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OPINION
Monóculo
Pobreza franciscana
Domingo,  18 de Agosto, 2013

Un diputado del partido gobernante (MAS) respondía a una televisora local acerca del viaje de Evo al Vaticano. Tenía consigo un papel impreso con partes resaltadas a color.

Comenzó la conversación, que incluía a un diputado opositor. Este dijo lo que supongo debía decir, alegando lógicas y razonamientos referidos al anti-catolicismo del presidente, a sus por lo general infaustas declaraciones sobre la iglesia y a lo incoherente de su viaje a entrevistarse con el papa Bergoglio.

El oficialista comenzó una perorata, acompañada de miradas bizcas al documento referido, que giraba en torno a cierta “teoría de la liberación”. Machacó el asunto, mencionando el análisis marxista y la importancia de esta “teoría” que mostraba nuevos horizontes para la institución eclesial. En ese contexto, la reunión de Morales con Francisco, versaría en ello y se podrían sacar conclusiones cuyo fin sería, a la usanza de Evo, que el mundo aprendiese de su sabiduría, dignamente compartida con el pontífice. Porque, seguía el diputado Marka, “nuestro papa san Francisco” se caracterizaba por esto, y “nuestro papa san Francisco” por lo otro, además de ser “querendón” de su grey amerindia, igual que el mandatario. Nada mejor, por así decirlo, que la cumbre entre dos sublimes revolucionarios obsesionados con salvar el insalvable mundo.

Era yo niño cuando Dom Hélder Câmara tendría 70 o más en su diócesisde Olinda, Recife. Esta novedad de la teoría, perdón, teología de la liberación venía de antiguo, aunque no obsoleta porque poco ha cambiado la brecha entre pobres y ricos, muy poco entre el presidente Morales y los que jura representar. Con astucia, dados los antecedentes anti-clericales, Evo se agarra de esto para un acercamiento. Justicia, igualdad, no están en su agenda. El objetivo es chupar como vampiro la notable popularidad del uncido de Roma y acarrearla en favor suyo. El actor necesita público, el público, renovación constante. De la charla saldrá, en el país mitómano, que el “santo” Francisco invitó al “santo” Evo para nutrirse de él, y de allí la cantaleta y ansia de notoriedad a cualquier costo que nos caracteriza. Pasará de boca en boca, de generación en generación, que un indígena de Bolivia “dictó” el accionar vaticano. Y se le rezará en los cubículos alcohólicos al lado del espadachín de Bombori, en otra controversial afición boliviana, de idolatrar a Santiago apóstol, que es el santo de la espada y la conquista, el matador de infieles, bañado en sangre de indios.

Respecto a la santidad del papa que el oficioso masista le dio dos veces, qué decir. ¿Equivocación? Simple y llana estulticia de la oclocracia reinante.

Imagino septiembre, en los edificios alrededor de la plaza aquella que guarda, dicen aunque no creo, el alma de Cristo. Un Evo solícito que-con pena lo digo- demuestra una norma de comportamiento de los pueblos esclavos: pura sonrisa y afirmación, cerviz gacha, manos sudadas, entrelazadas, sin discutir, aceptando todo, sintiéndose halagado por el amo. Luego, ya de vuelta, el déspota, el infalible. Tristes pueblos, serviles con el poderoso, abusivos con el débil. “Sí, ingeniero; sí, doctorcito; claro, patroncito; seguro, padrecito”; después chicote con sus hermanos, a degollar perros, a maltratar empleados, mujeres y niños. Típico, detestable.

A la asunción del presidente paraguayo asisten los presidentes de América del sur, menos los tres mosquitos: Correa, Maduro, Morales. Los tres ponen énfasis en la comedia, tragedia para sus congéneres, que ha de preservarlos eternos. No leen la historia, o no la leen bien. Ni siquiera tienen el pragmatismo de la Kirchner o Mujica que saludan a todo lado. Evo desdeña al nuevo gobierno vecino mientras prepara la parafernalia de su asunción como virgen a altares pontificios. Imagino su apoteósico retorno. Le llevará hoja de coca a Francisco, sin darse cuenta que la sonrisa del Vaticano, por más santo que ejerza, suele helar la sangre.

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Claudio-Ferrufino-
Claudio Ferrufino
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