un bálsamo de esperanza. Responder con la misma fuerza. Ya lo dijeron los fidelistas: "al que asome la cabeza, duro con él". La respuesta está en la propia retórica del adversario.

El agudo chillido de los sirvientes eternos no debe intimidar. Los cobardes -peligrosos- se esconden. Ya habrá tiempo de cazarlos en sus guaridas. Me refiero a los que lambisconean a izquierda y derecha en busca de prebendas, medallas, palmadas de aprobación, a los que usan su pluma para satisfacer el ego de los amos, a los que no tienen ni decencia ni hombría para ocultar que ponen el rostro en la entrepierna de cualquier tipejo con mando.

Como hombres nos asiste el derecho a defendernos, a desbrozar el matorral desde el que escupen las alimañas. En Venezuela no hay solución pacífica, como erróneamente sugiere Capriles. Son otras las reglas del juego y hay que jugar bien.

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Claudio-Ferrufino-
Claudio Ferrufino
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