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OPINION
Enfoque Internacional
El miedo a la libertad
Martes,  6  de Noviembre, 2012

La situación económica constituye la preocupación más importante de los ciudadanos estadounidenses ante las elecciones presidenciales. Aun cuando Estados Unidos está creciendo más que el promedio de las economías más importantes del mundo y su tasa de paro es significativamente inferior, la sensación de una amplia mayoría de estadounidenses es de vulnerabilidad. El impacto del desplome inmobiliario que precipitó la crisis en 2007 y las siguientes crisis bancarias de ningún modo ha sido superado. A la situación fiscal amenazante con el denominado “precipicio fiscal” (fiscalcliff,a partir de 2013, cuando vencen reducciones de impuestos y aumentos de gastos) se añade la verificación gradual de una clara erosión de la hegemonía económica que el país ha tenido en las últimas décadas. Los ciudadanos perciben además una creciente desigualdad en la distribución, que amenaza a las clases medias y también lo hace con el legendario sueño americano de extensión de la prosperidad entre amplias capas de la población.

Ese aumento de la desigualdad no solo se traduce en peores registros frente al resto de economías avanzadas en las medidas de distribución de la renta y de la riqueza, sino igualmente en el acceso a la sanidad, en el grado de escolarización, en la mortalidad infantil o en la población reclusa en las cárceles. A ello se añaden aspectos, como la dependencia de la financiación de terceros países, la presión competitiva de las economías asiáticas -China de forma particular-, los efectos de la propia dinámica de globalización y en particular de la creciente externalización de actividades empresariales, que han socavado la seguridad habitual con la que los ciudadanos americanos contemplaban el futuro. Una sensación consecuente con una dinámica creada desde aquella economía, de sus principales operadores empresariales y financieros, que no encuentra mecanismos compensadores en la Administración pública. La desconfianza en las instituciones también en aquel país se instala en segmentos cada día más amplios de la población.

En las elecciones, ni la opción de Obama ni la de Romney parecen generar entusiasmo. Pero la opción del candidato republicano, partidaria de un adelgazamiento adicional de la actividad económica del Gobierno, puede acentuar esa sensación de fragilidad de la mayoría. Su planeada reforma fiscal, de reducción de impuestos, en el mejor de los casos no alterará la desigual distribución hasta ahora generada. La Administración de Obama, por su parte, en estos cuatro años no ha satisfecho las expectativas renovadoras y socialmente integradoras con que llegó a la Casa Blanca, pero al menos en sus planteamientos asume la necesidad de compensar esos desequilibrios que la crisis económica ha acentuado. Su política económica no cae en el intervencionismo excesivo y tampoco se aleja de la ortodoxia macroeconómica.

Respecto a la otra consideración relevante en la política económica de ambos candidatos, su contribución a la estabilidad económica y financiera mundial, la Administración de Obama se ha mostrado comprensiva con la necesidad de fortalecer la coordinación entre autoridades y, desde luego, la adaptación de las instituciones multilaterales a ese propósito.

autor : Opinión,-El-País-Madrid
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