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OPINION
Editorial
El nuevo imperio
Viernes,  21 de Marzo, 2014

Rusia está dando señales muy concretas que ya no dejan dudas de la jubilación anticipada del imperio norteamericano y comienza a tomar posiciones que incomodan a Europa, un continente que fue salvado de las fauces nazis en los años 40, justamente por el naciente poderío estadounidense que se convirtió en una suerte de tutor de la paz en el viejo mundo. Aquí, los nacionalismos comienzan a florecer como hongos ante la ausencia de un poder hegemónico que modere las relaciones políticas y en ese contexto surge el líder ruso Vladimir Putin con su estilo y sus métodos.

Putin no ha tenido el menor reparo en provocar la desestabilización de Ucrania, el país con el que más rivaliza en la zona y de un zarpazo ha anexado a Rusia la zona ucraniana de Crimea, lo que ha hecho recordar a muchos la primera estrategia de Adolfo Hitler de ocupar militarmente territorios checoslovacos que había perdido durante la Primera Guerra Mundial. Eso ocurrió en 1938 y hasta ahora todos se lamentan por no haber frenado a tiempo al tirano.

El líder ruso no solo tiene intenciones de restablecer el imperio de los zares que dominó Europa del Este y gran parte de Asia Central, sino también frenar el avance de la Unión Europea a la que tiene prácticamente tomada del cuello pues Rusia es su principal abastecedor de energía.

Uno de los detonantes de la reacción rusa ha sido la realización de una cumbre entre la Unión Europea y varias de las repúblicas que formaron parte de la Unión Soviética:  Armenia, Azerbaiyán, Bielorrusia, Georgia, Moldavia y Ucrania, hacia las cuales Europa pretende extender sus fronteras y establecer acuerdos comerciales y de suministro energético. Esto provocó la ira de Moscú, pues se trata de un mercado de alrededor de 75 millones de personas sobre el que siempre ha mantenido el predominio.

Los movimientos de Putin han provocado fuertes remezones en Francia, donde se ha hablado incluso de la posibilidad de una respuesta bélica a las arremetidas rusas y por supuesto de la OTAN, que acaba de advertir sobre el riesgo de que las tropas rusas puedan avanzar más allá de Crimea, donde han desmantelado varias bases militares ucranianas.

Estados Unidos parece mirar las cosas con cierta parsimonia, lo que confirma que su ímpetu imperial ha decaído y sobre todo, porque los intereses norteamericanos en la zona han cambiado radicalmente, desde que, en la era de Bush y las invasiones a Irak y Afganistán los estadounidenses decidieron mermar su glotonería petrolera y buscar alternativas, que de hecho las han encontrado, con un menor costo en dólares, en armas y en bajas para su Ejército.

Es posible también que los norteamericanos hayan decidido replegarse para atender mejor el vecindario, al que tenían descuidado desde el 2001, desde que la lucha contra el terrorismo se volvió una prioridad excluyente. Al volver la mirada a América Latina, encontrarán que Rusia ha sentado sus bases con la promoción del armamentismo en la región, que Irán hace lo propio, que las mafias del narcotráfico han avanzado sobre varios países y que todo este coctel que forma parte de las nuevas facetas imperiales, ponen en peligro la libertad y la democracia en la región.

El líder ruso Vladimir Putin no solo tiene intenciones de restablecer el imperio de los zares que dominó Europa del Este y gran parte de Asia Central, sino también frenar el avance de la Unión Europea a la que tiene prácticamente tomada del cuello pues Rusia es su principal abastecedor de energía.

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