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Por una filosofía desbordante
Martes,  22  de Noviembre, 2016

Todo comienzo deja una huella que no cabe olvidar. Esos orígenes permiten conocer una esencia gracias a la que, cuando hay dudas o confusiones al respecto, nos orientamos adecuamente. En filosofía, Sócrates nos presenta un tipo de vida que, signada por la reflexión, justifica todavía nuestro aprecio, incluso gratitud, pues contribuyó a la expansión del espíritu crítico, lo cual jamás será despreciable. Su magisterio tuvo, pues, esa grandeza. La tarea no era desarrollada en lugares de acceso restringido, resultándole inaceptables las limitaciones. El objetivo era contribuir a que cualquiera tuviese una existencia en donde los cuestionamientos no cesaran. Tal vez, obrando de este modo, la sociedad que integraba sería favorecida. Tomar consciencia de la propia ignorancia y, además, no dar nada por sentado, entre otros aspectos, ayudan a resolver diversos problemas, tanto individuales como colectivos.

Del pensamiento público y abierto se pasó a las restricciones de orden institucional. Con Platón, comenzó la tradición de alimentar intelectualmente a determinados sujetos. Es verdad que, en su momento, Pitágoras tuvo un círculo de seguidores; empero, esto se hallaba más cercano a la religión que al terreno filosófico. No deploro aquel invento; admitir a los que tienen esos intereses, así como trabajar en su profundización, es una idea defendible. La objeción irrumpe cuando se cree que, allende las fronteras académicas, no tiene sentido hablar de filosofía. Según esta óptica, se podría cometer un absurdo, negando el predicamento de autores como Hume, Rousseau o Nietzsche, ya que ninguno tuvo el título pertinente. No es la única exclusión que se hace: además de relegar al que no cumpliría con ese requisito, se propugna una despreocupación por lo externo.

Frente a esa delimitación, irrumpe la reivindicación de una filosofía desbordante, un pensamiento que invada diferentes ámbitos, en los cuales sus beneficios resultan necesarios. Las modalidades son distintas; mientras se busque la misma finalidad meditativa, fijar exclusiones sería arbitrario. Se puede secundar a Michel Onfray, estableciendo una universidad popular, pero también organizar una experiencia como la del Seminario de los jueves, dirigido por Tomás Abraham. Entretanto no se conviertan en tertulias sin esfuerzo intelectual, son igualmente válidas las charlas que aparecieron merced al ánimo de Marc Sautet. En todos estos casos, incluyendo el ejercicio del periodismo filosófico, notamos una extralimitación que favorecería a la sociedad entera. Aclaro que el desborde no se justifica sólo en términos colectivos.

Desde Epicuro hasta Alain de Botton, hallamos pensadores que conciben la filosofía como un “sacerdocio”.

Aludo al quehacer de curar almas, posibilitando nuestra paz o dicha. Es evidente que, frente a los grandes interrogantes en torno al futuro del género humano, parece un tema menor. Ocuparse de las angustias del hombre, sus miserias concretas, hasta la realización como persona, quedaría lejos del ámbito que atañe a los filósofos solemnes. No obstante, procurar ese mejoramiento individual es asimismo una labor que concierne a esta invención griega. No interesa que se proclame la superioridad de otros conocimientos. Por cierto, la ciencia puede prepararnos para varias desventuras, explicarnos detalladamente sus causas y consecuencias; sin embargo, ante las situaciones límite que, como la muerte o el fracaso, Jaspers nos enseñó a tratar, filosofar se vuelve imprescindible para existir.

*Escritor, filósofo y abogado,

Acerca del autor:
Enrique-Fernandez-Garcia-
Enrique Fernández García
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