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¿Dónde están los quechuas?
Martes,  24 de Junio, 2014

Hace muchos años visité la Federación Campesina cerca de la plaza de San Sebastián, en Cochabamba. Quería conversar con un viejo compañero de universidad, Alejo Veliz, en aquel momento poderoso dirigente sindical. Alejo fue muy amable en recibirme, por encima de una multitud inquieta de gente con demandas de agua, de tierras, cultivos, límites, disputas internas, familiares, sindicales, políticas. Parecía el purgatorio, o la antesala del infierno, a pesar de que la retórica, quizá con algún justificativo, retrataba esta promoción de las masas indígenas como un paso hacia el progreso.

Entonces, viéndolo y contemplando la dinámica popular del instante, creí que existía una nación quechua, un fénix que se movía dentro del huevo con ánimos de recuperar, al menos nominalmente, la gloria de sus ancestros. No en vano este valle proveía al Cusco de maíz; no en vano sus habitantes originales, aymaras, habían sido sometidos para dar paso a un ente administrativo y militar muy superior a sus dispersos reyezuelos. En aquella federación de mil novecientos noventa y tantos se escuchaba hablar quechua, insultar quechua, llorar en quechua.

Hoy resulta obligatorio festejar el Año Aymara, creación de Choquehuanca, con el absurdo añadido de “y amazónico” que inventaron  los astutos para englobar, de vista afuera, a los pueblos orientales. La aymarización está en marcha, y parece ser que la presa más fácil para un nuevo mestizaje será Santa Cruz. ¿Y los quechuas?, me pregunto, con sólidas muestras de su presencia cultural en el continente, ¿dónde están? Se los ve al lado del curaca, solícitos como sirvientes, aguantando el millón de años que dice tienen los aymaras, el pueblo elegido, el destinado a regir, a montarse encima de otros, a chicotear y a degollar perros, a obligar a hacer genuflexiones diarias mirando a Orinoca, la nueva Meca.

En los festejos de la soberbia aymara, la de dirigentes alojados en la verticalidad y violencia de sus instituciones ancestrales y sindicales, no entran los demás, a no ser en calidad de adictos. Pienso en los Uru-Chipayas, etnia minoritaria y condenada a su segura extinción, maltratada por esa misma soberbia aymara que los denomina como chullpa-puchu, desechos de la primera civilización humana, la de antes del sol, los vencidos de los vencidos, según Nathan Wachtel. Esta “escoria” no forma parte, ni puede formar, de la grandeza aymara, que va a barrer con ellos. Los Uru-Chipaya son tratados por los nuevos amos -retornado a la obra del antropólogo francés- con la misma saña con que a ellos los trataron los españoles.

Pero que viva el Gran Poder, que de aymara tiene poco, y es tremenda fiesta mestiza de adoración al becerro de oro, decorado con la sangrante piel del nazareno, crucificado para que las huestes de Baal festejen la lujuria, la riqueza, el poder de comprar, de presumir, de sobornar. Que solo parece Cristo, muñeco de carey y barniz, entre sahumerios, masticado de coca, explotación racial y salarial, borrachera, ostentación, puterío con los maricas del gobierno bailando, y la pujante industria de la droga como auspiciadora y beneficiaria de tan grande circo.

Lo dicho, que viva el Gran Poder, con las raíces de los pueblos originarios perdiéndose para siempre en las patrañas imperialcapitalistas de Morales y sus huestes de sombríos iluminados.

¿Se habrá enterrado a los quechuas? Lo dudo. Tienen mayor peso que los cinco mil años que alegan los otros. Cargan en sí una estructura, sin decir que la dominación inca fuera cama de rosas y paraíso social. La idea no es el enfrentamiento étnico; eso se maneja así desde el Palacio Quemado. Pero, en primera instancia, para combatir el avasallamiento infame, hay que reivindicar las probadas glorias quechuas. No miente Guamán Poma en su retrato del aymara arrodillado ante soldados quechuas que le han quitado los ojos. Lo que hay que quitar ahora, y todos, es la venda de oprobio que nos han amarrado.

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Claudio-Ferrufino-
Claudio Ferrufino
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