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Las dos vidas
Domingo,  10 de Abril, 2011

Las tres lecturas bíblicas de este quinto domingo de cuaresma apuntan al mismo mensaje gozoso: la vida. Tanto Ezequiel, 37,12-24, como el apóstol Pablo, Romanos 8,8-11 y el evangelista Juan, 11,1-45, nos aseguran que el destino de la persona creyente es la vida.

No son pocas las veces que escuchamos decir estas expresiones, “mi amor, mi vida”. Para llegar a decir a alguien “mi vida” hemos de tener la sensación de que esa persona es el motivo más importante que tenemos para vivir: es quien nos da entusiasmo, alegría y sentido a lo que hacemos. Sin esa persona perderíamos la fuerza vital para avanzar en la carrera de la vida.

Hoy nos dice Jesús: “Yo soy la vida”. Cristo es la vida. Quiere ser la vida nuestra. Dice él: “he venido para que tengan vida y en abundancia”. Cristo ha dado fuerza a los mártires, pureza a las personas vírgenes –que hay más de lo que pensamos– y perseverancia en el seguimiento de Jesucristo.

La lectura de Pablo, tomada del capítulo octavo de la carta a los romanos es un breve tratado sobre la vida según el Espíritu Santo. Por ello, nos hará mucho bien leer entero este capítulo en este ambiente de la quinta semana de Cuaresma. Pablo nos dice claramente que Cristo nos comunica su Espíritu, y el Espíritu es principio vital. Podremos afirmar que se nos comunicó, desde el bautismo, la fuente de la energía de Dios, la misma vida de Dios.

El mismo apóstol Pablo en la carta a los filipenses capítulo uno, versículo 21 dice: “para mí, la vida es Cristo”. El secreto de la felicidad del cristiano es hacer de Cristo la fuente de la vida.

En el evangelio de hoy, la resurrección de Lázaro, sirve al evangelista Juan, para hacer una preciosa catequesis de Cristo, “dador de vida”. El milagro, signo de Jesús como lo llama Juan, es precedido de un diálogo muy vivo entre Jesús y las hermanas de Lázaro.

Cristo se nos ha presentado en el tercer domingo de cuaresma como “fuente de agua viva”, como “luz del mundo”, el cuarto domingo y, hoy, como “la resurrección y la vida”. Hay que leer todo entero este capítulo en nuestras casas. Nos hará mucho bien en esta quinta y última semana de preparación a la pascua.

En el evangelio se afirma: “Jesús quería mucho a Marta, a María su hermana y a Lázaro”. Toda amistad humana queda consagrada y santificada por ese manifiesto testimonio de amor a los tres hermanos: Lázaro, Marta y María.

La amistad es parte esencial de cualquier persona. No puede existir persona humana plenamente desarrollada sin amistad. Por ello, es natural que Jesús aparezca como el hombre pleno, el que vive la dimensión de la amistad más profunda.

Hoy se vive una era erótica del amor, por ello, para algunos, es inconcebible una amistad entre el hombre y la mujer que no tenga la expresión carnal. Pero, el amor de Jesucristo a sus amigos, nos dice lo contrario: sin un desinterés en la entrega  no hay amor auténtico. Ni en la vida matrimonial se puede hablar de amistad verdadera si todo estuviera condicionado a las posibilidades de expresión carnal.

Las  hermanas Marta y María estaban conscientes de los sentimientos de amor hacia ellos y, por ello, enviaron este aviso a Jesús: “Señor, el que amas está enfermo”. Esto lo podemos todos referir a nosotros mismos, “El que Jesús ama”. Todos estamos enfermos y necesitamos de curación.

Estos tres domingos de cuaresma nos llaman a revisar nuestra fidelidad a la vida recibida en el bautismo. La fidelidad llama a la fidelidad. Tanto cuanto creamos en el Dios de la vida, en la fidelidad de Dios para darnos vida, pondremos nuestra vida en el camino de la fidelidad diaria.

Los sacramentos son signos de la vida de Dios que se nos comunica a través de Él: bautismo, penitencia, eucaristía... Por eso, la eucaristía o misa, es desde nuestra parte, profesión de fe en la vida y, a la vez, compromiso de fidelidad.

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Jesus-Perez-
Jesus Perez
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