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Política
La guerra catastrófica
Tribuna
Domingo,  18 de Julio, 2010

Ángel Sandoval Ribera  - Hacía más de cien años que el pleito por el Chaco dormía el sueño de los justos en las cancillerías de Bolivia y Paraguay, hasta que el descubrimiento de ricos yacimientos en la provincia Cordillera activó los intereses de las petroleras Standard Oil Company y la Royal Dutch Shell. La presión de estas compañías, junto con empresas apoyadas por su gobierno y la inclinación del presidente Daniel Salamanca (1931-1934) de provocar una guerra que creía posible ganar para apoderarse del Chaco en toda su extensión, desataron la conflagración bélica entre ambos países.
“Fue una guerra prolongada (1932-1935), terrible, con características realmente aterradoras, en campos de lucha, que si no estaban inundados, sufrían espantosas sequías que agotaban a los combatientes. Las cruentas batallas de los fuertes Boquerón y Nanawa, que exterminaron a los soldados bolivianos más capaces, dejaron la iniciativa en manos de los paraguayos, que tenían a su favor vías de comunicación más expeditas y por lo tanto abastecimiento y apoyo de retaguardia. Las tropas bolivianas reclutadas en el Altiplano, sufrían atrozmente con el calor enervante, las epidemias y los insectos, y cuando llegaban al frente, después de largos días de marcha desde las distantes terminales de Sucre o Cochabamba, estaban al borde del agotamiento y eran presa fácil del enemigo, aunque combatían más allá de toda resistencia humana”.
Tal como lo reconoció el general paraguayo Estigarribia, fue una “guerra de comunicaciones”, pues mientras su país disponía de vías férreas que recorrían parte del Chaco, en conexión con la red argentina y con el puerto de Buenos Aires, Bolivia sufría una carencia total de rieles y caminos que paralizaban su movilidad y significaban fatigas, demoras y desmoralización”.
“El implacable empuje de los paraguayos llevó a su ejército al corazón del departamento de Santa Cruz, pero la desmesurada prolongación de las vías de comunicación a la postre resultó negativa y las fuerzas bolivianas atrincheradas en Villamontes consiguieron heroicamente defender los campos petroleros y el vital camino Santa Cruz-Yacuiba. Este resultado produjo un estancamiento en la guerra, que fue aprovechado por el Comité Internacional de Mediación, para fijar el 12 de junio de 1935, una línea de tregua que constituyó el “uti possidetis” de facto que dejó al Paraguay con la posesión virtual de todo el Chaco Boreal y que fue ratificada por el Tratado de Paz de 1938, que condenó a Bolivia a no tener acceso fácil al río Paraguay”, según el relato preciso y objetivo del investigador Sergio Aguirre Mac-Kay.
“Así, confiado en la victoria, Bolivia fue batida por una nación más pequeña. Poseía el ejército más numeroso, pero perdió la guerra. Durante esos tres años, Paraguay movilizó 140 mil hombres y Bolivia un cuarto de millón. La contienda del Chaco fue la más grande del hemisferio occidental desde la Guerra Civil norteamericana y la mayor de Sudamérica desde las guerras de la independencia. Para ambos beligerantes, montañeses y ribereños, la pérdida de material humano fue desastrosa y las consecuencias se prolongaron”. “Para Bolivia el resultado también fue catastrófico. El vacío que se creó en el oriente boliviano fue aún más grave que la anulación de las demandas territoriales y que el desvanecimiento del sueño de una salida soberana al río Paraguay. El reclutamiento de hombres en los departamentos de Santa Cruz y Beni determinó una gran despoblación en las tierras bajas de Bolivia. Muchos consideran que ese fue en realidad el saldo más terrible de la guerra, pues el oriente boliviano no tenía capacidad para ver diezmado su capital humano en defensa del gran páramo. Políticamente la derrota constituyó una humillación nacional y el descontento de ciertos sectores de la población encontró eventualmente su expresión en la Revolución Social de 1952”, concluye la historiadora Valerie Fifer en su obra “Bolivia”, 1976.

autor : Ángel-Sandoval-Ribera-
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