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Ojo Centinela
En nombre del padre, en el nombre de nuestros hijos
Lunes,  15 de Octubre, 2012

Cierdo día en una de mis clases de periodismo trataba de explicarle a mis alumnos sobre la magia de este oficio, sobre lo todólogo que a veces tenemos que ser, sobre la capacidad de planificar y la capacidad de improvisar, y sobre lo entrenado que tenemos que tener nuestro corazón para aguantar tantas emociones en una misma jornada, a veces sufriendo con la mujer de un taxista asesinado que no sabe cómo criará a sus hijos huérfanos, sonriendo de felicidad con algún afortunado que se sacó la lotería, y al terminar el día, tratando de interpretar la alegría de nuestros hijos que han sufrido porque este laburo, así como puede parecer de película, es absorvente y tiene horario de ingreso, pero no de salida, y lo menos que podemos hacer es dedicarle mayor tiempo a nuestros hijos, y a ser buenos periodistas y a ser buenos padres o buenas madres. Pero a veces esa es una cobertura imposible de lograr.

Y mágico también es ser padre o madre. Uno lo sabe cuando llega a su casa  y recibe los abrazos y los besos y ellos se encargan de ponerle un borrón y cuenta nueva y de hacernos olvidar de tantas preocupaciones que tenemos, porque como dicen por ahí, no es la carne y la sangre, sino el corazón, lo que nos hace padres e hijos.

Yo siempre digo, medio en serio y medio en broma, que el amor no debe morir nunca y solo tiene que cambiar de depositario.

Y también como dicen por ahí que  los padres son los huesos con los que los hijos afilan sus dientes y que los hijos son esos seres que Dios nos prestó para hacer un curso intensivo de cómo amar a alguien más que a nosotros mismos, y de cómo cambiar nuestros peores defectos para darles los mejores ejemplos y, de como aprender a tener coraje. Sí.

¡Eso es! Ser madre o padre es el mayor acto de coraje que alguien pueda tener, porque es exponerse a todo tipo de dolor, principalmente de la incertidumbre de estar actuando correctamente y del miedo a perder algo tan amado cuando se enferman.

¿Perder? ¿Cómo? ¿No es nuestro? Fue apenas un préstamo...

El más preciado y maravilloso préstamo ya que son nuestros solo mientras no pueden valerse por si mismos, luego le pertenecen a la vida, al destino y a sus propias familias.

Y mientras crecen son nuestro motor, son nuestro despertador, son el aliento de cada día con el que salimos a conquistar el mundo, a saltar cualquier obstáculo que se nos pare al frente.

Por eso duele a veces no poder caminar con ellos como uno quisiera, no besarlos y apretarlos fuerte eternamente, pero la realidad es otra y cruda, porque solamente dos legados duraderos podemos aspirar a dejar a nuestros hijos: Uno, raíces; y dos, alas.

"Dios bendiga siempre a nuestros hijos pues a nosotros ya nos bendijo con ellos y a mi, ya me bendijo cinco veces.”

El autor es periodista y docente
 

Acerca del autor:
Roberto-Mendez-
Roberto Mendez
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