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Chiquitano, mestizo y mundial
Lunes,  8 de Mayo, 2017

Póngame chiquitano. Usted no es chiquitano –respondió–. Soy por los dos lados de familia javiereña, –insistí–. Bueno, usted lo pidió  –me advirtió como si estuviera cometiendo un error–. Hace unos días fui a renovar mi carnet de identidad y me despertó curiosidad ver que entre los datos que llenan los funcionarios hay un apartado de “identificación cultural”. La señora que me atendió puso por defecto “ninguno”, lo cual no me agradó, porque la categoría mestizo y la riqueza que conlleva, en definitiva, no es lo mismo que ninguno. Además, me parece de muy mal gusto etiquetar a los ciudadanos de un país por etnia o raza, considerando las heridas que han ocasionado ese tipo de prácticas en pasados no tan lejanos.

Me gustó la idea de tener mi carnet con identificación cultural chiquitana e insistí en que así sea, porque soy un admirador de la obra jesuítica y de la nobleza de la gente que acogió e hizo posible sus proyectos. Sin embargo, deseé tener mi carnet con identificación chiquitana, porque encarna un ejemplo de contradicción en el juego que los ingenieros sociales de nuestro país practican para armar sus estadísticas: que consiste en ignorar que somos una sociedad diversamente mestiza.

Lo que llamamos cultura chiquitana es producto de una preciosa mezcla de tenacidad, espíritu aventurero de la orden jesuita y la apertura de las gentes de la zona, que incluso entre ellos tenían diferencias idiomáticas. Los jesuitas acuñan el término chiquitano y aprenden la lengua predominante para, basada en ella, evangelizar y tomar los primeros contactos. Posteriormente introducen el castellano e incluso el latín. Además, implantan modos de vida y de organización social que perduraron hasta mucho después de la expulsión de la orden por parte del atemorizado imperio español. Cómo no va a perdurar el rico legado jesuita en las vidas de estas personas si dicha obra sirvió también como un refugio contra oportunistas y mercaderes de vidas humanas.

Así pues, esa cultura chiquitana, viva y en constante transformación, es como todas, producto de encuentros e intercambios y no así de etiquetas de pureza racial. El aporte jesuita para la cohesión/organización de diversos grupos humanos y la recepción de éstos para la ejecución de esa obra, hizo posible verdaderos enclaves de luz y esperanza en un mundo oscuro y complejo. De dicha interacción y mezcla ahora heredamos un barroco mágicamente único, que convierte la madera más dura en algo que parecen horcones maleables de caramelos, y en medio de nuestras selvas suenan las melodías de lugares lejanos, que se han hecho propias de una identidad que nació haciendo temblar a poderosas estructuras, que no han podido silenciar a los violonchelos y al deseo de un mundo mejor.

En efecto, lo que llamamos cultura chiquitana es producto de siglos de mezcla y cambios, que moldean hasta hoy rasgos de identidad, de patrimonio y de orgullo para millones de individuos de orígenes diversos. Es una preciosa pieza de un rompecabezas en interacción constante entre sus partes, aunque le pese a quienes segregan, etiquetan y reducen la realidad a categorías inertes y vacías de contenido.

Humanista. MSc. En 
administración de empresas

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Percy-Anez-
Percy Añez
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