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OPINION
Tribuna
'In albis deponendis'
Domingo,  7 de Abril, 2013

Hoy hace una semana que estamos celebrando la Pascua de Resurrección. Este domingo es la octava de esta fiesta, la más importante del cristiano, la que da sentido a cualquier otra celebración de nuestra fe y  continuaremos hasta Pentecostés en la alegría del triunfo de Cristo. Hemos repetido ocho días “Este es el día en que actuó el Señor, sea nuestra alegría y nuestro gozo”. Así mismo, “en este día en que Cristo nuestra Pascua ha sido inmolado” (Prefacio de la misa).

El domingo pasado, al anochecer se apareció Jesús; hoy nuevamente se aparece a los apóstoles, reunidos con las puertas cerradas. Esto motiva la celebración dominical como día del Señor de la vida. Él tuvo el encuentro con los discípulos en el primer día de la Resurrección y al domingo siguiente. Se le llamaba a este domingo, “in albis” o “in albis deponendis”. Los bautizados en Pascua llevaban túnicas blancas y en este “domingo se despojaban de los vestidos blancos”. Hoy día hay laicos que usan las vestiduras, todos los días en las celebraciones de la eucaristía durante la cincuentena pascual.

Buen domingo para un auto-examen acerca de cómo expresamos y celebramos los domingos reuniéndonos como hermanos en la familia de Jesús que es la Iglesia. Cristo el Señor Resucitado se hace presente a los suyos cuando están reunidos. Ahora, en cada celebración se hace presente a la comunidad eclesial que es fiel, al encargo que les diera al instituir la eucaristía “hagan esto en memoria mía” (Lc 22,19; 1Cor 11,24). La celebración de la eucaristía es celebrar la fe: “este es el sacramento de nuestra fe”. Una señal de poca fe es, sin duda, la ausencia a la eucaristía del domingo, del Día del Señor, de no pocos cristianos.

En las perspectivas de formarnos en este Año de la Fe, nos haría mucho bien leer en el Catecismo de la Iglesia los números 645 y 646 en que se nos habla sobre la presencia “corporal” y la presencia espiritual del Resucitado a sus apóstoles y discípulos. La fe hay que celebrarla, o sea, la presencia de Jesús en la comunidad reunida, en la Palabra, en el que preside en el nombre de Cristo y, especialmente en el pan consagrado y ofrecido al Padre. Los cristianos reunidos en la celebración de la Santa Misa son “hombres y mujeres que se adhieren al Señor” (Hch 5,14), como lo expresa el libro de los Hechos de los Apóstoles.

Es en el libro del Apocalipsis –este libro es el último de la Sagrada Biblia– donde el evangelista y apóstol Juan aparece dándonos la expresión “Día del Señor” (Ap 1,10). Y, la aparición a Juan es el primer día de la semana, lo que llamamos domingo. Por ello, el domingo es el día de celebrar a Cristo resucitado, a Cristo el Viviente, a Cristo con vida nueva. Los cristianos aunque actualizamos el sacrificio de la Cruz, celebramos a Jesús que vive y, semana tras semana, caminamos a una meta, la plenitud de los tiempos.

En el Año de la Fe Benedicto XVI nos ha orientado a través del documento “Porta fidei” en octubre de 2011, con bastante anticipación, en esta carta nos pide “redescubrir la fe”. Todos tenemos dificultades, quizás dudas y momentos de crisis en la fe. Puede ser por la muerte de un ser querido que nos ha hecho dudar de la providencia amorosa de Dios, porque Dios ha sido como un eclipse en nuestra vida, porque hayamos caído en tentaciones que nos da miedo Dios...  Este domingo debiéramos aprender de la duda del apóstol Tomás para deshacernos de falsos apoyos, desconfiar más de nosotros y dejarnos purificar por las dudas o inseguridades y confiar en la Iglesia, cuerpo de Cristo, que nos convoca a vivir la presencia del Señor en nuestras celebraciones de la eucaristía.

Los apóstoles una vez que vieron a Jesucristo resucitado en el Cenáculo se lo comunicaron a Tomás. La vivencia de fe en nuestras celebraciones no nos puede dejar como si nada hubiera sucedido. Cada encuentro con Cristo vivo nos lleva al camino de la conversión, comunión y solidaridad nos ha dicho  Juan Pablo II en su exhortación la “Iglesia en América”. El cristiano tiene que seguir la misma misión que los apóstoles recibieran de Jesús. Aquel grupo lleno de miedo con la paz que Cristo les dio se convirtió en instrumento de paz, ofreciendo a todos el perdón y la misericordia.

La paz de Cristo no es la paz del mundo ni es mera quietud. Todo lo contrario, es entusiasmo, vida, riqueza que no se guardan para sí mismos. El grupo de los doce y de otros discípulos seguían, al principio participando en la oración del templo de Jerusalén, pero ellos "solían reunirse en un mismo espíritu"  (Hch 1,14), en el Espíritu del Resucitado. Un testimonio claro de nuestra fe en Cristo resucitado será siempre la participación dominical en la eucaristía y el testimonio de vida, siendo "discípulos misioneros".