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Tribuna
Un mecanismo de defensa
Domingo,  10 de Junio, 2012

La vida de cualquier persona y, mucho más aún del discípulo de Jesucristo no está libre de dificultades, problemas y turbulencias. Hoy vemos en el evangelio de Marcos 3,20-25, la creciente oposición de los magistrados de la ley, fariseos y escribas opuestos a la persona de Jesucristo e incluso la oposición familiar. Cristo no tuvo las cosas fáciles, tenía enemigos, espías y quienes interpretaban mal lo que hacía. Por ello, el cristiano que quiera vivir en fidelidad de acuerdo al evangelio tendrá problemas.

Los familiares –primos, paisanos, allegados– no entienden a Jesús, “decían que no estaba en sus cabales”, en otras palabras, que estaba loco, y, esto por la total dedicación a la obra de la evangelización, pues la gente “no le dejaba ni comer”. Por otro lado Cristo es muy radical en sus afirmaciones y exigencias para los que quieran seguirle. Este incidente con su familia y allegados, es solo el evangelista Marcos quien lo relata.

El evangelista Juan manifiesta también la falta de fe de sus familiares: “ni siquiera sus hermanos creían en él” (Jn 7,5). El término  “hermanos”, en hebreo puede abarcar tíos, primos y otros familiares. Pero no podemos ni pensar que también estuviera María, la Madre del Señor, en la problemática de los opositores. El evangelista Lucas nos dice de María que “guardaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón” (Lc 2,51). Refiriéndose a María su prima Isabel dice: “dichosa tú que has creído” (Lc 1,45).

Los juristas, los encargados de orientar al pueblo de Dios, los escribas y fariseos estaban desconcertados con Cristo. La salvación que Jesús ofrecía no venía a través de sus reglamentos tan minuciosos y tediosos. Ellos tenían bien guardada la Palabra de Dios y de pronto aparece Cristo, expulsando demonios, curando, llamando al cambio, o sea, a la conversión. Ante esto aparece el mecanismo de defensa: “¡está endemoniado! ¡Está loco!” Reacciones propias del egoísmo y la cerrazón.

No nos extrañe, entonces como ahora, podemos llegar o pretender hacer que la verdad sea acallada. Podemos llegar a pecar contra el Espíritu Santo. El pecado contra el Espíritu Santo está en obstinarse en no ver, en llamar bien al mal, virtud al vicio, en pretender justificar el pecado. El gran mal, ahora y siempre, no está tanto en cometer el pecado, cuanto no reconocerlo. En querer seguir prefiriendo la oscuridad a la luz.

También hoy podemos ver toda una gama de reacciones ante Cristo, su palabra, la Iglesia, los cristianos que actúan proféticamente. Se acusa de comunistas o de meterse en política y de dejar de evangelizar a tantos y tantas que ofrecen una propuesta al clamor de las injusticias, al grito de los pobres o sectores marginados. Son parecidos los mecanismos de defensa que en tiempos de Jesús.

En el libro del Génesis, primera lectura de este domingo, encontramos la reacción de Eva y Adán ante la palabra enjuiciadora de Dios que los había sacado de la nada. Ni Adán ni Eva asumen la responsabilidad. Uno hecha la culpa al otro. Es necesario reconocer el mal, tanto en la historia de la Iglesia como en la sociedad, como cada uno en sí mismo. Quizás no soy el único causante del pecado. Pero será en la medida que reconozca  mi pecado que podré cambiar, modificar mi actuar. No lo dudemos, esta es la dinámica liberadora de la confesión, avergonzarse como Adán, si tenemos conciencia de nuestros pecados.

En medio de todo el mal, Dios no desespera de nosotros. Las últimas líneas de este texto del Génesis es el primer anuncio de la Buena Noticia; le han dado el nombre de Protoevangelio. Dios no cierra las puertas del futuro. Nosotros las cerramos muchas veces. Estamos llamados a vivir la victoria de Cristo sobre el mal, la muerte, el pecado. El pecado y la serpiente no reinarán: tendrán una enemistad mortal la mujer y su descendencia. Esa mujer, es María, la nueva Eva. La descendencia que aplastará la cabeza de la serpiente es Jesús.

María está presente en el evangelio de este domingo. Ella  nos enseña a cumplir la voluntad de Dios. Ella es la primera creyente y la primera discípula de Cristo, su Hijo. A María debemos el primer milagro según el evangelista Juan. María con su “Sí” al Plan de Dios es modelo de respuesta a lo que Dios pide de cada uno. A María se le invoca como “Santa María del Sí”.

Desde el primer libro de la Sagrada Escritura, el Génesis, aparece el mal y el pecado. El pecado ha producido la desarmonía que experimentamos cada día. Hasta hoy continúa la desarmonía cósmica, personal o interior y de las relaciones humanas con los demás. Hay un  desfase grande en la humanidad que no nos  debiera dejar tranquilos. Cada cristiano está llamado a trabajar para que el mal (Satanás) no triunfe. Por ello, es necesario seguir el llamado de Aparecida siendo discípulos misioneros.

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Jesus Perez
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