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'Con Dios no se juega'
Domingo,  28  de Febrero, 2016

El papa Francisco a quien le alaban muchos y también se le aplaude ha convocado a vivir un Jubileo Extraordinario de la Misericordia. Tiempo propicio para llegar a una conversión auténtica, o sea, una vuelta total y radical a Dios. En este tercer  domingo de cuaresma, la liturgia de la Palabra de Dios se centra en el tema de la conversión para poder llegar a la renovación bautismal que haremos en forma personal y comunitaria en la Noche  Grande, la Vigilia Pascual. Sabemos que todavía no se valora lo suficiente la Vigilia de Pascua  De ahí viene la poca participación en ella.

Durante la cuaresma recorremos la historia de la salvación tanto personal como de toda la humanidad. El domingo pasado vivimos en la primera lectura el gran poder de la fe en Abraham. Hoy meditamos  en Moisés, el gran líder, que sacó al pueblo de la esclavitud de Egipto y lo condujo por el desierto a la tierra de las promesas. El evangelista Lucas 13, 1-4 y los siguientes domingos, son una llamada de Jesús a la conversión, asegurando el amor misericordioso y el perdón de Dios.

Hay una constante llamada del Papa a la conversión, sin la cual no se puede ganar la indulgencia del Año Jubilar. La conversión no es sólo hacer penitencia, en el sentido de realizar unas u otras obras de ayuno, limosna... La palabra “penitencia “es” metanoia” que significa “cambio de mentalidad” en griego. Esto es lo que nos está pidiendo la cuaresma, un cambio más profundo que el de las meras obras externas. La conversión si es auténtica “hace  daño” porque significa “meter el  dedo en  la llaga” y corregir lo profundo de nuestros males. Si hay que operar, tenemos que estar dispuestos a hacerlo y no conformarnos con aplicar unas pomadas suaves que no llegan a las raíces del mal.

El evangelista Lucas une dos signos dados por Cristo para llamar a la conversión. El primer signo es el hecho de la muerte que alcanza a alguno, a unos pocos, en una represalia y, el segundo, los que mueren en un accidente. Cristo excluye  que aquellos a quienes llegó la muerte de improviso no lo merecieron más que los demás. Claramente concluye que todos deben  convertirse. Esto no para evitar la muerte, como si ella fuera un castigo que sorprende a los no convertidos. No. La conversión que es auténtica, lleva en sí el aceptar la muerte como prueba definitiva de la fe y confianza en Dios nuestro Padre. Hay que convertirse no para huir de la muerte, sino para estar dispuestos a ella.

El segundo signo, la  llamada a la conversión lo da Jesús en forma de parábola: la higuera existe y es cuidada para que dé fruto y tiene un plazo, su tiempo está contado. Esta parábola nos cuestiona a cada uno y a la comunidad eclesial. Según la parábola es necesario que la conversión no se reduzca al cambio de todo mal que hayamos hecho. Pide acciones buenas, esfuerzos para producir frutos. Hay que examinar nuestros pecados de omisión, o sea, todo lo bueno que pudimos hacer y no lo hemos hecho. La parábola no tiene la finalidad de asustarnos cuanto animarnos a ser actores del bien en todas sus formas.

Es necesario, a estas alturas de la cuaresma, cuestionarnos algunos aspectos de nuestro vivir diario, ¿qué clase de árboles somos? ¿Damos los frutos que el agricultor, Cristo, está esperando? La cuaresma  no es sólo oración, ni palabras bonitas, sino un tiempo especial para tomar decisiones sobre el plan que Dios nos ha trazado. Comparémonos con la higuera, ¿habrá dicho Cristo el año pasado,” déjenla todavía este año, a ver si da frutos? Dios es compasivo y misericordioso con todos, pero “con Dios no se juega” El tiempo que se nos concede para la conversión no es eterno. Esta cuaresma y Jubileo de la Misericordia pueden  ser los últimos.

En la lucha entre el bien y el mal, a veces, tenemos  problemas y somos víctimas de alguna esclavitud, la flojera puede ser una de ellas. Dios quiere en esta cuaresma y en este Año Santo, liberarnos de todo aquello que no nos deja  crecer y producir fruto. Su misericordia es mucho mayor que nuestros pecados. Es cierto que el rostro de Dios no es de índole terrena y política, pero también es verdad que no es espiritualismo etéreo y barato, sino compromiso en la vida de las personas. La vida en Cristo no nos debe llevar a zafarnos de los problemas de los demás.

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Jesus Perez
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