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Política
Editorial
Róger pinto y la democracia
Domingo,  20 de Agosto, 2017

Todos se preguntan hoy  si el destino de miles de exiliados, perseguidos, encarcelados y refugiados bolivianos, será el mismo que el de Róger Pinto Molina, quien retornará al país en una pequeña urna, convertido en cenizas que serán esparcidas en su tierra, de donde fue expulsado por denunciar al narcotráfico y exigir la vigencia de la democracia en Bolivia.

La historia de Pinto es casi la misma de todos los que han tenido que abandonar el país como si se tratara de delincuentes peligrosos y cuyo pecado fue pensar distinto al régimen hegemónico, oponerse al abuso de poder y resistirse a un régimen autocrático que ha destruido el pleno del sistema institucional del país y que ha instrumentalizado a la justicia hasta convertirla en un arma política al servicio de la reproducción del poder.

Pinto tuvo que separarse de su familia y trasladarse con lo puesto a un sitio lejano y extraño para empezar de cero y ganarse la vida casi como un mendigo, pese a toda la trayectoria acumulada de décadas de servicio al país y especialmente a un pueblo pobre y abandonado como Pando, que vive hoy secuestrado por mafias políticas ligadas al narcotráfico y que precisamente fueron las que denunció el ex senador, blanco de una vendetta solo admisible en esos grupos vinculados al crimen organizado.

Los exiliados, así como los presos políticos, los desaparecidos y los asesinados, forman parte de la historia negra del país; representan el fracaso de los sistemas políticos, que no hay sido capaz de conseguir victorias ideológicas sin el uso de la fuerza; son la constatación de que la democracia es todavía una utopía, no solo porque nos falta un largo camino por recorrer, sino porque todavía existen fuerzas que insisten en imponer viejas estructuras anacrónicas que han sido desechadas por el mundo civilizado que progresa con el arma de la libertad, el respeto a los demás, la transparencia y el pluralismo. 

La gente todavía espera los resultados de la gran revolución prometida por el “proceso de cambio” el “buen vivir” que prometieron para todos, pero esa esperanza se desvanece cuando se observa que el socialismo, que tanto se enarbola, sólo puede mantenerse y prosperar políticamente cuando viene acompañado de un esquema de censura, persecución y represión que exilia, encarcela, mata y manda callar a todo el que reclama por esas promesas.

La ciudadanía, que observó  impávida cómo se llevaron a los “opositores”, a los “enemigos“, a los “vendepatria”, a los “traidores”, se pregunta cuándo terminará esta situación, sobre todo después de ver que hoy están poniendo la mirada y persiguiendo a los indígenas, a los representantes de la Iglesia, ambientalistas, a los activistas de la ONGs que eran antiguos aliados, los librepensantes del propio partido y a los disidentes internos que se multiplican porque se consideran traicionados por un régimen que destruye todo lo que supuestamente defendía. Nadie mejor que el Gobierno para desmontar este esquema y volver a la ruta democrática. Nadie mejor que él para evitar que esto termine siendo una segunda Venezuela.

Los exiliados, así como los presos políticos, los desaparecidos y los asesinados, forman parte de la historia negra del país; representan el fracaso de los sistemas políticos, que no hay sido capaz de conseguir victorias ideológicas sin el uso de la fuerza